Si visitas mi empresa, lo primero que ves son los camiones listos para salir, la gente saludando desde la puerta y el queso que huele a casa y a trabajo bien hecho.
Todo se ve bonito.
Lo que no aparece en la foto ocurre a las cinco de la mañana.
Ahí estoy yo, con el cabello recogido, una taza de café en una mano y el celular en la otra. Revisando rutas, respondiendo mensajes de última hora, resolviendo imprevistos y preguntándome si ese cliente grande finalmente pagará hoy.
Esa es la parte que pocas personas ven. La que no suele aparecer en las historias de éxito. La que me ha enseñado que emprender siendo mujer no viene con un manual de instrucciones. Viene con un tablero lleno de retos, decisiones y aprendizajes.
Con el tiempo entendí que mi vida como empresaria podría resumirse en tres juegos.
El primero es Jenga. La Clase de Intuición. En Jenga quitas una pieza y todo se puede caer. Así es emprender.
Emprender se parece mucho a sacar una ficha de esa torre. Basta un movimiento para que todo parezca tambalearse. El proveedor que promete entregar “mañana, sin falta”, el conductor que se pierde cuando más lo necesitas o esa entrevista que parece demasiado buena para ser cierta.
Al principio me creía todo. Con los años aprendí a escuchar esa intuición que muchas veces intenta advertirnos cuando algo no encaja. Y también entendí que, si la torre se cae, siempre existe la posibilidad de volver a construirla.
El segundo juego es Monopolio. La Clase de soltar en Monopolio quieres comprar todas las calles, todas las casas, todos los hoteles.
Durante mucho tiempo quise hacerlo absolutamente todo. Estar en la planta, atender llamadas, revisar la producción, resolver problemas, vender y cobrar. Llegaba la noche y mi cabeza seguía trabajando.
Hasta que comprendí que nadie construye una empresa creciendo solo. Delegar no significa perder el control; significa confiar en otras personas para que el proyecto también pueda crecer. Todavía me cuesta soltar algunas cosas, pero hoy sé que una empresa madura cuando deja de depender exclusivamente de quien la fundó o quien la lidera.
Y el tercer juego es Teléfono roto. Para la mayoría de la gente este es el juego más difícil y el más bonito.
Construir un buen equipo requiere paciencia. Encontrar personas comprometidas no siempre es fácil, pero cuando llegan vale la pena cuidarlas. Mientras eso ocurre, toca repetir, enseñar, corregir y volver a explicar. También reconocer los logros y aprender a reírse de los errores, porque emprender sin sentido del humor termina siendo demasiado pesado.
Con los años entendí que el verdadero desafío nunca fue vender queso.
El verdadero reto ha sido construir una empresa mientras también era mamá, esposa, gerente, administradora, negociadora y líder de un equipo.
A muchas mujeres no nos entregaron un plan B. Nos entregaron responsabilidades, sueños y la convicción de salir adelante.
Nos dijeron que era muy difícil y aun así tocamos puertas. Aprendimos de contabilidad aunque los números no fueran nuestro fuerte. Vendimos con la voz temblando, administramos con incertidumbre y volvimos a empezar cada vez que fue necesario.
Por eso mi empresa nunca ha sido únicamente una fábrica de queso.
Es la demostración de que un proyecto puede comenzar con muy pocos recursos y crecer gracias al trabajo constante. Es la prueba de que las mujeres podemos dirigir empresas, tomar decisiones difíciles, formar equipos y, al mismo tiempo, construir familia y abrirles camino a otras personas.
Si hoy me lees desde tu oficina, cansada, preocupada o pensando que no eres capaz, quiero decirte que conozco esa sensación.
Yo también he terminado días con lágrimas en los ojos y el corazón acelerado.
Pero también sé que llega un momento en el que miras hacia atrás y entiendes que cada madrugada, cada negativa, cada error y cada obstáculo hicieron parte del mismo aprendizaje.
Al final descubrí que emprender no consiste en ganar una sola partida. Consiste en tener el valor de volver a sentarse frente al tablero cada mañana.
Y mientras más mujeres decidan hacerlo, más estaremos transformando a Colombia con trabajo, liderazgo y la determinación de demostrar que sí es posible construir empresa.
Martha Porras, gerente de Gusmar Lácteos
