En un país donde emprender es un acto de valentía y sostener una empresa parece, muchas veces, un milagro, mi historia no comenzó en una oficina ni en un plan de negocios. Comenzó en un salón de clases, en una familia humilde y en la convicción de una niña que decidió creer en sí misma antes de que el mundo lo hiciera. Lo que vino después no fue suerte: fue disciplina, fe y un deseo profundo de ayudar.

Desde muy pequeña entendí que la vida no sería fácil. Pero también descubrí que, cuando una niña aprende a creer en sí misma, el mundo empieza a abrir pequeñas rendijas por donde entra la luz. En el colegio no era la mejor por talento, sino por terquedad. Cada vez que algo no me salía, llegaba a casa decidida a demostrarme que sí podía.

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Era seria, pero también divertida. Cantaba, bailaba, actuaba. Soñaba con escenarios. Y, al mismo tiempo, los números se me derretían en las manos como un helado: el álgebra, el cálculo, la trigonometría y la física fluían con una facilidad que ni yo misma entendía. Aun así, nunca me guardé lo que sabía. Siempre ayudaba a quien no entendía, porque desde niña creí que el conocimiento es un acto de amor que se multiplica cuando se comparte. Sin saberlo, ahí empezó mi propósito: ayudar, incluso cuando nadie lo ve; incluso cuando no hay nada a cambio.

Con los años, lo artístico se fue apagando, como una luz que se despide sin hacer ruido. Yo todavía no lo entendía, pero la vida me estaba preparando para otro escenario: el de una mujer que algún día sería empresaria, líder y guía de una compañía nacida de la fe y la disciplina.

En la universidad, ese impulso se hizo más fuerte. Estudié por convicción, porque entendí que, si no me preparaba, jamás iba a llegar a donde soñaba. No nací en una familia con recursos, pero sí en una familia llena de principios, valores y amor que sostenía. Y eso fue suficiente para repetirme, una y otra vez, que quería una vida diferente. Quería ayudar a mi familia. Quería demostrar que los sueños también nacen en hogares con pocas posibilidades económicas y que la disciplina puede pesar más que cualquier limitación.

Recuerdo a un profesor que repetía constantemente que para crear una empresa se necesitaban millones de pesos y un gran flujo de caja. Lo decía con tanta seguridad que un día levanté la mano y le dije que no estaba de acuerdo. Me miró sorprendido y me pidió un caso de éxito. Con el corazón latiéndome fuerte, respondí que mi compañía era un caso de éxito.

Todo el salón volteó a mirarme. Nadie sabía que yo ya tenía una empresa.

El profesor insistió en saber cómo lo había logrado, y yo le respondí algo que todavía sigo creyendo: los contactos también construyen empresa. Muchas veces esos contactos son proveedores, personas que ven en ti algo que otros todavía no ven; personas que te abren una puerta cuando aún no tienes nada más que ofrecer que tus ganas y tu compromiso.

Con el tiempo entendí que emprender en Colombia es un acto de fe y de amor. No es fácil. Y sostener una empresa lo es aún menos. Nos han engañado, nos han estafado y también han querido vernos caer. Y aun así, Opertrans de Colombia sigue en pie. Sigue avanzando. Sigue atrayendo trabajo y personas maravillosas que llegan a nuestro equipo como si fueran enviadas por Dios.

Porque eso es lo que siento: que, incluso en medio de la adversidad, siempre aparece una bendición que nos recuerda que no estamos solos.

Hoy, como CEO, mamá, esposa y mujer, agradezco profundamente cada obstáculo. Agradezco las lágrimas porque sí, soy llorona, y las alegrías de otros transforman mi alma. Lloro en silencio cuando alguien de mi equipo crece, cuando una familia mejora su calidad de vida o cuando un sueño ajeno se cumple. Lloro porque sé lo que cuesta llegar. Porque sé lo que duele caer. Porque sé lo que significa levantarse cuando nadie aplaude.

Muchos dicen que fue suerte. Otros dicen que fue la familia. Algunos creen que apareció un inversionista. Pero la verdad es mucho más simple: fueron mis ganas de salir adelante. Mi disciplina. Mi enfoque. Mi convicción. Mi deseo profundo de ayudar, incluso cuando ayudar duele. Y, sobre todo, mi fe en Dios, que ha sido mi brújula en los días buenos y mi refugio en los días difíciles.

Hoy estoy donde estoy porque un día decidí creer en mí. Porque entendí que no se trata de ser la más inteligente, sino la más disciplinada. Que no se trata de tener dinero, sino propósito. Que no se trata de esperar apoyo, sino de construirlo. Y que no se trata de evitar el dolor, sino de transformarlo.

Si algo he aprendido en este camino es que sí hay espacio para todos. Que no existen límites para quien realmente quiere crecer. Que los sueños no se heredan: se trabajan. Y que, cuando uno camina con fe, disciplina y un corazón dispuesto a ayudar, la vida y Dios, siempre encuentran la manera de abrir la puerta correcta.

Katherine Andrea Lozano Rojas, CEO y fundadora de Opertrans de Colombia