OPINIÓN

Gloria Figueroa Ortíz

El país que se une por un gol y se divide por un voto

La autora reflexiona sobre la necesidad de fortalecer la cultura democrática, respetar las diferencias y entender que el liderazgo, al igual que la democracia, se construye desde la capacidad de convivir con quienes piensan distinto.
16 de junio de 2026 a las 9:22 p. m.

En estos días he sentido una contradicción que me resulta difícil de ignorar. Defendemos a nuestro país a una sola voz cuando nos representa en el mundo y nos sentimos profundamente orgullosos de los jugadores que se han esforzado por hacer la mejor representación de una nación que late por ellos.

Sin embargo, cuando llega el momento de pensar en las elecciones presidenciales, parece que viviéramos en dos países diferentes. Nos enfrentamos por la diferencia de opiniones y convertimos el ejercicio democrático de elegir en un motivo de distancia, desconfianza y, muchas veces, discordia.

Y entonces me surge una pregunta inevitable: si es un solo país, el mismo que se emociona con la Selección Colombia, ¿por qué nos cuesta tanto defenderlo también a una sola voz cuando se trata de cuidar la democracia?

El maestro que reta al mundo de hoy

Por supuesto, podemos elegir distinto. Esa es, precisamente, la esencia de la democracia. Pero para hacerlo no necesitamos pelearnos ni generar rupturas. Necesitamos leer y comprender las propuestas, conocer nuestra historia, reconocer las necesidades del país y votar con responsabilidad.

La democracia nos invita a participar en la construcción colectiva del futuro. Entregamos nuestro voto para que, entre todos, podamos definir nuevos caminos comunes. Elegimos para defender el bien común, fortalecer las instituciones, impulsar la economía y procurar el bienestar de la sociedad.

Como líder de una gran organización, he vivido situaciones que me han llevado a reflexionar profundamente sobre este tema. A veces me exaspera pensar que algunos colaboradores no votarán por la persona que yo considero más adecuada ni por las razones que me llevan a respaldarla. Me pregunto cómo es posible que no vean lo mismo que yo o que prefieran a un candidato que, desde mi perspectiva, podría hacerle daño al país.

Sin embargo, cuando logro detenerme y observar la situación desde la empatía y el respeto, entiendo algo fundamental. Esa persona seguirá estando cada día en la organización, aportando valor desde su trabajo y contribuyendo a la construcción del país. Su historia personal, familiar y social probablemente la ha llevado a interpretar la realidad de una manera distinta a la mía. Y eso no le resta legitimidad a su opinión ni valor a su condición de ciudadana.

Quizás ahí radica uno de los mayores desafíos del liderazgo. Liderar no significa lograr que todos piensen como nosotros. Significa reconocer el valor de las personas incluso cuando sus ideas difieren de las nuestras. El liderazgo auténtico no busca uniformidad; busca construir confianza, promover el diálogo y crear espacios donde las diferencias puedan coexistir sin romper el respeto ni el propósito común.

Y tal vez esa misma lógica es la que sostiene una democracia.

La democracia no existe para reunir personas que piensan igual. Existe para permitir que múltiples voces, experiencias y visiones del mundo convivan dentro de un mismo proyecto de sociedad. Su fortaleza no está en la ausencia de diferencias, sino en la capacidad de reconocer la dignidad y la libertad del otro, incluso cuando no compartimos sus convicciones.

Poder elegir debería hacernos sentir orgullosos de la oportunidad que tenemos de aportar al país. Los mecanismos para recoger la decisión de una nación de más de 50 millones de habitantes son complejos y desafiantes. Lo que finalmente se defina no siempre coincidirá con lo que yo quiero ni con lo que cada uno de nosotros espera. Pero si esa es la decisión de la mayoría, debemos tener la madurez democrática para aceptarla y seguir avanzando, sin perder la esperanza ni la responsabilidad de continuar construyendo país.

Si volvemos a pensar en el fútbol. Recuerdo cuando el cuerpo técnico de la Selección Colombia anunció la lista de convocados. Como ocurre casi siempre, aparecieron las críticas. Muchos cuestionaron por qué estaba un jugador y por qué otro había quedado por fuera.

Sin embargo, una vez el equipo quedó conformado, todos empezamos a desear lo mismo: que quienes fueron elegidos dejaran todo en la cancha y representaran al país de la mejor manera posible.

Quizás en la democracia también deberíamos aprender algo de esa actitud.

Esta reflexión es una invitación a calmar los ánimos, respetar la opinión de los demás y defender la vida por encima de cualquier diferencia política. También es un llamado a reconocer que las redes sociales se han convertido, con demasiada frecuencia, en escenarios de odio, desinformación e historias parciales que dificultan reconocer la verdad.

Desde la educación sabemos que la democracia no se aprende únicamente en los libros. Se aprende y se fortalece en la conversación difícil, en la escucha genuina y en la capacidad de disentir sin destruir.

Por eso los invito a leer las propuestas completas, contrastar la información y evitar quedarnos únicamente con fragmentos o interpretaciones ajenas. Colombia sigue siendo un país con enormes desafíos, pero también con una inmensa capacidad de esperanza.

Y en lo que concierne a la Selección, esperemos avance con la confianza que le hemos entregado, consiga grandes resultados y llegue tan lejos como todos soñamos.

Porque quizá el verdadero desafío no sea aprender a celebrar juntos un gol. El verdadero desafío es aprender a respetarnos cuando llega la hora de votar.

Si lográramos hacerlo, tal vez descubriríamos que, pese a nuestras diferencias, seguimos latiendo con un mismo corazón colombiano.

Gloria Figueroa Ortiz, Directora general de la Organización San José de Las Vegas