En Colombia, como en muchos países, la palabra ‘digital’ ya no describe el futuro, sino el presente. Pagamos servicios desde el celular, firmamos contratos electrónicamente, consultamos resultados médicos en plataformas, usamos portales para trámites con el Estado, estudiamos y trabajamos apoyados en sistemas que viven en la nube. Detrás de todo eso hay un elemento común que casi nunca vemos: una capa de criptografía que protege datos, valida identidades y asegura que las transacciones y comunicaciones que sostienen nuestra vida diaria no se puedan leer ni alterar fácilmente.
La computación cuántica ya dejó de ser una amenaza futura: gobiernos, estándares internacionales y programas especializados advierten que los atacantes hoy están interceptando y almacenando información cifrada para descifrarla cuando la capacidad cuántica madure, una estrategia conocida como “cosechar ahora, descifrar después”. Esto significa que los datos sensibles que se protegen en este momento con algoritmos tradicionales ya están en riesgo. Muchos de los esquemas que usamos para cifrar y firmar información quedaron expuestos, y migrar a criptografía post-cuántica dejó de ser una decisión para ‘algún día’: es una urgencia presente. Y no es solo un desafío técnico; es un reto país.
Frente a este panorama, la reacción más intuitiva es pensar en proyectos: iniciativas puntuales en un banco, en un ministerio, en una empresa de tecnología. Cada uno hace su diagnóstico, revisa sus sistemas, mira qué tendría que cambiar. Es un comienzo necesario, pero insuficiente, porque los datos y las operaciones críticas de Colombia no viven aisladas en compartimentos estancos. Se mueven entre sectores y actores.
Por eso tiene sentido hablar de mirar los riesgos quantum‑safe con ojos de observatorio, no solo de proyecto. Una mirada de observatorio, entendida en sentido amplio, es una forma de asumir que necesitamos observar de manera sistemática qué datos y sistemas del país dependen de criptografía que va a cambiar, cómo nos afectan las decisiones que se toman en otros lugares del mundo y qué pasos razonables podemos dar hoy para que esa transición no nos coja de sorpresa.
¿Qué aporta concretamente una perspectiva de observatorio en este tema? En primer lugar, permite mapear con honestidad dónde están los activos de información que deben seguir protegidos durante décadas, no solo en un sector, sino en varios. Historias clínicas, expedientes judiciales, registros civiles, bases tributarias, archivos de compensación de pagos, repositorios de investigación, datos de estudiantes y clientes: todos ellos contienen información que no debería perder confidencialidad ni integridad, ni hoy ni dentro de 10 o 20 años.
En segundo lugar, una mirada de observatorio quantum-safe ayuda a seguir y traducir las señales globales. Los organismos de estandarización, los programas de investigación y las regulaciones emergentes ya hablan de migración a criptografía post‑cuántica, resiliencia operativa y responsabilidad de los sectores críticos frente a los riesgos asociados a la computación cuántica. Sin alguien que observe esas discusiones y las ponga en contexto para Colombia, es fácil que las decisiones se tomen tarde, por obligación externa, o que cada actor interprete las tendencias a su manera, generando resultados desiguales.
En tercer lugar, un enfoque de observatorio invita a conectar actores que normalmente trabajan en silos. La seguridad cuántica no es únicamente un tema de bancos, ni de ministerios de tecnología, ni de empresas de telecomunicaciones. Es un campo donde la colaboración público‑privada —entre Estado, industria, academia y sociedad civil— puede marcar la diferencia. Espacios dedicados a observar estos riesgos permiten que se sienten en la misma mesa quienes producen, procesan, regulan y estudian la información crítica del país, para discutir qué cambiar, cuándo y con qué prioridades.
Mirar con ojos de observatorio no significa tener ya todas las respuestas ni imponer una única hoja de ruta. Significa, más bien, aceptar que los riesgos quantum‑safe son de largo plazo, multisectoriales y complejos, y que requieren atención constante. Que necesitamos alguien —o varios espacios coordinados— que se pregunten de manera recurrente: ¿qué tecnologías de protección estamos usando?, ¿qué estándares están surgiendo?, ¿qué impactos podría tener no actuar a tiempo?, ¿qué iniciativas piloto tienen sentido en Colombia y cómo deberían evaluarse?
Hablar hoy de mirar los riesgos quantum‑safe con ojos de observatorio, y no solo de proyecto aislado, es una forma de poner ese tema en la agenda sin caer en alarmismos ni en negación. Es decirle a Colombia que su transformación digital, para ser sostenible, necesita también una transformación en la forma de observar y cuidar la base criptográfica que la sostiene. No se trata de añadir un término de moda a los discursos, sino de reconocer que alguien tiene que estar mirando, con paciencia y rigor, cómo preparar nuestros datos y sistemas para un futuro en el que la confianza será tan valiosa como siempre, pero se jugará en condiciones tecnológicas distintas.
Patricia Gutiérrez es CMO, Cyte - The PostQ Company
