Hay una idea que escucho con frecuencia entre familias con niños pequeños: “Todavía está muy pequeño para comenzar un proceso educativo. Cuando entre al colegio de verdad, ahí sí haremos un mayor esfuerzo”. Aunque entiendo las razones económicas, logísticas e incluso emocionales que hay detrás de esa decisión, no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿y si los años más importantes para acompañar su desarrollo son precisamente aquellos que solemos subestimar?

Existe la creencia de que la educación comienza cuando un niño aprende a leer, escribir o resolver operaciones matemáticas. Sin embargo, la verdadera base de todo ese aprendizaje se construye mucho antes. Entre los cero y los seis años no solo se desarrollan conexiones neuronales a una velocidad extraordinaria; también se fortalecen la autoestima, la confianza, la seguridad emocional, la capacidad de relacionarse con otros y las herramientas para gestionar las emociones que acompañarán a esa persona durante toda su vida.

Por eso, dejar de priorizar esta etapa puede tener consecuencias que solo comprendemos con el paso de los años. Y cuando hablo de esas consecuencias no me refiero únicamente a una inversión económica. Hablo del tiempo que, más adelante, muchas personas deberán dedicar a sanar heridas, reconstruir una autoestima frágil, aprender a gestionar la frustración o desarrollar habilidades sociales que pudieron cultivarse de manera natural durante los primeros años.

Hijos: el latido que sostiene la vida

Hoy vemos cada vez más adultos invirtiendo en procesos terapéuticos para fortalecer aquello que no pudo consolidarse durante la infancia. Y, aunque afortunadamente nunca es tarde para sanar, siempre será menos doloroso construir que reparar.

En los últimos años también hemos visto un crecimiento significativo del homeschooling. No considero que sea, por definición, una mala alternativa. Existen familias profundamente comprometidas que realizan un trabajo admirable y buscan ofrecerles a sus hijos experiencias deportivas, artísticas y espacios para compartir con otros niños. Ese esfuerzo merece reconocimiento.

Sin embargo, creo que la conversación no debería centrarse únicamente en si un niño socializa o no. La verdadera pregunta es otra: ¿las oportunidades de interacción que ofrece el homeschooling brindan la misma riqueza y continuidad que un entorno educativo donde la convivencia hace parte del aprendizaje cotidiano?

Porque socializar no es lo mismo que convivir.

Desde la psicología del desarrollo sabemos que las habilidades socioemocionales no aparecen simplemente porque un niño esté rodeado de otros niños. Se construyen a través de relaciones constantes, diversas y sostenidas en el tiempo. Esperar un turno cuando nadie interviene de inmediato, resolver un desacuerdo con un compañero, aceptar que no siempre se gana, negociar las reglas de un juego, reconocer el punto de vista del otro o aprender a relacionarse con adultos distintos a mamá y papá son experiencias que se repiten una y otra vez en un entorno educativo intencionado. Es precisamente esa repetición la que fortalece la autorregulación, la empatía, la tolerancia a la frustración, la comunicación y la resolución de conflictos. No porque el colegio sea un lugar perfecto, sino porque la convivencia diaria ofrece innumerables oportunidades para desarrollar estas habilidades con el acompañamiento de profesionales preparados para convertir cada situación en una experiencia de aprendizaje.

La diferencia no está en la cantidad de personas con las que un niño interactúa, sino en la naturaleza del contexto donde esas interacciones ocurren. Un jardín infantil de calidad no solo enseña colores, letras o números. Diseña experiencias donde el aprendizaje académico, el desarrollo emocional, el arte, el movimiento, el juego y la convivencia hacen parte de un mismo proceso. Cuando surge un conflicto durante una actividad artística o aparece una frustración en medio de un juego, el objetivo no es únicamente resolver el problema. También es enseñar al niño a comprender lo que siente, expresar sus emociones y encontrar maneras saludables de relacionarse con los demás.

Como padres, es natural querer proteger. Vivimos en una época en la que las noticias alimentan constantemente nuestros temores y donde pareciera que el lugar más seguro para nuestros hijos es siempre a nuestro lado. Pero también deberíamos preguntarnos si, en nombre de esa protección, estamos limitando oportunidades esenciales para su crecimiento. La realidad es que papá y mamá no podrán acompañarlos en cada decisión de la adolescencia, en cada dificultad universitaria, en cada entrevista laboral ni en cada situación en la que deban defender sus principios, establecer límites o enfrentar una frustración. La vida inevitablemente les exigirá autonomía, criterio, habilidades comunicativas, resiliencia y la capacidad de construir relaciones sanas.

Cuando hablo de acompañar el desarrollo durante la primera infancia tampoco me refiero exclusivamente a elegir el jardín más costoso. Hablo de ofrecer tiempo de calidad, presencia emocional, límites amorosos y, sobre todo, confianza. Confianza para permitir que nuestros hijos construyan vínculos con otros adultos significativos, enfrenten pequeños desafíos propios de su edad y desarrollen herramientas para desenvolverse en un mundo donde nosotros no siempre estaremos para resolverles el camino.

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es cuándo vale la pena empezar a acompañar el desarrollo de un hijo, sino qué oportunidades podría perder si dejamos pasar estos primeros años. Porque las bases del carácter, la seguridad, la inteligencia emocional y la manera de relacionarse con el mundo no comienzan en la educación básica. Comienzan mucho antes.

Después de todo, las decisiones más valiosas rara vez producen resultados inmediatos, pero casi siempre transforman el futuro. Y cuando se trata de nuestros hijos, acompañar, cuidar y fortalecer desde el comienzo siempre será más sencillo que intentar reconstruir aquello que pudo cultivarse durante la primera infancia.

María del Mar Torres Triana, propietaria y gerente Sede Cedritos de Dreams Kindergarten