OPINIÓN

Gabriela Patricia Lizarazo

La ventaja competitiva que ninguna inteligencia artificial puede reemplazar

En un entorno donde la Inteligencia Artificial transforma la forma de trabajar y acceder al conocimiento, la autora sostiene que la experiencia, el criterio y la mentoría siguen siendo ventajas competitivas insustituibles para tomar mejores decisiones, formar líderes y convertir la información en verdadero impacto.
31 de julio de 2026 a las 12:45 a. m.

Vivimos una paradoja tan fascinante como inquietante: nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, al mismo tiempo, nunca había sido tan evidente la dificultad para encontrar dirección, tomar buenas decisiones y construir un propósito. Tal vez porque hemos confundido información con transformación.

Cada semana aparece una nueva plataforma que promete hacer nuestro trabajo más rápido, un algoritmo que asegura tomar mejores decisiones o una herramienta que ofrece multiplicar la productividad. La inteligencia artificial ha cambiado la manera en que trabajamos, aprendemos y producimos conocimiento. Sin embargo, todavía existe una capacidad que permanece fuera del alcance de cualquier tecnología: el juicio que solo aporta la experiencia.

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La inteligencia artificial puede organizar datos, automatizar procesos y producir contenido con una velocidad impensable hace apenas unos años. Lo que no puede hacer es desarrollar la capacidad de distinguir entre lo urgente y lo importante, entre una buena oportunidad y una decisión equivocada, entre el éxito inmediato y el impacto de largo plazo. Esa capacidad de criterio no se descarga ni se programa. Se construye con la experiencia, la reflexión y el acompañamiento adecuado. Y pocas herramientas resultan tan poderosas para desarrollarla como la mentoría.

Durante mucho tiempo romantizamos la figura del profesional que alcanzó el éxito exclusivamente por mérito propio. La narrativa del self-made resultó inspiradora porque exaltaba el esfuerzo individual. Sin embargo, cuando observamos con mayor detenimiento la trayectoria de quienes han transformado organizaciones, liderado gobiernos, construido empresas o impulsado cambios sociales, aparece un patrón que rara vez recibe el mismo protagonismo: casi siempre hubo alguien que amplió su visión cuando todavía ellos no alcanzaban a ver todo su potencial.

Todos podemos recordar a esa persona que creyó en nosotros antes de que nosotros mismos lo hiciéramos. Un profesor, un jefe, un colega o incluso un familiar. Personas que no cambiaron nuestras capacidades, pero sí la manera en que entendimos de lo que éramos capaces.

Ese es, precisamente, el verdadero valor de un mentor.

Un mentor no entrega fórmulas mágicas ni garantiza el éxito. Su aporte es mucho más profundo: ofrece perspectiva. Hace las preguntas incómodas, desafía creencias limitantes, comparte aprendizajes a partir de la experiencia y ayuda a recorrer en meses caminos que, de otra manera, podrían tomar años.

La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas extraordinarias. Puede analizar millones de datos en cuestión de segundos e identificar patrones con una precisión sorprendente. Pero no puede transmitir la serenidad que deja haber enfrentado decisiones difíciles, ni la intuición que nace después de equivocarse, corregir el rumbo y volver a intentarlo. Mucho menos puede enseñar cómo sostener un equipo en medio de una crisis, recuperar la confianza después de un fracaso o mantener una decisión impopular cuando se sabe que es la correcta.

La experiencia tiene una característica imposible de automatizar: convierte la información en criterio. Un mentor no solo sabe qué hacer. Comprende cuándo actuar, cuándo esperar, cuándo cambiar de dirección y cuáles riesgos vale la pena asumir. Esa diferencia es la que transforma el conocimiento en liderazgo.

Por eso una conversación con un mentor puede ahorrar años de ensayo y error. No porque elimine las dificultades, sino porque permite aprender de lecciones que otra persona ya pagó con tiempo, recursos, incertidumbre e incluso fracasos. Ese aprendizaje, construido en escenarios reales y no en hipótesis, posee un valor imposible de calcular.

En las organizaciones, la mentoría también representa una herramienta estratégica para preservar el conocimiento. Permite transferir experiencia, acelerar el desarrollo de nuevos líderes y fortalecer la continuidad de las decisiones. Cada conversación de alto valor evita que años de aprendizaje desaparezcan con la salida de un profesional y convierte ese conocimiento en un activo para toda la organización.

Esta necesidad se vuelve aún más evidente en un entorno marcado por la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad. En estos escenarios, el principal desafío ya no consiste en acceder a la información. Consiste en interpretarla correctamente.

Dos directivos pueden analizar exactamente los mismos datos y llegar a conclusiones completamente distintas. La diferencia no está en la información disponible, sino en la experiencia con la que esa información es comprendida, cuestionada y convertida en decisiones.

Ahí radica el verdadero aporte de un mentor. No reemplaza la autonomía de quien lidera ni decide por él. Amplía su mirada, cuestiona sus supuestos, ayuda a identificar riesgos que todavía no son visibles y comparte modelos de pensamiento construidos en situaciones reales. Más que ofrecer respuestas, enseña a formular mejores preguntas.

En una época en la que la inteligencia artificial seguirá transformando la forma en que trabajamos, la ventaja competitiva más importante seguirá siendo profundamente humana. La tecnología podrá acelerar procesos y ampliar nuestras capacidades, pero difícilmente reemplazará el valor de quien comparte su experiencia para evitar que otros tengan que aprenderlo todo desde cero.

Porque, al final, la verdadera esencia de la mentoría consiste en convertir las cicatrices de una trayectoria profesional en el punto de partida del éxito de alguien más.

Gabriela Patricia Lizarazo, gerente de Abastecimiento Estratégico en Positiva Compañía de Seguros S.A.