Nos hemos acostumbrado a vivir corriendo detrás de algo. Una nueva meta, un mejor cargo, mayores ingresos, una familia feliz, un cuerpo saludable, una vida que parezca equilibrada y, por supuesto, la obligación de sentirnos satisfechos con todo lo que hacemos. Lo paradójico es que, mientras más buscamos alcanzar esa vida que imaginamos como ideal, más terminamos alejándonos de la tranquilidad que tanto anhelamos.
Hemos convertido la búsqueda del éxito y la felicidad en una carrera que parece no tener línea de llegada. Apenas alcanzamos una meta, aparece otra. Cuando conseguimos algo que deseábamos, rápidamente encontramos una nueva razón para exigirnos más. Y así, casi sin advertirlo, vamos construyendo una vida en la que siempre falta algo para sentir que estamos bien.
Esta realidad se hace especialmente visible en muchas mujeres que intentan responder a un libreto cada vez más exigente: ser excelentes profesionales, madres presentes, parejas amorosas, mujeres atractivas, saludables, independientes, exitosas y, además, felices. Todo al mismo tiempo y, preferiblemente, sin mostrar señales de agotamiento. Como si tener la capacidad de asumir múltiples responsabilidades nos obligara a hacerlo.
Hace poco, escuchando a la psiquiatra Marian Rojas Estapé, volví a reflexionar sobre esa creencia que hemos incorporado de que podemos con todo. Una idea que, presentada como una conquista de autonomía y fortaleza, puede terminar convirtiéndose en una enorme carga emocional. Porque una cosa es reconocer nuestras capacidades y otra muy distinta es sentir que debemos utilizarlas todas, todo el tiempo, para demostrar nuestro valor.
En mi experiencia acompañando a líderes y equipos, encuentro una realidad semejante. Personas altamente competentes, comprometidas y exitosas que han aprendido a responder a las demandas de su entorno, pero que muchas veces han perdido la capacidad de reconocer sus propios límites. Líderes que saben administrar presupuestos, proyectos y resultados, pero encuentran enormes dificultades para administrar su energía, sus preocupaciones y sus espacios de recuperación.
Lo preocupante es que hemos llegado a normalizar la sobrecarga. Estar ocupados parece conferir importancia; tener la agenda llena se interpreta como productividad y descansar puede despertar una incómoda sensación de culpa. Incluso hemos comenzado a confundir la capacidad de resistir con la verdadera fortaleza emocional.
Y el cuerpo, tarde o temprano, termina participando de esta conversación. El estrés sostenido puede mantener activados durante demasiado tiempo los sistemas fisiológicos de respuesta a las amenazas, entre ellos los relacionados con el cortisol. Aunque esta hormona cumple funciones esenciales para nuestro organismo, la exposición prolongada al estrés, especialmente cuando no existen oportunidades suficientes de recuperación, puede afectar el sueño, la concentración, el estado de ánimo y la salud. No todo agotamiento se explica por el cortisol, pero tampoco podemos seguir ignorando las señales que nos envía nuestro cuerpo.
Las cifras ayudan a comprender la dimensión del problema. Según la Organización Mundial de la Salud, más de mil millones de personas viven con algún trastorno de salud mental en el mundo. La misma organización estima que cada año se pierden aproximadamente 12.000 millones de jornadas laborales debido a la depresión y la ansiedad, con un costo cercano a un billón de dólares para la economía mundial. Estos datos deberían llevarnos a revisar no solo cómo estamos viviendo, sino también qué comportamientos estamos premiando y promoviendo en nuestras organizaciones.
En este mes de la salud mental, considero necesario cuestionar una idea profundamente instalada en nuestra cultura: que alcanzar el éxito exige vivir permanentemente al límite. No se trata de renunciar a la ambición, abandonar nuestros sueños o conformarnos con menos de lo que podemos construir. Se trata de comprender que ninguna conquista debería exigirnos, de manera sostenida, sacrificar nuestra salud, nuestras relaciones o nuestra paz interior.
También necesitamos revisar qué entendemos por satisfacción. Porque si la asociamos exclusivamente con lo que todavía no hemos conseguido, estaremos condenados a sentirnos insuficientes. La satisfacción no puede depender únicamente de la siguiente meta, del reconocimiento externo o de la comparación con la vida de los demás. Necesitamos aprender a reconocer el valor de lo que ya hemos construido, sin renunciar por ello al deseo de seguir creciendo.
Esto exige desarrollar una relación más consciente con nuestras emociones, nuestras decisiones y nuestros límites. Supone aprender a distinguir entre el compromiso y la autoexigencia desmedida, entre la disciplina y el agotamiento, entre la responsabilidad y esa necesidad de responder a todo para no decepcionar a nadie. En el mundo corporativo, también implica construir culturas en las que los resultados no se alcancen a costa del bienestar de las personas.
Quizás una de las expresiones más importantes de madurez emocional sea comprender que no tenemos que poder con todo, que podemos elegir nuestras prioridades y que poner límites no disminuye nuestro compromiso. El verdadero dominio propio no consiste en exigirnos indefinidamente, sino también en reconocer cuándo necesitamos detenernos, reorganizarnos o pedir ayuda.
La felicidad tampoco debería convertirse en otra obligación que debamos cumplir. La vida incluye incertidumbre, cansancio, pérdidas y momentos de insatisfacción. Pretender estar siempre bien puede llevarnos a rechazar emociones que también tienen algo que mostrarnos y enseñarnos.
Tal vez sea momento de dejar de preguntarnos cuánto más podemos alcanzar y comenzar a preguntarnos cuánto de nosotros estamos sacrificando para conseguirlo. Porque el éxito pierde buena parte de su sentido cuando, en el camino hacia él, terminamos perdiéndonos a nosotros mismos.
Y quizás una de las mayores conquistas de nuestra vida sea aprender a reconocer cuándo lo que somos, hacemos y tenemos también merece ser suficiente.
Luchy Mejía, psicóloga clínica, escritora experta en emociones y máster coach.