Colombia perdió el pasado 8 de mayo a uno de sus estadistas más completos. Germán Vargas Lleras encarnó una especie en vía de extinción en la política colombiana: el ejecutor. En un entorno donde el discurso suele sustituir a la acción y donde los anuncios reemplazan a las obras, él representaba lo contrario. Más allá de simpatías o antipatías, existe un consenso difícil de negar: las obras avanzaban cuando él estaba al frente.
Esa no es una virtud menor. Es, quizás, la más escasa en el ejercicio del poder. Su paso por el Ministerio de Vivienda, Ciudad y Territorio dejó una marca social imborrable. La implementación del programa de las 100.000 viviendas gratuitas diseñó soluciones habitacionales para las poblaciones más vulnerables y desplazadas del país, convirtiéndose en uno de los pilares sociales más tangibles de la época.
Como vicepresidente, asumió la agenda de infraestructura del país con una ambición que el mundo reconoció. Bajo su supervisión y liderazgo se dio marcha al programa de autopistas 4G que movilizó 1.200 kilómetros de vías nuevas, el cuarto programa de su tipo más grande en el mundo. Él entendió que la competitividad de un país se construye ladrillo a ladrillo, kilómetro a kilómetro. Y ahí estaba su verdadero carácter.
No era un hombre cómodo. Era exigente, directo, a veces incómodo para sus interlocutores. Pero esa aspereza era la de quien no tolera la mediocridad cuando hay resultados que alcanzar. Fuera del poder, era un lector voraz, un extraordinario hombre de familia, melómano, profundamente inspirado en la obra de Winston Churchill, ese otro hombre de carácter que entendió que liderar es resistir. Era también un animalista y un amante genuino de la naturaleza, dimensiones de su persona que quienes solo lo conocieron desde la tribuna política raramente alcanzaron a ver. En tiempos dominados por el marketing político, la indignación digital y la superficialidad, figuras como Germán Vargas Lleras recuerdan una verdad incómoda: gobernar exige carácter.
Su partida nos llega en un momento particularmente difícil para Colombia. Hay en todo esto una tristeza más profunda que el duelo por un hombre. Es el duelo por una cantera de líderes que este país no supo, o no pudo, aprovechar. Cada uno de ellos representó una versión de Colombia que pudo haber sido. El país que nos debemos.
Clemencia, Enrique, Socorro, José Antonio y familia: ojalá el dolor de estos días se vaya transformando en el orgullo de saber que Germán le entregó a Colombia lo mejor de sí mismo. Que descanse en paz. Y que su legado nos recuerde a todos los que quedamos la altura a la que debemos aspirar.
