OPINIÓN

Mónica Fonnegra

Lo más valioso de una persona suele ser lo primero que intentamos corregir

Más allá de atraer perfiles diversos, el verdadero desafío de las organizaciones es construir culturas donde las personas puedan conservar su autenticidad. En esta columna, una reflexión sobre cómo la presión por encajar termina afectando la innovación, el criterio y la capacidad de adaptación.
1 de junio de 2026 a las 5:25 p. m.

Hay algo que ocurre en muchas organizaciones y que casi nadie nombra en voz alta. Se invierte tiempo, recursos y energía en encontrar personas con miradas distintas, trayectorias que no se parecen a las del resto, formas de resolver problemas que el equipo no tiene y perspectivas construidas a partir de experiencias completamente diferentes. Y luego, casi sin darse cuenta, se les pide que funcionen igual que todos los demás.

No suele haber mala intención. Es, más bien, una cuestión de inercia. Los entornos organizacionales han sido diseñados para la uniformidad porque la uniformidad resulta más fácil de gestionar. El problema es que, en ese proceso, se termina perdiendo exactamente aquello que se salió a buscar.

Lo he visto de cerca. Llega alguien con una lectura del mercado que nadie más en el equipo tiene. Con una capacidad para anticipar problemas que nace de haber trabajado en otro sector, en otra cultura o desde otra realidad. Y, poco a poco, esa persona aprende a proponer dentro de los límites de lo esperado. Aprende a guardar para sí ideas, intuiciones o perspectivas que sabe que no encajarán. No porque alguien se lo haya pedido explícitamente, sino porque aprendió a leer las señales.

Es ahí donde empieza a producirse una pérdida silenciosa.

Mary Wollstonecraft hablaba del poder sobre uno mismo como la forma más genuina de autoridad. A partir de esa idea, he pensado que ese poder, el de saber quién se es y actuar desde esa convicción, es precisamente lo que los entornos que premian la uniformidad terminan erosionando. No ocurre de un momento a otro. Sucede gradualmente, cada vez que alguien decide no decir lo que realmente piensa porque ya sabe cómo será recibido.

Y el costo no es únicamente humano. También es estratégico.

Una organización que neutraliza la diferencia no gana estabilidad; pierde capacidad. Pierde la posibilidad de identificar oportunidades que otros aún no ven. Pierde el criterio que surge de experiencias distintas. Pierde preguntas incómodas que podrían conducir a mejores decisiones. Pierde perspectivas capaces de anticipar cambios y desafiar supuestos que todos dan por ciertos.

Y eso no se recupera simplemente con una nueva contratación.

Por eso creo que la pregunta más urgente no es cómo atraer personas diversas. La verdadera pregunta es qué tipo de entorno construimos para que esas personas quieran seguir siendo ellas mismas una vez cruzan la puerta.

Porque la diferencia que se neutraliza al llegar deja de generar valor para todos. Para quien la aporta y para la organización que la necesita.

La claridad que cada persona tiene sobre quién es, qué piensa y qué puede aportar necesita un lugar donde expresarse sin ser corregida de inmediato. Construir ese espacio no es un gesto altruista ni una concesión cultural. Es una decisión estratégica.

Al final, las organizaciones más sólidas no son aquellas donde todos piensan igual. Son aquellas capaces de convertir las diferencias en una ventaja colectiva sin obligar a nadie a renunciar a lo que las hace valiosas. Esa es, quizás, una de las formas más inteligentes y sostenibles de construir talento.

Monica Fonnegra, gerente regional de Mercadeo y comunicación, Grupo Arista