Los terremotos duran segundos. Las inundaciones, unos días. Los incendios forestales, apenas unas horas. Pero sus consecuencias pueden extenderse durante décadas.

Sin embargo, seguimos respondiendo a los desastres como si todo terminara cuando desaparecen las cámaras de televisión. Movilizamos toneladas de alimentos, instalamos albergues, enviamos brigadas médicas y, cuando la atención pública se desplaza hacia la siguiente noticia, asumimos que la tragedia quedó atrás.

No es así.

En realidad, la parte más difícil apenas comienza.

Durante años hemos medido el éxito de la ayuda humanitaria por el número de mercados entregados, las carpas instaladas o los litros de agua distribuidos. Todo eso salva vidas y es indispensable; nadie podría discutirlo. Pero muy pocas veces nos preguntamos qué ocurre seis meses después, cuando las familias siguen sin ingresos, los niños no han regresado al colegio y el trauma comienza a convertirse en una forma permanente de vivir. Ahí empieza la verdadera reconstrucción y, paradójicamente, también es el momento en el que suele terminar la solidaridad.

La vida que no se arregla

Hace un año despedimos físicamente a mi abuela, Nydia Quintero Turbay. Muchos colombianos la recuerdan como Primera Dama; millones simplemente la llamaban “Mamá Nydia”. Otros la recuerdan por haber liderado durante décadas una de las iniciativas solidarias más importantes del país. Yo prefiero recordarla por una convicción que marcó toda su vida: la solidaridad no era un acto de caridad ni un gesto ocasional de generosidad. Era una responsabilidad con el otro, una forma de entender el país y de asumir que el desarrollo solo es posible cuando nadie queda atrás.

Esa visión dio origen hace más de cincuenta años a la Fundación Solidaridad por Colombia. Nació en medio de una tragedia nacional, pero nunca se quedó en la asistencia inmediata. Desde el principio entendió que ayudar no podía depender únicamente de la buena voluntad ni de la emoción del momento. La solidaridad debía organizarse, profesionalizarse y mantenerse en el tiempo. Cinco décadas después, esa idea sigue siendo profundamente vigente y hoy vuelve a demostrar su importancia frente a una nueva tragedia: la que vive Venezuela.

Hoy las imágenes muestran carreteras destruidas, edificios colapsados y familias buscando entre los escombros lo poco que les queda. Pero existe otra destrucción mucho más silenciosa y, probablemente, mucho más profunda: la de miles de niños que perdieron su escuela, sus rutinas, sus amigos y la sensación de seguridad que toda infancia necesita para desarrollarse. Esa devastación rara vez ocupa los titulares, aunque sus consecuencias pueden acompañar a una generación entera.

Los adultos solemos creer que los niños olvidan rápido. La evidencia científica demuestra exactamente lo contrario. UNICEF ha advertido que, en las emergencias, los niños son quienes enfrentan mayores riesgos de afectaciones emocionales, abandono escolar, violencia y pérdida de oportunidades. La UNESCO, por su parte, ha insistido en que reabrir las escuelas después de un desastre no solo permite recuperar el aprendizaje; también protege la salud mental, restablece rutinas y devuelve un sentido de normalidad indispensable para la recuperación de las comunidades. Y la Organización Mundial de la Salud ha documentado que los traumas no atendidos durante la infancia pueden afectar el bienestar físico, emocional y social durante toda la vida.

Después de más de cincuenta años acompañando comunidades vulnerables en Colombia, hemos aprendido una lección que transformó nuestra manera de entender la ayuda humanitaria: reconstruir edificios es importante, pero reconstruir personas es indispensable. Nuestra respuesta en Venezuela no comenzó preguntándonos cuántos mercados podíamos entregar. Comenzó con una pregunta mucho más desafiante: ¿cuántos futuros podíamos recuperar?

Eso significa proteger la salud mental de los niños, devolverles espacios seguros para jugar, ayudar a las familias a reconstruir sus vínculos, recuperar las escuelas y fortalecer las economías locales para que las comunidades vuelvan a sostenerse por sí mismas. Porque una familia no recupera su dignidad cuando recibe una ayuda. La recupera cuando vuelve a tener oportunidades para reconstruir su proyecto de vida.

Con esa convicción desarrollamos en la Fundación Solidaridad por Colombia la metodología A.M.A.R. (Acompañar, Mirar, Abrazar y Reconstruir), fruto de décadas de trabajo con niños afectados por la violencia, el desplazamiento y las emergencias. Comprendimos que el trauma no desaparece cuando cesa la emergencia. Sanar también requiere tiempo, presencia, comunidad y la posibilidad de volver a confiar. Reconstruir un país no consiste únicamente en levantar paredes; consiste en ayudar a que las personas vuelvan a creer que su futuro sigue siendo posible.

Con los años he llegado a una conclusión que quisiera poner sobre la mesa. Quizá ha llegado el momento de redefinir qué entendemos por éxito en una operación humanitaria. No debería medirse únicamente por el número de toneladas entregadas durante la emergencia. También debería medirse por el número de niños que regresaron al colegio, por las familias que recuperaron sus ingresos, por las comunidades que volvieron a creer en el futuro y por las generaciones que logramos evitar que quedaran atrapadas en la pobreza como consecuencia de una tragedia.

Cada escuela reconstruida representa mucho más que una obra de infraestructura. Es el lugar donde un niño vuelve a hacer amigos, donde una madre recupera la tranquilidad de saber que su hijo está protegido, donde un maestro vuelve a sembrar esperanza y donde una comunidad empieza a reconstruirse desde adentro. Las paredes pueden levantarse en pocos meses; la confianza tarda mucho más.

Por eso estoy convencida de que la ayuda humanitaria del siglo XXI necesita evolucionar. Debe seguir salvando vidas, pero también debe reconstruir proyectos de vida. Debe responder a la emergencia inmediata sin perder de vista el largo plazo. Debe aliviar el dolor, pero, sobre todo, crear oportunidades.

Durante décadas hemos repetido que la educación transforma vidas. Hoy me atrevo a decir algo más: después de un desastre, reconstruir una escuela puede ser tan importante como construir un hospital. Un hospital salva la vida de hoy; una escuela protege la vida de mañana. Cuando un niño vuelve al aula, recupera mucho más que un pupitre. Recupera una rutina, un propósito, una comunidad y la posibilidad de imaginar nuevamente su futuro.

Hace un año despedimos físicamente a Nydia Quintero Turbay. Sin embargo, cada decisión que tomamos en la Fundación me confirma que los grandes legados nunca desaparecen. Permanecen vivos cuando se convierten en una manera de actuar. Mi abuela entendió que la solidaridad no consiste en sentir compasión por quien sufre; consiste en organizarse para que ese sufrimiento dure menos y para que las personas puedan volver a construir sus vidas.

Hoy ese legado cruza fronteras y llega hasta Venezuela. Pero, más allá de un país, quisiera que dejara una reflexión para toda América Latina. Los desastres naturales seguirán ocurriendo. No podemos evitarlos. Lo que sí podemos evitar es que una tragedia de unos pocos segundos condene el futuro de una generación entera.

Porque la diferencia entre una emergencia y una verdadera reconstrucción no la hace un terremoto.

La hace la velocidad con la que actuamos.

La inteligencia con la que planificamos.

Y la capacidad de entender que la solidaridad no termina cuando deja de haber titulares.

La solidaridad termina cuando las personas pueden volver a vivir con dignidad.

Ese debería ser el verdadero indicador del éxito de cualquier operación humanitaria.

Hay un último detalle que, en mi opinión, la llevaría a un nivel excepcional. Usted tiene una frase propia que puede convertirse en su sello intelectual:

“La ayuda humanitaria salva vidas. La educación reconstruye países.”

Yo la pondría sola, al final del penúltimo párrafo, como una sentencia. Es una frase breve, original, fácil de recordar y resume toda la tesis de la columna. Creo que tiene un enorme potencial para ser citada en entrevistas, conferencias y redes sociales.

María Carolina Hoyos Turbay, presidenta de la Fundación Solidaridad por Colombia.