A la inteligencia artificial no le tuve miedo; le tuve curiosidad. Me acerqué a ella con la disposición del que estudia algo nuevo: queriendo entenderla, queriendo que me sirviera, queriendo estar en esa conversación que hoy nos tiene a todos hablando. Y qué bueno que lo hice, porque fue justo al acercarme a la IA cuando descubrí algo que no me terminó de gustar.
Al empresario le están vendiendo una promesa seductora: aprenda a dominar la inteligencia artificial y confíele a un agente (a un programa) cada tarea de su empresa. Uno que diseñe, uno que lleve las cuentas, uno que responda a los clientes, otro que maneje inventarios, etc. Prescinda de medio equipo, recorte la nómina, pague menos… y quédese usted al mando de esa orquesta de máquinas. Suena a eficiencia pura. Pero conviene leerlo dos veces, porque lo que en el fondo le proponen es que asuma un montón de oficios que nunca fueron suyos.
Lo ilustro con algo mío. Antes, cuando necesitaba diagramar algo, contrataba a un diagramador: alguien que dominaba ese oficio y le entregaba su talento. Hoy la consigna es otra: “Hágalo usted con inteligencia artificial y ahórrese el sueldo”. ¿En qué momento? Yo dirijo el área comercial y de marketing de mi empresa; eso es lo que sé hacer y lo que me apasiona.
Estuve a punto de renunciar al asunto. Hasta que tropecé con otra forma de usarla, una de la que casi nadie habla. La llaman ‘segundo cerebro’ o en inglés second brain, y no vino a reemplazar a nadie. Funciona como una suerte de cuaderno que piensa: uno vuelca allí todo lo que carga en la cabeza (las ideas sueltas, el desorden, las notas de voz de medianoche, las decisiones a medio cocinar) y ese lugar lo escucha, le ordena el caos y se lo devuelve con forma. No me quitó trabajo. Me ordenó por dentro, desde mi esencia, pero desde otro lugar de pensamiento y perspectiva.
Y fue ahí donde me desarmó. Porque ese segundo cerebro razona como yo, pero sin mi sesgo. Sin la Eleonora humana que puede ser terca, estar cansada, orgullosa; sin el mal genio de las seis de la tarde. Toma mis propias ideas y me las devuelve serenas y despojadas de drama. Me dice, sin miedo, lo que una buena amiga me diría si no le diera reparo incomodarme. Y entonces caí en cuenta y no me pregunté: “¿A cuántos puedo reemplazar con esto?”, sino “¿para qué la quiero yo?”.
No traigo una fórmula ni un paso a paso. Traigo una sospecha que no me suelta: la inteligencia artificial no llegó para que hagamos más, ni para dejarnos solos apagando incendios que no nos corresponden. Bien usada, llegó para que pensemos mejor, sigamos siendo lo que somos y tengamos más claridad en nuestros objetivos. Yo no la quiero para reemplazar a mi equipo, ni para reemplazarme a mí. La quiero para lo que de verdad me interesa: seguir siendo, en medio de la adversidad, profundamente humana, pero tomando decisiones con mucha más conciencia y razonamiento.
Eleonora Morales, empresaria de moda. Fundadora de Garage Sale y Luxe by EM
