La solidaridad sin organización puede aliviar una tragedia; la solidaridad con método puede cambiar el destino de una comunidad. Esta es, quizás, una de las lecciones más importantes que hemos aprendido después de más de cincuenta años de trabajo social en Colombia. Porque ayudar no consiste únicamente en movilizar recursos, despertar emociones o responder con generosidad cuando ocurre una emergencia. Ayudar de verdad exige conocimiento, planeación, coordinación, transparencia y, sobre todo, la capacidad de convertir la solidaridad en oportunidades que permanezcan cuando desaparece la noticia. La generosidad puede movilizar a miles de personas durante una tragedia, pero es la organización la que permite transformar esa movilización en resultados sostenibles.
Un terremoto puede destruir una ciudad en menos de un minuto. Una inundación puede arrasar en pocos días lo que una familia tardó décadas en construir. Pero las consecuencias de esos desastres pueden extenderse durante generaciones. Hemos aprendido a movilizar ayuda humanitaria con rapidez, enviar alimentos, instalar albergues y atender heridos. Sin embargo, seguimos cometiendo un error que puede resultar tan devastador como el propio desastre: confundir la atención de la emergencia con la reconstrucción. Cuando las cámaras de televisión se apagan, las donaciones disminuyen y la noticia desaparece de los titulares, miles de familias apenas comienzan la batalla más difícil: recuperar su vida. En muchos sentidos, la verdadera emergencia comienza cuando termina la atención inmediata.
Durante décadas hemos medido el éxito de la respuesta humanitaria por las toneladas de alimentos distribuidas, el número de mercados entregados o la cantidad de personas atendidas. Son indicadores indispensables, porque durante las primeras horas salvar vidas es la prioridad. Pero ¿qué ocurre seis meses después, cuando los niños siguen sin regresar al colegio, las familias no han recuperado sus ingresos y comunidades enteras continúan viviendo entre el miedo y la incertidumbre? ¿Quién mide las oportunidades perdidas, el aprendizaje interrumpido o las consecuencias emocionales de una tragedia? Si queremos transformar verdaderamente la manera de responder a los desastres, debemos comenzar a hacernos preguntas diferentes. No basta con saber cuánto entregamos; necesitamos saber qué logramos cambiar.
Los datos internacionales ayudan a comprender la magnitud del desafío. UNICEF estimó que, al finalizar 2024, había 234 millones de niños en contextos de crisis que necesitaban apoyo urgente para acceder a una educación de calidad. La misma organización ha advertido sobre la insuficiente financiación de la educación en las emergencias humanitarias. El Banco Mundial, por su parte, estimó en su informe “Unbreakable” que los desastres naturales podían empujar cada año alrededor de 26 millones de personas a la pobreza en los países estudiados. Detrás de estas cifras hay familias que pierden en segundos lo que construyeron durante generaciones y niños cuyas oportunidades quedan comprometidas mucho después de que termina la emergencia. La tragedia no se mide únicamente por lo que destruye, sino también por todo aquello que impide construir.
Hace un año despedimos a mi abuela, Nydia Quintero Turbay. Muchos colombianos la recuerdan como Primera Dama; millones la conocieron cariñosamente como Mamá Nydia. Yo tuve el privilegio de conocer a la mujer que había detrás de esa figura pública, una mujer que comprendió que la solidaridad no podía limitarse a sentir compasión por quien sufre. Tenía que convertirse en una responsabilidad, en una manera de actuar y, sobre todo, en una capacidad colectiva para transformar realidades. Mi abuela entendió algo que hoy sigue siendo extraordinariamente vigente: la buena voluntad es indispensable, pero no es suficiente. La solidaridad necesita estructura, continuidad y personas capaces de trabajar juntas por un propósito que trascienda sus propios intereses.
Esa convicción dio origen hace más de cinco décadas a la Fundación Solidaridad por Colombia. Una organización que nació para responder a una emergencia, pero que evolucionó hacia un propósito mucho más amplio: combatir la pobreza mediante la educación, las oportunidades y el fortalecimiento de las comunidades. A lo largo de estos años hemos aprendido que la generosidad es fundamental, pero que para producir transformaciones profundas se necesitan equipos especializados, alianzas, conocimiento técnico, metodologías de intervención, mecanismos de control y resultados verificables. Porque cuando alguien confía sus recursos a una causa social, no está entregando únicamente dinero. Está depositado su confianza en nuestra capacidad de convertirlo en oportunidades reales para quienes más lo necesitan.
Esa experiencia vuelve a ponerse a prueba después de los terremotos que golpearon a Venezuela y Colombia este año. En Venezuela, las imágenes de edificios colapsados y familias que lo perdieron todo mostraron la dimensión de la tragedia. Pero hay una realidad menos visible y profundamente dolorosa: la de los niños que perdieron sus escuelas, sus rutinas y la sensación de seguridad que toda infancia necesita. En La Guaira, los daños en la infraestructura educativa pusieron de manifiesto que recuperar la normalidad exige mucho más que reparar edificios. Se necesita devolver a los niños espacios de protección, acompañamiento emocional y oportunidades para continuar aprendiendo. Porque una escuela no es solamente un lugar donde se imparten conocimientos. Es también un espacio donde se construyen vínculos, se recupera la confianza y se empieza a imaginar nuevamente el futuro.
Los adultos solemos creer que los niños olvidan rápido, pero las investigaciones sobre trauma infantil muestran que las experiencias adversas pueden tener consecuencias duraderas, especialmente cuando no existe un acompañamiento adecuado. UNICEF y la UNESCO han insistido en la importancia de garantizar la continuidad educativa y los espacios seguros durante las emergencias. Un niño que pierde su casa también puede perder su sensación de seguridad; uno que deja de asistir al colegio pierde mucho más que clases. Pierde rutinas, relaciones, espacios de protección y oportunidades para desarrollar su potencial. Por eso debemos comprender que la atención psicosocial y la recuperación educativa no son complementos de la ayuda humanitaria. Son parte esencial de ella. Una escuela puede ser el primer lugar donde una comunidad vuelve a sentirse segura después de una tragedia.
En la Fundación Solidaridad por Colombia hemos decidido responder desde esa visión integral. Nuestra propuesta de Solidaridad por Venezuela contempla ayuda humanitaria, protección de la niñez, recuperación de espacios educativos y fortalecimiento de las economías locales. No se trata solamente de entregar recursos, sino de contribuir a que las familias recuperen su capacidad de construir un futuro. Para acompañar emocionalmente a los niños contamos con nuestra metodología A.M.A.R. —Acompañar, Mirar, Abrazar y Reconstruir—, que pone en el centro la protección, los vínculos familiares, los espacios seguros y la recuperación de la confianza. Porque después de una tragedia también hay que reconstruir aquello que no se ve: la tranquilidad, la autoestima, el sentido de pertenencia y la esperanza.
En Colombia estamos enfrentando desafíos similares. Después del terremoto del 10 de agosto, la Fundación ha iniciado 23 intervenciones en infraestructura educativa, de salud y vivienda, gracias al trabajo articulado con aliados que han decidido convertir su solidaridad en acciones concretas. En Cali avanzamos en proyectos junto con la Fundación Colombia, Luz y Sonrisas, gracias a la donación de la Fundación Vida Raquel K. Gilinski. En Manizales trabajamos en la intervención del Hospital de Salud Mental San Juan de Dios; en Pereira, en instituciones educativas; en Supía, Caldas, en la reconstrucción de diez colegios con los recursos recaudados del partido solidario organizado por Mario Alberto Yepes; y en otros territorios, como Chocó y Antioquia, adelantamos iniciativas para recuperar escuelas y viviendas. Cada proyecto tiene sus propios desafíos técnicos, sociales y financieros. Y precisamente por eso no existen soluciones idénticas para comunidades diferentes.
Esta experiencia nos ha enseñado otra lección: reconstruir no significa volver a dejar las cosas como estaban. En algunos territorios, las condiciones del suelo, la vulnerabilidad de las edificaciones y las brechas sociales ya representaban enormes desafíos antes del terremoto. Levantar nuevamente una infraestructura sin corregir sus debilidades sería desperdiciar una oportunidad y, en algunos casos, reproducir el riesgo. La verdadera reconstrucción no consiste en devolver a las comunidades al punto donde estaban antes de la tragedia, sino en ayudarlas a llegar a un lugar mejor y más seguro. Eso exige estudios técnicos rigurosos, diseños adecuados, conocimiento del territorio, participación comunitaria y mecanismos de seguimiento que permitan comprobar que los recursos realmente están generando el impacto esperado.
También exige transformar nuestra manera de entender las alianzas. El Estado, las empresas, la cooperación internacional, las organizaciones sociales, las universidades y los ciudadanos tienen capacidades diferentes que deben complementarse. Ninguno puede resolver por sí solo desafíos de esta magnitud. La coordinación no es un asunto administrativo: es una condición para que la solidaridad produzca resultados. Y la transparencia tampoco puede limitarse a publicar cuánto dinero se recibió o cuánto se gastó. Debe permitir comprender qué se hizo, por qué se hizo, cómo se ejecutaron los recursos y qué cambió en la vida de las personas. La solidaridad necesita confianza, pero la confianza necesita resultados. Cuando todos tienen responsabilidades claras, cuando existen controles independientes y cuando las decisiones responden a criterios técnicos, la generosidad deja de ser una reacción emocional y se convierte en una fuerza de transformación.
Por eso creo que ha llegado el momento de cambiar los indicadores con los que evaluamos las grandes operaciones humanitarias. Debemos seguir contando los alimentos entregados, las familias atendidas y las viviendas construidas. Pero también necesitamos medir cuántos niños regresaron a estudiar, cuántas familias recuperaron sus ingresos, cuántas personas recibieron acompañamiento emocional y cuántas comunidades quedaron mejor preparadas para enfrentar una nueva emergencia. Incluso deberíamos preguntarnos cuánto tiempo transcurre entre el desastre y la recuperación efectiva de los servicios esenciales. Porque no basta con demostrar que los recursos fueron ejecutados correctamente; necesitamos demostrar que ayudaron a transformar vidas. El verdadero éxito de una intervención social no debería medirse solamente por lo que entregamos, sino por aquello que las personas logran construir después de que nos vamos.
Hay una idea que quisiera dejar especialmente clara: la ayuda humanitaria salva vidas; la educación ayuda a reconstruir el futuro de los países. No se trata de escoger entre un hospital y una escuela, entre entregar alimentos y brindar acompañamiento emocional. Se trata de comprender que la recuperación exige respuestas simultáneas y complementarias. Un hospital permite atender la urgencia de hoy; una escuela ayuda a proteger las oportunidades del mañana; una familia que recupera su actividad económica vuelve a tener autonomía. Cuando esas dimensiones se articulan, la reconstrucción deja de ser una suma de obras y comienza a convertirse en un verdadero proceso de desarrollo. Y cuando ese proceso cuenta con metodología, coordinación y transparencia, sus resultados pueden trascender a las generaciones que vivieron la tragedia.
Mientras escribo estas líneas, pienso inevitablemente en mi abuela. En todo lo que me enseñó, en las veces que la vi movilizar voluntades y en su extraordinaria capacidad para convencer a personas muy diferentes de trabajar por un propósito común. Hoy entiendo que su legado más importante no fue solamente crear una fundación que ha acompañado a generaciones de colombianos. Fue demostrar que la solidaridad puede trascender a las personas cuando se convierte en una cultura, una metodología y una responsabilidad compartida. Su ausencia sigue doliendo, pero su ejemplo continúa presente en cada decisión que tomamos y en cada comunidad a la que intentamos llevar nuevas oportunidades.
Hoy ese legado cruza fronteras y llega hasta Venezuela, mientras continúa acompañando la reconstrucción de Colombia. Y quisiera que esta experiencia nos dejara una reflexión más amplia para América Latina. Los desastres seguirán ocurriendo. No podemos impedir todos los terremotos ni todas las inundaciones, pero sí podemos reducir nuestra vulnerabilidad, prepararnos mejor y evitar que sus consecuencias condenen durante años a quienes ya enfrentaban las mayores dificultades. La pobreza no debería convertirse en una segunda tragedia después de un desastre natural, ni la falta de oportunidades en una sentencia para los niños que tuvieron la desgracia de vivirlo.
Mi abuela nos enseñó que la solidaridad no espera. Después de más de cincuenta años de trabajo, yo añadiría que: tampoco puede improvisarse, agotarse con la noticia ni terminar cuando se entrega la última ayuda. Debe permanecer hasta que las personas recuperen las condiciones para salir adelante por sí mismas. Porque un terremoto puede destruir una escuela en segundos, pero permitir que un niño pierda su futuro por no reconstruirla a tiempo es una tragedia que sí podemos evitar. La solidaridad sin organización puede aliviar una tragedia.
La solidaridad con método puede transformar generaciones. Y esa es, quizás, la verdadera medida de nuestra humanidad: no solamente cuánto somos capaces de ayudar cuando el mundo tiembla, sino cuánto estamos dispuestos a permanecer cuando deja de temblar.
María Carolina Hoyos Turbay, presidenta de la Fundación Solidaridad por Colombia.