Hace poco llegó a consulta una paciente de 55 años que quería ponerse implantes mamarios por primera vez en su vida. Se veía espectacular, se sentía lista para todo y, la verdad, es que una mujer de 50 años puede estar viviendo una de las mejores etapas de su vida. Aun así, como equipo le recomendamos que considerara otra alternativa.
Y no porque a esa edad no pueda operarse, ni porque su cuerpo no lo permita. La razón es muy sencilla, aunque pocas veces se explica cuando se habla de cirugía de senos: los implantes tienen una vida útil aproximada de entre 10 y 15 años. Eso significa que, si una mujer se los coloca a los 50, es muy probable que entre los 62 y los 65 deba considerar una nueva cirugía para cambiarlos o retirarlos. Y operarse a los 65 no es lo mismo que hacerlo a los 30. Los riesgos pueden ser mayores, la recuperación suele ser diferente y el organismo ya no responde igual ni a la anestesia ni al procedimiento quirúrgico.
En pacientes de 20, 30 e incluso 40 años, nuestro equipo sigue recomendando los implantes cuando están indicados. En esos casos, es posible pensar en un eventual cambio dentro de un rango de edad en el que una nueva cirugía continúa siendo relativamente segura. Después de los 50, sin embargo, el panorama cambia. Colocar un implante a esa edad implica, en muchos casos, dejar programada otra intervención para cuando la paciente tenga más de 60 años. Y en esa etapa de la vida, si existe una alternativa, lo ideal es evitar volver al quirófano.
Por eso, en nuestra clínica, cuando recibimos pacientes de esa edad, solemos proponer otra opción: un levantamiento de senos sin implantes, utilizando el propio tejido de la paciente para dar forma y mejorar la posición del busto. Cuando el procedimiento está bien realizado, el resultado puede ser muy satisfactorio: senos firmes, con un volumen natural y una forma armónica que no depende de una prótesis para mantenerse. Para esta etapa de la vida, en mi opinión, suele ser la mejor alternativa.
Eso fue precisamente lo que eligió aquella paciente de 55 años.
No se trata de establecer un límite de edad porque sí. Se trata de pensar en el futuro. Nadie está diciendo que, después de los 50 años, una mujer ya no pueda verse como quiere verse. Lo que intento explicar es que muchas veces existe una forma de lograr ese resultado sin dejar pendiente una nueva cirugía dentro de diez o quince años, cuando una reintervención probablemente será más compleja que en el presente.
Sé que esta postura genera debate. También sé que hay pacientes de 55 o 60 años que me dicen: “No me importa, quiero ponerme implantes”. Si, después de recibir toda la información, la paciente mantiene esa decisión y sus exámenes están en condiciones óptimas, nuestro equipo puede realizar el procedimiento. La decisión final nunca es nuestra.
Desde mi experiencia liderando una clínica de cirugía plástica, creo que nuestra responsabilidad es asesorar a las pacientes con ética, explicar con claridad las implicaciones de cada alternativa y acompañarlas para que tomen una decisión informada. Nuestra recomendación seguirá siendo pensar en el largo plazo, pero la autonomía sobre su cuerpo siempre será de cada paciente.
Angélica Castillo Morales, gerente General de Ciruplástica
