OPINIÓN

Diana Lorena Gómez Zuluaga

El fútbol femenino ya hizo su parte. Ahora le toca a Colombia

En esta columna, una reflexión sobre cómo la mentalidad de élite que exige el deporte de alto rendimiento contrasta con la falta de apoyo estructural al fútbol femenino colombiano. Sostiene que el país no tiene una deuda con el talento de sus deportistas, sino con las condiciones que les permitan desarrollarlo plenamente.
3 de agosto de 2026 a las 3:54 p. m.

Después de más de dos décadas recorriendo los caminos del sector público y privado, he aprendido que las grandes transformaciones de una sociedad no solo se gestan en los despachos corporativos o en las altas esferas gubernamentales. A veces, los aespejos más fidedignos de nuestra cultura, de nuestros aciertos y, sobre todo, de nuestras cegueras estructurales se encuentran en un rectángulo verde de césped, bajo la mirada de millones de espectadores. El fútbol, más que un deporte en Colombia, es un tejido vivo de emociones, una escuela a cielo abierto donde se configuran dinámicas de poder, resiliencia y liderazgo.

En el ecosistema de la alta dirección solemos debatir con rigor sobre estrategia, indicadores de desempeño y gestión del talento. Sin embargo, rara vez analizamos con la misma profundidad cómo la mentalidad de élite, tanto en el deporte como en las organizaciones, define la delgada línea entre el éxito sostenible y el fracaso.

El coraje de desenchufar: el futuro no siempre brilla en una pantalla

En el alto rendimiento, ya sea en una junta directiva o en la alta competencia deportiva, existe una trampa común: obsesionarse con el marcador final e ignorar los cimientos que lo sostienen. Durante años he defendido que el verdadero liderazgo no reside en el cargo que se ocupa, sino en la capacidad de encender la chispa de la posibilidad en los demás, de construir una cultura donde cada voz aporte y donde las crisis no se gestionen con manuales rígidos, sino con humanidad y propósito.

En el fútbol profesional, los equipos que alcanzan la cima de la élite mundial no llegan allí por obra del azar ni por destellos individuales aislados. Llegan porque desarrollan una mentalidad de élite, un entramado psicológico donde la presión se transforma en enfoque, el error se convierte en una oportunidad de aprendizaje y el propósito colectivo prevalece sobre el ego individual.

Cuando un equipo de élite sale a la cancha, su mentalidad está blindada frente a la adversidad. No reacciona al caos con desesperación; lo comprende, lo evalúa y lo transforma. Esa misma resiliencia es la que exigimos hoy en las organizaciones públicas y privadas del país: líderes que no se paralicen ante la incertidumbre, sino que entiendan que gobernar, administrar o dirigir implica la responsabilidad de inspirar a otros mediante el ejemplo y la convicción de que los grandes logros nacen del trabajo colectivo.

Sin embargo, cuando esa lógica del alto rendimiento se traslada al fútbol femenino colombiano, aparece una contradicción imposible de ignorar.

Mientras hablamos de liderazgo, disciplina, excelencia y mentalidad ganadora, seguimos sin ofrecerles a nuestras deportistas las condiciones mínimas para desarrollar todo su potencial.

Hablemos claro, sin ambages. Mientras el fútbol femenino en Colombia ha demostrado estar a la altura de las grandes potencias, con actuaciones memorables en mundiales, torneos juveniles y competencias continentales que han llenado de orgullo al país, el ecosistema que lo rodea sigue anclado en estructuras obsoletas, marcadas por la desidia y la falta de visión estratégica.

Nos encontramos ante un escenario que reproduce muchas de las barreras invisibles que enfrentan las mujeres en el mundo corporativo y financiero. Las cifras no mienten: el talento sobra, las capacidades superan las expectativas, pero el fútbol femenino sigue sin recibir la atención suficiente en términos de promoción, garantías laborales y, sobre todo, financiamiento.

¿Cuántas veces hemos escuchado que “no es rentable” invertir en ellas? Es exactamente la misma narrativa equivocada que durante años marginó a millones de emprendedoras y pequeñas productoras rurales bajo la premisa de que representaban un mayor riesgo financiero. Se nos olvida que la falta de inversión no refleja la ausencia de potencial, sino la incapacidad de un sistema para reconocerlo y desarrollarlo.

Negar el financiamiento y la visibilidad que merece el fútbol femenino equivale a desperdiciar una poderosa herramienta de transformación social y construcción de identidad nacional.

Cuando nuestras futbolistas salen a la cancha a competir de igual a igual contra las grandes potencias, sin ligas locales estables, salarios dignos ni patrocinios sólidos, están haciendo mucho más que disputar un partido: están sosteniendo, con talento, disciplina y carácter, un sistema que todavía les da la espalda.

Romper esta brecha exige pasar de los discursos a las decisiones. Así como en la economía entendemos que la inclusión financiera no es un acto de caridad ni de filantropía, sino una decisión estratégica que impulsa la productividad y el desarrollo, en el deporte ocurre exactamente lo mismo.

Invertir en el fútbol femenino no es cumplir con una cuota de responsabilidad social; es apostar por la competitividad, por la excelencia y por la coherencia como sociedad. Las organizaciones deportivas, los patrocinadores y los medios de comunicación tienen una responsabilidad ética y estratégica en la transformación de esta realidad.

Colombia no se desarrollará plenamente mientras sigamos desaprovechando la mitad de su talento. Necesitamos dirigentes con visión de futuro, capaces de entender que el verdadero liderazgo disruptivo consiste en cuestionar las inercias del pasado, nivelar el terreno de juego y apostar, con hechos y no solo con discursos, por quienes ya demostraron que pueden llegar más lejos.

Colombia no se desarrollará plenamente mientras sigamos desaprovechando la mitad de su talento. Necesitamos dirigentes con visión de futuro, capaces de entender que el verdadero liderazgo disruptivo consiste en cuestionar las inercias del pasado, nivelar el terreno de juego y apostar, con hechos y no solo con discursos, por quienes ya demostraron que pueden llegar más lejos.

Cada triunfo de la selección femenina, cada clasificación a un mundial, cada actuación memorable y cada niña que sueña con convertirse en futbolista deberían ser suficientes para entender que el problema nunca ha sido la falta de talento. El problema ha sido la falta de decisión para construir un entorno que esté a la altura de ese talento.

El verdadero desafío no es seguir hablando de igualdad, ni en los gramados ni en las salas de juntas. Es practicar la equidad con decisiones concretas. Solo cuando el talento, ya sea en una oficina, en una empresa o en una cancha de fútbol, deje de estar condicionado por el género, podremos decir que Colombia está aprovechando todo su potencial.

Ese será el día en que entendamos que la mayor victoria del fútbol femenino no dependerá de un marcador, sino de un país que, por fin, decidió jugar el mismo partido para todos.

Diana Lorena Gómez Zuluaga, vicepresidenta Administrativa del Banco Agrario de Colombia