Hace unos días, mi hijo tomó una decisión que no esperaba. En medio de uno de los semestres más desafiantes de su vida universitaria, decidió salir de la ciudad para escalar una roca en Suesca. Nunca lo había hecho.
Mientras me contaba sus planes, sentí esa mezcla extraña entre orgullo y preocupación que solo conocen las madres. Quise hacer preguntas, advertirle sobre los riesgos, sugerirle alternativas más seguras. Pero algo me detuvo. Tal vez porque entendí que detrás de esa decisión había una necesidad más profunda que la simple búsqueda de una aventura.
Mi hijo necesitaba respirar.
El camino de ser madre ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Nuestros hijos son grandes maestros para el alma. Y esa tarde comprendí que su decisión iba mucho más allá de escalar una pared de roca. Era una forma de buscar silencio en medio del ruido, claridad en medio de la confusión y un espacio para escucharse lejos de las exigencias cotidianas.
En mi propio camino espiritual he encontrado en la naturaleza una gran maestra. Caminar por un bosque, contemplar la riqueza verde de una montaña o escuchar el canto de los pájaros han sido, muchas veces, medicinas contra la ansiedad y la falta de sentido. La naturaleza tiene una forma particular de recordarnos que la vida no necesita estar bajo control para encontrar su cauce. Allí todo parece acomodarse con una sabiduría silenciosa.
Quizás por eso me conmovió tanto su decisión.
Porque crecer en el mundo de hoy no es una tarea fácil. Vivimos en una época de velocidad permanente, hiperconexión y sobreestimulación. Los adultos apenas logramos adaptarnos a estos cambios y, aun así, esperamos que nuestros hijos naveguen con soltura un escenario mucho más complejo que el que nosotros conocimos.
Ver crecer a mis hijos como nativos digitales me confronta constantemente. Mi generación creció en un mundo sin redes sociales, sin teléfonos inteligentes y sin la presión de estar permanentemente expuestos. Aprendimos a jugar con lo que había, a improvisar, a aburrirnos y a descubrir que del aburrimiento también nacía la creatividad.
Ellos, en cambio, no conocen un mundo sin tecnología. Han crecido en una realidad donde la comparación es permanente, la información parece infinita y el futuro llega cada vez más rápido.
Lo he visto en mi hijo desde que entró a la universidad. Lo que antes parecía claro hoy se llena de preguntas. Lo que antes parecía seguro despierta incertidumbre. Como muchos jóvenes de su generación, transita emociones contradictorias mientras intenta encontrar su lugar en el mundo.
Y creo que ahí radica uno de los grandes desafíos de la crianza actual.
Nuestro impulso natural como padres es proteger. Queremos aliviar las cargas, despejar las dudas y mostrarles el camino correcto. Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que nuestros hijos no necesitan padres que tengan todas las respuestas. Necesitan adultos capaces de escuchar, acompañar y confiar.
Por eso decidí apoyarlo.
Lo dejé ir a escalar aquella roca que, para mí, terminó convirtiéndose en una poderosa metáfora de su momento vital. Porque eso es precisamente lo que está haciendo: escalar una montaña llena de desafíos, miedos e incertidumbres; buscar apoyo donde puede encontrarlo y descubrir, paso a paso, de qué está hecho.
A veces pienso que los jóvenes de hoy están buscando desesperadamente experiencias reales. Algo que los saque de las pantallas, de la opinión permanente y del exceso de información. Algo que les permita volver a sentir el mundo con el cuerpo, con el corazón y con el alma.
Quizás por eso la naturaleza sigue siendo un refugio tan poderoso.
Mi hijo regresó de Suesca con más preguntas que respuestas. Pero había algo distinto en su mirada. Había descubierto que podía sostenerse en medio de la incertidumbre. Que podía confiar en sus manos, en su cuerpo y en su capacidad para seguir avanzando cuando el camino parecía demasiado empinado.
Yo también aprendí algo ese día.
Entendí que la crianza consiste cada vez menos en despejarles el camino y cada vez más en acompañarlos mientras encuentran la manera de recorrerlo.
Recordé entonces una frase de Edmund Hillary: “No es la montaña la que conquistamos, sino a nosotros mismos”.
Tal vez eso fue lo que ocurrió en Suesca.
Mi hijo fue a escalar una roca. Y yo, observando la fotografía que me compartió a su regreso, comprendí que algunas de las lecciones más importantes de la vida aparecen cuando nos atrevemos a confiar en que nuestros hijos encontrarán su propia cima.
Natalia Zuleta, presidente Junta Directiva Gimnasio Fontana
