Cuando hablamos de violencia intrafamiliar, la mayoría piensa en gritos, golpes o agresiones físicas. Son las formas más visibles, las que dejan pruebas, denuncias y expedientes. Pero existe otra violencia mucho más discreta, profundamente devastadora y socialmente aceptada: aquella que convierte a los hijos en el escenario donde los adultos continúan librando las batallas de una relación que terminó.
Es una violencia que no deja hematomas. Deja culpas.
No rompe huesos. Rompe la tranquilidad de la infancia.
Y lo más preocupante es que muchas veces es ejercida por personas que, genuinamente, se consideran buenos padres.
Vivimos en una sociedad que ha reducido la responsabilidad parental a cumplir una cuota alimentaria, asistir a las reuniones del colegio o compartir fotografías felices en redes sociales. Todo eso es importante, por supuesto. Pero ser un buen padre o una buena madre también implica algo mucho más complejo: proteger la estabilidad emocional de los hijos, incluso cuando el vínculo con el otro progenitor se ha roto.
Sin embargo, con demasiada frecuencia ocurre lo contrario.
Hay padres que convierten a sus hijos en mensajeros porque no soportan hablar con su expareja. Madres que interrogan a los niños después de cada visita para averiguar qué hizo el otro. Adultos que utilizan frases aparentemente inocentes —“pregúntele a su papá por qué no le compró eso” o “su mamá siempre fue igual”— sin advertir que cada comentario obliga al niño a cargar un peso emocional que no le corresponde.
No siempre hace falta insultar al otro progenitor. A veces basta una mirada de desprecio, un silencio calculado o una insinuación repetida para sembrar en un hijo la idea de que querer a ambos padres es una forma de deslealtad.
¿En qué momento normalizamos semejante carga?
Los niños no nacieron para ser árbitros de los conflictos de los adultos. No están llamados a escoger bandos, validar versiones ni convertirse en confidentes de las frustraciones de quienes deberían protegerlos. Sin embargo, eso ocurre todos los días y, lo peor, suele justificarse bajo el argumento de la sinceridad.
“Solo le estoy diciendo la verdad.”
Esa frase merece ser revisada.
Porque una cosa es decir la verdad y otra muy distinta utilizarla como un arma. La verdad, cuando se entrega sin considerar la edad, la madurez o el impacto emocional de quien la recibe, puede convertirse en otra forma de violencia.
Como abogada de familia he comprobado que muchos de los conflictos más difíciles no nacen de la falta de amor hacia los hijos. Nacen de la incapacidad de algunos adultos para separar el fracaso de una relación de pareja de la responsabilidad permanente de ser padres.
Confundimos el derecho a expresar nuestro dolor con el supuesto derecho a involucrar a los hijos en ese dolor. Y no es lo mismo.
El divorcio termina el vínculo conyugal. Nunca debería terminar el respeto entre quienes seguirán compartiendo la misión más importante de sus vidas: criar a un hijo.
Por eso preocupa que, mientras discutimos reformas legales, nuevas causales o procedimientos más ágiles, pasemos por alto una realidad evidente: ningún juez puede ordenar que un padre deje de hablar mal de la madre de sus hijos. Ninguna sentencia puede imponer empatía. Ningún proceso judicial puede enseñar inteligencia emocional.
La ley es indispensable para proteger derechos, pero hay territorios donde solo la madurez de los adultos puede evitar el daño.
La negociación, la conciliación y la mediación familiar parten de una premisa sencilla, pero profundamente transformadora: detrás de cada posición hay una necesidad y detrás de cada conflicto hay una historia que merece ser escuchada. Cuando esa lógica desaparece y el único propósito es derrotar al otro, los hijos dejan de ser personas para convertirse en trofeos, testigos o instrumentos de presión.
Y esa quizá sea la derrota más dolorosa de todas.
Necesitamos dejar de preguntar quién fue el mejor esposo o la mejor esposa. La verdadera pregunta es otra: ¿estamos siendo los padres que nuestros hijos necesitarán recordar con gratitud cuando sean adultos?
Porque los niños olvidan muchos detalles de la infancia. Lo que nunca olvidan es cómo los hicieron sentir.
Algún día dejarán de recordar quién ganó el juicio, quién obtuvo la custodia o quién pagó más dinero. Pero jamás olvidarán si crecieron sintiéndose libres para amar a ambos padres o si vivieron creyendo que cada abrazo era una traición.
Esa es la violencia silenciosa de nuestro tiempo. No hace ruido. No ocupa titulares. No siempre llega a los tribunales.
Pero deja cicatrices que pueden acompañar a una persona durante toda la vida.
Adriana Bocanegra Triana, abogada y catedrática del Área de Familia, autora del libro La Valentía de Ser Madrastra, host del podcast ‘Confesiones de una Madrastra’ y CEO de Abogados Corporativos Bocanegra Triana.
