Durante mucho tiempo pensé que las oportunidades más importantes llegarían en una sala de juntas. Imaginaba que los proyectos que marcarían mi carrera nacerían en reuniones cuidadosamente programadas, después de una presentación impecable o alrededor de una mesa de negociación. Con el tiempo entendí que estaba equivocada.

Muchas de las personas que hoy hacen parte de mi vida profesional las conocí de la forma más inesperada: compartiendo un café mientras esperaba una reunión, sentada junto a alguien en un vuelo o en un aeropuerto, o gracias a esas maravillosas “diosidencias” que aparecen cuando uno está dispuesto a conversar sin prisa y sin expectativas.

No hubo protocolo. Tampoco una estrategia de networking. Solo hubo una conversación auténtica.

Liderar en tiempos de petróleo, plástico e incertidumbre

Vivimos en una época obsesionada con ampliar las redes de contacto. Asistimos a eventos para intercambiar tarjetas, acumulamos conexiones en plataformas digitales y medimos nuestra capacidad de relacionarnos por el número de personas que conocemos. Sin embargo, he comprobado que las conexiones verdaderamente valiosas no nacen del interés, sino de la curiosidad genuina por el otro.

He aprendido que cada persona tiene algo para enseñarnos. Nunca sabemos cuándo una conversación cotidiana puede convertirse en una amistad, en una alianza estratégica o en una oportunidad capaz de cambiar el rumbo de un proyecto.

Lo viví durante una etapa en la Fundación Corficolombiana. Entre las sesiones de formación, descubrí que los espacios informales eran tan enriquecedores como las clases. En uno de esos cafés conocí a una persona con quien, sin planearlo, terminé desarrollando el proyecto que más adelante se convertiría en una de las iniciativas más significativas de mi compañía: estructuras plásticas para granjas solares en Latinoamérica. Lo que comenzó como una conversación espontánea terminó convirtiéndose en una solución con impacto real para la transición energética.

Ese episodio me confirmó algo que desde entonces he visto repetirse una y otra vez: algunas de las decisiones más importantes de mi vida empresarial comenzaron con conversaciones que parecían completamente casuales.

Y quizá ahí reside la verdadera diferencia.

Las conexiones más valiosas rara vez responden a un plan perfectamente diseñado. Surgen cuando estamos presentes, escuchamos con atención y nos acercamos a los demás sin calcular de antemano qué podemos obtener a cambio.

También he comprendido que la confianza no se construye cuando necesitamos un favor. Se construye mucho antes, cuando cumplimos la palabra, compartimos conocimiento, actuamos con coherencia y dejamos una buena impresión siendo, simplemente, quienes somos.

En un mundo hiperconectado, paradójicamente las conversaciones auténticas son cada vez más escasas. Tal vez por eso hoy tienen un valor aún mayor. La tecnología nos permite comunicarnos con cientos de personas al mismo tiempo, pero difícilmente reemplaza la profundidad de una conversación que surge de manera espontánea y en la que alguien decide escuchar antes que impresionar.

Sigo creyendo en las agendas, en las reuniones formales y en la importancia de planear. Pero también creo en los cafés sin prisa, en los vuelos compartidos y en esas “diosidencias” que nos recuerdan que las mejores oportunidades no siempre aparecen donde las estamos buscando.

Al final, los negocios conectan empresas, pero son las personas las que realmente transforman nuestras vidas. Y muchas veces basta una conversación inesperada para descubrir que la oportunidad más importante no estaba escrita en la agenda, sino sentada justo al lado.

Verónica Vásquez Echeverri, CEO Ecomujeres