Winston Churchill combatía su depresión colocando doscientos ladrillos al día. Lo que parecía una excentricidad era, en realidad, una respuesta a uno de los mayores desafíos del liderazgo: cómo proteger un cerebro sometido de forma constante a decisiones, presión e incertidumbre. A los neurocientíficos les llevó 75 años descubrir por qué esto funcionaba.
Durante los años veinte, Churchill compró una propiedad de campo llamada Chartwell, en Kent. En 1928, mientras se encontraba fuera del poder —en su periodo conocido como ‘los años del desierto’— y dedicado a escribir sus libros, adoptó una estricta rutina diaria. Él mismo le escribió en una carta al primer ministro Stanley Baldwin: “He tenido un mes encantador construyendo una cabaña y dictando un libro: doscientos ladrillos y dos mil palabras al día”. Con sus propias manos construyó gran parte de los muros que rodean el jardín, una casa de juegos para sus hijas y algunas cabañas de la finca. De hecho, hoy en día en Chartwell todavía se conserva una placa que reza: “La mayor parte de este muro fue construida entre 1925 y 1932 por Winston con sus propias manos”.
Churchill sufría de severos episodios de depresión, a la que él mismo llamaba su ‘Black Dog’ (Perro Negro). Este habitó en su sistema nervioso durante 40 años. Su solución consistió en una paleta de albañil y doscientos ladrillos diarios, alternando esto con la pintura al óleo para agotar su cuerpo y descansar el cerebro del estrés político. Su caso llegó a ser tan real que en 1928 el sindicato de albañiles lo afilió oficialmente tras pagar su cuota, otorgándole un carné que tiempo después le revocarían por la controversia política del momento.
Obviamente, suspendió este pasatiempo mientras lideraba a Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, pero durante las entreguerras fue un pilar fundamental para cuidar su salud mental. Esa intuición temprana hoy se conecta directamente con la trampa del liderazgo moderno: el desgaste emocional.
La trampa del liderazgo moderno
En el mundo corporativo y de alta dirección, se suele romantizar el desgaste. Se asume que el estrés crónico, la fatiga mental y la ansiedad son el ‘costo de hacer negocios’. Sin embargo, un cerebro agotado no se recupera simplemente descansando. La mente directiva, atrapada en la parálisis por análisis o en la rumiación de problemas estratégicos, necesita utilizar una parte distinta de sí misma: aquella que mueve los ojos y las manos de forma concreta.
La depresión y el agotamiento extremo tienden una trampa peligrosa. Te sientes abrumado, así que dejas de hacer cosas o te refugias en la pasividad digital. Menos actividad implica menor dopamina; menor dopamina conlleva sentirse peor y más apático. El círculo vicioso se estrecha hasta dejar sin aliento al líder más capaz.
Frente a esto, la sabiduría popular suele sugerir: “Espera a sentirte bien para hacer las cosas”, pero la neurociencia demuestra exactamente lo contrario.
Un estudio clásico dirigido por S. Dimidjian y sus colaboradores en 2006 (publicado en el Journal of Consulting and Clinical Psychology) analizó a adultos con depresión grave dividiéndolos en tres grupos:
- Antidepresivos.
- Terapia conversacional.
- Actividades programadas (realizadas antes de sentirse preparados).
Los resultados demostraron que el grupo de activación conductual obtuvo respuestas notables. Una revisión posterior de 26 ensayos clínicos realizada en 2014 confirmó que moverse antes de sentir ganas de hacerlo rompe el ciclo depresivo más rápido que hablar sobre él.
La regla de oro: El estado de ánimo no cambia primero y luego te impulsa a la acción. Es al revés: la acción transforma y arrastra al estado de ánimo.
Para aplicar esta perspectiva en el día a día gerencial o directivo, no necesitas construir un muro de ladrillos, puedes integrar las siguientes estrategias basadas en la activación conductual:
- Elige una actividad manual de corte analógico: Dedica entre 20 y 30 minutos diarios a limpiar un espacio físico, cocinar desde cero, reparar algo con tus manos o trabajar con arcilla y madera. El cerebro detesta un ciclo de rumiación cuando tiene una tarea motora fina y tangible que resolver.
- Implementa la regla de los cinco minutos: Cuando el agobio o la apatía invadan y no quieras hacer una tarea pendiente de gestión o autocuidado, comprométete a ejecutarla físicamente solo durante cinco minutos sin negociar con tus emociones. La fricción inicial cederá ante el movimiento.
- Desconecta la mente directiva mediante el agotamiento físico útil: Alterna tu carga cognitiva con pasatiempos en los que el cuerpo intervenga de manera activa (jardinería, carpintería, deportes de resistencia o pintura).
Porque si queremos líderes capaces de transformar organizaciones y sociedades, debemos dejar de glorificar el sacrificio silencioso y empezar a valorar la inteligencia de cuidar el cerebro como nuestro principal recurso estratégico.
Jennifer Sáenz, CEO de Elespik
