OPINIÓN

Manuela Ganadera

Mi peor pesadilla: un derecho sin moral

Ese es el verdadero abismo.
15 de mayo de 2026 a las 10:00 a. m.

Mi peor pesadilla es un país lleno de leyes, jueces, códigos, tribunales, procedimientos y constituciones… pero vacío de moral. Porque un derecho sin moral puede verse impecable. Puede hablar en lenguaje técnico. Puede tener firmas, sellos y sentencias perfectamente redactadas. Puede cumplir cada requisito del procedimiento. Y aun así destruir seres humanos, porque el horror no siempre llega disfrazado de caos. Eso es lo verdaderamente aterrador.

Últimamente he escuchado repetirse una idea con una tranquilidad que me inquieta profundamente: que la moral y el derecho son mundos separados. Que una cosa es la ética y otra la norma. Que el derecho debe limitarse a aplicar reglas y no a preguntarse por lo justo. Y eso debería preocuparnos más de lo que creemos.

Y sí, esa postura tiene sustento teórico. El positivismo jurídico, desarrollado por autores como Hans Kelsen o H.L.A. Hart, defendió la idea de que el derecho podía analizarse independientemente de la moral. Que una norma no deja de existir porque sea injusta. Que no todo lo inmoral es ilegal.

Hasta ahí, la discusión filosófica es válida. Pero el problema empieza cuando esa distinción deja de ser una herramienta académica y se convierte en una forma de entender el poder.

Porque una cosa es distinguir entre moral y derecho. Y otra muy distinta es expulsar la moral del derecho. Porque cuando la moral sale del derecho, el ser humano sale con ella, esto nunca sale bien. Y entonces la justicia deja de preguntarse qué protege, qué dignifica o qué límites jamás deberían cruzarse. Solo empieza a preguntarse si el procedimiento fue correcto.

Ese es el verdadero abismo. Rebobinemos. Los mayores actos de violencia y abuso de la historia ocurrieron precisamente cuando el poder decidió separarse de toda obligación moral. Cuando los seres humanos dejaron de verse como personas y comenzaron a verse como cifras, amenazas, enemigos, razas inferiores o simples obstáculos políticos. La esclavitud fue legal, las leyes de Núremberg fueron legales, el apartheid fue legal.

Millones de personas fueron perseguidas, clasificadas, encarceladas, torturadas y exterminadas bajo sistemas jurídicos completamente funcionales. Había jueces. Había tribunales. Había normas. Había decretos. Había legalidad.

Y aun así había horror, esto que paso debería seguir consternándonos hasta hoy.

Por eso me preocupa tanto la idea de un derecho moralmente vacío. Porque la historia ya nos mostró lo que ocurre cuando la ley deja de tener como centro al ser humano. Ocurre que el derecho deja de proteger personas y empieza a proteger poder. Y de esas heridas, la humanidad casi nunca logra levantarse intacta.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo entendió algo fundamental: el derecho no podía volver a convertirse en un arma contra los mismos seres humanos que debía proteger.

Por eso nacen los sistemas internacionales de derechos humanos. Por eso se crean tribunales internacionales. Por eso aparecen declaraciones universales, tratados, cortes y límites supranacionales.

Porque la humanidad entendió que incluso los Estados podían cometer atrocidades perfectamente legales. El siglo XX nos dejó una lección brutal, el Estado y el derecho también pueden convertirse en amenaza.

Y por eso el derecho tiene múltiples teorías, como la iusnaturalista: hay derechos que ningún poder puede tocar, incluso si logra convertir el abuso en ley.

Ahí está el verdadero corazón del derecho moderno. Nació para proteger seres humanos del abuso del poder. Por eso los derechos fundamentales no son simples adornos constitucionales, son barreras morales y la base de muchos sistemas jurídicos.

El derecho a la vida, la dignidad humana, la igualdad ante la ley, la prohibición de la tortura, el debido proceso. Nada de eso existe porque el Estado sea bondadoso. Existe porque sin importar cual se la ideología de las personas, la civilización humana realizo un consenso de qué es lo mínimo que deben de tener. Y todas esas son decisiones profundamente morales.

De hecho, incluso las constituciones que se presentan como ‘neutrales’ están llenas de moralidad. Proteger la vida es una decisión moral. Prohibir la tortura es una decisión moral. Reconocer que ningún ser humano puede ser tratado como objeto del Estado es una decisión moral.

El derecho jamás ha sido moralmente neutro. Nunca lo fue. Solo hay sistemas jurídicos que esconden mejor sus valores que otros.

Leo Strauss advirtió algo profundamente perturbador sobre esto. Decía que cuando una sociedad abandona toda idea de bien y de mal objetivos, termina perdiendo también la capacidad de distinguir entre justicia y abuso. Todo se vuelve relativo. Todo depende del poder que no tiene frenos, de la utilidad o de quién tenga la capacidad de imponer su versión de la legalidad.

Y cuando eso pasa, la democracia y la tiranía empiezan a separarse cada vez menos.

Que algo deje de parecernos correcto simplemente porque fue aprobado; que el ciudadano ya no sea visto como una persona con dignidad, sino como alguien sometido a normas. Por eso me niego a aceptar que la moral sea apenas un adorno del derecho.

No lo es.

Es su límite.

Es su conciencia.

Es su brújula.

Porque el derecho no regula máquinas, regula seres humanos. Y el ser humano no es solamente un sujeto político o biológico, es un ser moral por naturaleza. Tiene conciencia, empatía, noción de justicia y capacidad de reconocer el sufrimiento del otro. Por eso un derecho completamente vacío de moral puede ser brutal.

Ronald Dworkin lo entendió con claridad cuando explicó que los jueces no aplican solamente reglas, sino también principios. Eso mismo entendió la Constitución colombiana de 1991. Nuestra Constitución no es únicamente un conjunto de artículos, es una advertencia al poder, una promesa moral convertida en norma. El derecho está ahí para recordarle al poder que hay límites que no puede cruzar. Esa es la raíz moral del derecho.

Y ahí es donde esto deja de ser una discusión teórica entre abogados y se convierte en algo muchísimo más peligroso. Porque si quitamos la moral del derecho, el ciudadano desaparece del centro del derecho. Ahí las normas dejan de proteger al ser humano y empiezan a proteger al poder. Y cuando eso pasa, el ciudadano queda solo frente a sistemas mucho más poderoso que su simple voz.

Como politóloga en formación, esto me preocupa aún más.

Aristóteles entendía la política como la búsqueda del bien común. No como una maquinaria para conquistar cargos, no como una estrategia para administrar intereses, sino como una actividad orientada al bien de la comunidad.

No al interés.

No a la conveniencia.

No a la imposición.

Porque un mundo donde se separa el derecho de la moral es también un mundo donde el poder aprende a hablar en lenguaje jurídico para no tener que responder en lenguaje moral.

Y esa es, precisamente, mi mayor distopía. No un mundo caótico. Un mundo perfectamente ordenado, donde el derecho positivo lo justifica todo y le sirve a cada quien para blindar sus actuaciones. Un mundo en el que los derechos fundamentales existen solo mientras la norma quiera reconocerlos y desaparecen en el momento en que el poder decide cambiarlos. Un mundo en el que nadie puede decir ‘esto está mal’, porque el único criterio válido pasó a ser ‘esto es legal’.

Ese mundo ya existió, se llamó de muchas formas; ninguna de ellas fue buena.

Por eso el derecho necesita a la moral como necesita al ser humano en su centro: no como decoración, no como retórica, sino como fundamento y límite.

Porque un derecho que puede justificarlo todo no protege a nadie. Es solo poder con mejor presentación. Y cuando el poder político deja de tener límites morales, la dignidad humana siempre termina pagando el precio. La historia ya lo demostró mas de una vez. Por lo que me parece totalmente valido hacernos esta pregunta: ¿cuál es el papel que queremos que jueguen la ética y la moral en los próximos gobiernos?