Hay un extraño imperio en el liderazgo moderno: el de la novedad. Nos han convencido de que liderar consiste en correr detrás del último algoritmo, de la pantalla más avanzada, y de que el progreso es digital o no es. Pero mientras en Colombia seguimos celebrando la entrega de tabletas como si fuera la llegada del fuego, Suecia —ese referente de modernidad que suele llevarnos décadas de ventaja— ha decidido dar un portazo. Y lo ha hecho por pura supervivencia cognitiva.
La noticia es, en sí misma, un choque de realidad. El gobierno sueco frenó la digitalización total de sus aulas para regresar al “arcaico” libro de texto y al lápiz. No se trata de un capricho nostálgico, sino de la respuesta a un experimento que salió mal: la comprensión lectora de sus niños comenzó a rezagarse en las pruebas internacionales justo cuando las pantallas inundaron los pupitres.
Y ahí aparece nuestro reflejo más incómodo.
En Colombia, el problema no es únicamente la fascinación por el silicio; también lo es la precariedad del entorno donde intentamos aterrizar esa apuesta tecnológica. Entre 2021 y lo que va de 2026, el país ha hecho un esfuerzo titánico por entregar cientos de miles de dispositivos en escuelas rurales. Sin embargo, ahí reside el verdadero pecado de nuestras prioridades: a menudo, esa tableta llega a un salón donde no existe un solo libro impreso digno de ese nombre.
Estamos cometiendo la imprudencia de saltarnos la base.
Suecia entendió algo esencial: el cerebro necesita la geografía física del papel para anclar el conocimiento. El tacto, el peso y la ubicación fija de un párrafo construyen una memoria que el efímero píxel difícilmente puede reemplazar. Mientras los suecos regresan a sus nutridas bibliotecas, nosotros pretendemos que un niño en la ruralidad profunda aprenda a pensar en un dispositivo que, sin conectividad estable y en medio de un desierto de libros, termina siendo apenas un ladrillo tecnológico o un juguete de lujo.
Liderar en 2026 no significa seguir ciegamente la corriente de los gigantes tecnológicos; significa tener el criterio suficiente para proteger el capital intelectual de una nación. Lo verdaderamente disruptivo hoy no es comprar más software, sino aceptar que la tableta es un pésimo sustituto de la lectura profunda.
Y, sin embargo, seguimos actuando como si no quisiéramos admitirlo.
En 2025, la inversión en libros de texto y bibliotecas escolares sigue siendo el pariente pobre —y olvidado— de la política educativa. Inundamos el campo de litio y luz azul bajo la promesa de que la conectividad corregirá, casi por arte de magia, nuestras carencias históricas.
Pero si un país con la infraestructura de Suecia reconoce que la pantalla estaba atrofiando el músculo mental de sus jóvenes, ¿Qué esperamos nosotros, que estamos entregando vidrios táctiles en escuelas que no tienen ni una colección básica de literatura?
La verdadera innovación hoy no está en la velocidad, sino en la pausa. Está en la página impresa. Está en formar lectores capaces de sostener una idea, de habitar un texto largo, de pensar sin rendirse ante la ansiedad del scroll.
El verdadero líder será aquel que garantice que un estudiante pueda leer sin claudicar ante la distracción permanente.
Suecia ya despertó de la borrachera digital y entendió que el futuro, paradójicamente, se escribe mejor a mano. En Colombia, ojalá no nos tome otra década comprender que la brecha no se cierra únicamente con cables, sino devolviéndoles a los niños el privilegio de tocar, hojear y conquistar un libro de verdad.
Diana Lorena Gómez Zuluaga, vicepresidenta administrativa Banco Agrario
