Aprendimos a hablar de educación financiera. Más recientemente, de inversión. Es una buena noticia, sobre todo en una región donde aún existen profundas brechas de inclusión financiera. Pero hay una conversación igual de importante que sigue pendiente: la educación para la protección.

¿Cómo protejo a mi familia si un día no estoy y mi ingreso desaparece conmigo? ¿Qué pasa con la educación de mis hijos? ¿Cómo aseguro mi salud frente a una enfermedad grave? ¿Qué ocurre si pierdo mi empleo o si soy empresaria y mi negocio quiebra?

Son preguntas que rara vez encuentran espacio en la conversación pública. No porque no importen, sino porque todavía no hemos aprendido a hablar de ellas.

Y no se trata de educar desde el miedo. Se trata de que las personas puedan tomar decisiones informadas antes de que llegue lo inesperado.

Hoy existen cientos de libros, cursos y creadores de contenido dedicados a enseñarnos cómo hacer crecer nuestro dinero. Pero hay una pregunta que casi nadie está haciendo:

¿Quién nos está enseñando a protegerlo?

Una sociedad no solo progresa cuando aprende a generar riqueza. También necesita aprender a conservarla. Nos enseñan a diversificar un portafolio, pero pocas veces a blindar lo que ya construimos. Celebramos el emprendimiento, pero dedicamos muy poco tiempo a hablar de cómo sostener un negocio cuando ocurre una crisis.

Esa omisión tiene consecuencias reales. En Colombia, el 54,7 % de las personas ocupadas trabaja en la informalidad, según la medición más reciente del DANE. Son millones de personas cuyo ingreso no depende de un empleador que cotice por ellas ni de un esquema que las sostenga si se enferman, sufren un accidente o su negocio deja de funcionar.

Quienes viven en esa realidad entienden el riesgo mejor que nadie. Conviven con él todos los días. Lo que pocas veces han recibido es la información necesaria para saber que protegerse también es posible y, sobre todo, cómo hacerlo.

La brecha de protección en América Latina es, sin duda, un problema de acceso. Pero el acceso es apenas la mitad de la conversación: abre la puerta; la educación es la que hace que las personas decidan cruzarla.

Un seguro disponible, pero incomprendido, sigue siendo un seguro no adquirido.

Durante décadas entendimos el seguro como un producto transaccional. Comprábamos una póliza, la guardábamos en un cajón y esperábamos no volver a pensar en ella. Si la recordábamos, muchas veces era para preguntarnos si realmente valía la pena seguir pagándola.

¿Qué pasa cuando una mujer se sienta en la mesa donde se toman las decisiones?

Ese modelo hizo que millones de personas vieran el seguro como un gasto y no como una herramienta para construir tranquilidad.

Por eso creo que la educación para la protección no puede limitarse a explicar las características de una póliza. Necesitamos enseñar a las personas a reconocer sus propios riesgos y a entender qué herramientas tienen disponibles para enfrentarlos.

Y esa educación difícilmente ocurrirá únicamente en un salón de clase.

Ocurrirá donde las personas ya toman decisiones sobre su dinero y su vida: en el banco donde reciben su salario, en el comercio donde compran, en la aplicación que usan todos los días, en la empresa donde trabajan.

Quien tiene la conversación tiene también la oportunidad de enseñar.

El problema es que, hoy, demasiadas veces esas conversaciones terminan en una venta y no en una comprensión.

Ahí tenemos una oportunidad enorme.

La tecnología puede simplificar los productos. Los nuevos canales pueden acercarlos. Pero ninguno de los dos sustituye el entendimiento.

Construir una verdadera cultura de protección significa enseñar a las personas a leer el riesgo con la misma naturalidad con la que hoy les enseñamos a leer una tasa de interés: qué proteger primero, cuánto es suficiente y qué preguntas hacer antes de tomar una decisión.

También significa entender que no todos enfrentamos los mismos riesgos ni tenemos las mismas posibilidades económicas. La protección debe partir de la realidad de cada persona, de su nivel de ingresos, de las responsabilidades que tiene y de aquello que no podría permitirse perder.

Porque la protección dejó de ser únicamente un producto.

Hoy es una capacidad que las personas, las empresas y los países necesitan desarrollar.

Durante años entendimos que la educación financiera era una habilidad para la vida. Aprender a administrar, ahorrar e invertir nos permite tomar mejores decisiones y construir un futuro con mayor autonomía.

Ha llegado el momento de dar el siguiente paso: la educación para la protección.

Porque generar patrimonio cambia una vida.

Pero aprender a protegerlo puede cambiar generaciones.

Caterine Rojas Vanegas, Head de Canales Masivos — lidera los canales de bancaseguros, retail y affinity en Zurich Seguros Colombia.