OPINIÓN

Gloria Figueroa Ortiz

Sobrevivir no es suficiente: Colombia necesita cuidar su salud mental

Para la columnista, la salud mental debe dejar de abordarse únicamente desde la enfermedad para convertirse en una prioridad cotidiana, educativa y social. A partir de los resultados de la Encuesta Nacional de Salud Mental 2025, plantea que cuidar las emociones y fortalecer los vínculos es una condición indispensable para reconstruir el tejido social.
31 de julio de 2026 a las 3:27 p. m.

Cuidar la salud mental no debería ser una reacción tardía cuando ya nos sentimos desbordados. Debería convertirse en una práctica cotidiana, consciente y colectiva. En un país que corre, opina, se indigna, responde y se agota casi al mismo tiempo, aprender a gestionarnos interiormente se ha vuelto una responsabilidad personal, familiar, educativa y social. Necesitamos cultivar buenos pensamientos, reconocer nuestras emociones, fortalecer nuestros vínculos y comprender que el bienestar no es un lujo, sino la base de una vida digna.

La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025, realizada por el Ministerio de Salud y Protección Social y la Universidad de Antioquia, nos pone frente a un espejo que no podemos ignorar. Se trata de uno de los estudios más amplios realizados en Colombia sobre este tema. Recogió información de más de 110.000 personas, desde los siete años de edad, en zonas urbanas y rurales de los 32 departamentos del país.

El país que se une por un gol y se divide por un voto

Sus hallazgos revelan una paradoja inquietante. Aunque la mayoría de los colombianos afirma tener buena salud mental, aumentan las señales de ansiedad, soledad, desesperanza, insatisfacción con la vida y discriminación. Además, persisten brechas importantes entre hombres y mujeres. La morbilidad psiquiátrica afecta al 10,8 por ciento de las mujeres, frente al 5,7 por ciento de los hombres, y uno de cada veinte adolescentes ha tenido ideas suicidas, una situación que se presenta con mayor frecuencia entre las mujeres.

Más allá de las cifras, estos resultados deberían llevarnos a hablar menos de enfermedad y mucho más de prevención, cuidado y cultura emocional. La verdadera fundamental es cómo estamos protegiendo la salud mental en los espacios que habitamos: el hogar, la escuela, la empresa, los entornos digitales y los escenarios comunitarios, culturales y artísticos. Porque la salud mental no se cuida únicamente en un consultorio; también se fortalece en las conversaciones que promovemos, en la manera como resolvemos los desacuerdos, en la forma como acompañamos el dolor, en el uso responsable de la tecnología y en la capacidad de escuchar sin destruir al otro.

No es casual que este tema cobre tanta relevancia en un país profundamente dividido, donde pensar diferente muchas veces termina convirtiéndose en una amenaza para las relaciones familiares, laborales y sociales. Cuando perdemos la capacidad de conversar, también empezamos a perder una parte de nuestra paz. La salud mental está estrechamente conectada a la convivencia democrática, la empatía, la confianza y la posibilidad de construir comunidad. Por eso necesitamos generar espacios permanentes y sencillos para hablar de lo que sentimos, de lo que nos duele, de lo que nos preocupa y, sobre todo, de lo que podemos hacer juntos para transformarlo.

Cuidar nuestros pensamientos también exige detenernos. Respirar, descansar, dormir bien y reducir la sobreexposición digital. Orar, meditar o encontrar momentos de silencio que nos permitan reconocer lo que estamos pensando y sintiendo. Implica, además, revisar la manera como nos relacionamos con los demás: qué dijimos, cómo actuamos, a quién herimos, a quién escuchamos y a quién acompañamos. La salud mental se construye en esos pequeños actos cotidianos que parecen invisibles, pero que sostienen la vida.

También necesitamos cultivar la empatía y la compasión. Comprender las realidades de quienes viven en medio de la pobreza, la inseguridad, el duelo o la incertidumbre debería llevarnos menos al juicio y más a la solidaridad. No se trata de romantizar la resiliencia ni de pedirles a las personas que soporten solas lo insoportable. Se trata de construir redes de apoyo, comunidades más conscientes y entornos donde pedir ayuda deje de ser motivo de vergüenza.

La resiliencia, que la encuesta reconoce como una fortaleza de los colombianos, no puede limitarse a la capacidad individual de resistir. Debe convertirse en una fuerza colectiva para cuidar mejor de nosotros mismos y de quienes nos rodean.

Por eso creo que la salud mental debe ser una conversación permanente en las familias, una prioridad pedagógica en los colegios, una política real en las empresas y una decisión pública sostenida. Los Objetivos de Desarrollo Interior ofrecen una guía valiosa para avanzar en ese propósito al fortalecer la conciencia de uno mismo, el pensamiento crítico, la empatía, la colaboración y la capacidad de actuar con propósito.

Colombia necesita hablar más de salud mental, pero, sobre todo, necesita aprender a practicarla. Cuidarnos por dentro es una de las formas más urgentes de reconstruirnos como sociedad.

Gloria Figueroa Ortiz, Directora general de la Organización San José de Las Vegas