OPINIÓN

Carlos Iván Pérez

El compañero Cepeda

Los audios sobre Iván Cepeda exponen un vacío institucional: cómo proteger la competencia política cuando la intimidación armada altera elecciones sin dejar vínculos criminales fácilmente demostrables.
15 de mayo de 2026 a las 11:00 a. m.

Los audios conocidos esta semana sobre presiones armadas para favorecer electoralmente a Iván Cepeda deberían preocupar incluso a quienes consideran que no existe ninguna coordinación entre su campaña y estructuras ilegales. En las grabaciones, atribuidas a disidencias armadas, se habla explícitamente de presionar comunidades y “apretarlas cuatro años más” para influir en el sentido del voto. La dimensión del episodio no depende únicamente de si existe un delito atribuible al candidato. La discusión central es que Colombia sigue teniendo enormes dificultades para enfrentar escenarios donde el miedo altera la competencia política sin dejar necesariamente un vínculo criminal comprobable.

Cepeda reaccionó rechazando públicamente cualquier presión sobre el electorado y pidió investigaciones. Hizo lo mínimo que cualquier candidato democrático está obligado a hacer. Pero cuando estructuras armadas aparecen promoviendo una candidatura presidencial mediante amenazas e intimidación territorial, el debate no puede agotarse en un comunicado de prensa. Debería traducirse en acciones concretas para garantizar transparencia electoral en las zonas mencionadas, desde verificaciones independientes hasta acompañamiento reforzado de organismos de control y observación electoral. Quien aspira a gobernar no puede limitarse a negar una relación ilegal. También tiene la responsabilidad política de despejar cualquier percepción de beneficio derivado del miedo.

En un Estado de derecho no basta un audio ni una sospecha para destruir políticamente a una persona. El derecho penal colombiano exige pruebas de coordinación, financiación, instrucciones o acuerdos concretos para atribuir responsabilidad a un candidato. Y debe seguir siendo así. Lo contrario abriría la puerta a que cualquier grupo armado intente contaminar campañas rivales mediante apoyos oportunistas o declaraciones interesadas.

Sin embargo, el hecho de que el estándar jurídico sea alto no elimina la distorsión democrática.

El Código Penal castiga el constreñimiento al sufragante y existen herramientas para investigar alianzas criminales entre políticos y estructuras armadas. Colombia además ha construido mecanismos importantes de prevención electoral, desde alertas tempranas de la Defensoría del Pueblo hasta mapas de riesgo de la MOE, comisiones de seguimiento electoral y esquemas especiales de seguridad para candidatos. La dificultad no es la ausencia absoluta de instrumentos, es que esas capacidades siguen siendo limitadas para corregir oportunamente distorsiones producidas por el dominio territorial de grupos armados.

En varias regiones del país la competencia política ocurre bajo condiciones profundamente desiguales. Hay municipios donde algunas campañas reducen eventos públicos por razones de seguridad, donde líderes sociales son amenazados por expresar preferencias políticas y donde comunidades enteras terminan condicionadas por actores armados que regulan aspectos cotidianos de la vida local. En esos contextos, la presión armada puede alterar el ambiente electoral incluso sin que exista una coordinación directa y demostrable entre un candidato y una estructura criminal.

Ese es el principal vacío institucional.

El sistema colombiano aprendió, después de la parapolítica, a reaccionar frente a pactos explícitos entre políticos y grupos armados. Lo que todavía no ha logrado resolver adecuadamente son las zonas grises donde el beneficio político derivado de la intimidación existe, pero la responsabilidad jurídica resulta extremadamente difícil de probar. El derecho penal está diseñado para sancionar acuerdos verificables. Las democracias, en cambio, también pueden deteriorarse mediante incentivos indirectos, silencios territoriales y restricciones informales a la competencia.

Por eso la discusión no debería limitarse a si Iván Cepeda cometió o no un delito. Hoy no existe información pública suficiente para afirmarlo. La discusión más útil es otra. ¿Cómo protege el Estado la igualdad democrática en territorios donde el miedo condiciona el ejercicio de la política sin dejar necesariamente evidencia suficiente para una condena judicial?

La respuesta no pasa por inventar nuevas instituciones, sino por fortalecer y coordinar mejor las que ya existen. Las alertas tempranas y los mapas de riesgo suelen identificar con anticipación municipios vulnerables, pero muchas veces esa información no se traduce en medidas visibles para la ciudadanía ni en acciones rápidas sobre el terreno. Colombia necesita mecanismos más transparentes de seguimiento electoral territorial durante las campañas presidenciales. Informes periódicos sobre restricciones a la actividad política, denuncias verificadas de presión armada y afectaciones al ejercicio de campañas ayudarían a visibilizar un fenómeno que con frecuencia permanece fragmentado y disperso entre distintas entidades.

La amenaza para Colombia no es únicamente la posibilidad de pactos criminales. Es la normalización de territorios donde las ideas no compiten bajo las mismas condiciones. Y aunque esa presión no siempre deje pruebas suficientes para una condena judicial, sigue siendo una forma de desigualdad democrática que el Estado colombiano todavía no ha sabido enfrentar con suficiente eficacia.