Todos vimos lo que dejaron esos treinta segundos: más de trescientos colombianos muertos, miles de heridos, cientos de desaparecidos y familias sin casa. También quedaron más de trescientos centros de salud afectados y en varios municipios se comprometió casi toda la capacidad hospitalaria.
Pero yo quiero hablar de otra cosa, de algo que el terremoto no causó sino que puso en evidencia.
Dos horas después del sismo, con el país sin entender todavía qué había pasado, abrimos junto con varias empresas de tecnología en salud una plataforma para poner sus soluciones a disposición de quien las necesitara, desde atención a distancia hasta respaldo al personal que trabajaba entre escombros. Quince dijeron que sí en horas, y pensé que ahí empezaba la ayuda.
Entonces empezaron a llamarme directores de IPS de los departamentos afectados y muchos decían lo mismo, que gracias pero que no podían usar nada porque no tenían conectividad. Cuando pregunté desde cuándo, la respuesta me dejó fría, porque no se les había caído con el terremoto sino que nunca la tuvieron.
Ahí me di cuenta de algo. Yo venía promoviendo tecnología en salud por todo el país con la tranquilidad que dan las cifras oficiales, porque casi tres de cada cuatro hogares colombianos tienen acceso a internet y por primera vez más de la mitad de los rurales están conectados. Celebro ese avance, pero me faltaba la pregunta siguiente, que es con qué calidad, porque un hogar donde alguien puede abrir WhatsApp cuenta como conectado en la estadística y esa misma conexión no sostiene una teleconsulta, ni una imagen diagnóstica, ni una historia clínica que debe aparecer en el segundo exacto en que alguien llega a urgencias. La innovación en salud avanza a pasos agigantados, pero si los prestadores no avanzan con ella termina sirviéndole a muy pocos.
Y como si lo hubiera gritado, me llamó otra empresa con antenas de internet satelital para donar y un presupuesto para medicamentos, así que antes de despachar les preguntamos qué necesitaban.
Me pidieron más antenas que medicamentos.
Se entregaron más de ciento veinte, muchas a hospitales que llevaban toda la vida incomunicados, y sirvieron para conectarse con la ayuda y para hablarse entre ellos, aunque una antena sin operación, sin soporte y sin quién la pague el año entrante, alivia pero no resuelve.
Con la conexión encendida apareció lo otro, y es que en varios de esos hospitales la historia clínica de sus pacientes estaba en un computador que se perdió, y ahí se fueron los diagnósticos, los tratamientos, las alergias y los controles, todo lo que un médico necesita saber cuando recibe a alguien que llega sin poder hablar. Llevamos años cumpliendo con lo mínimo, sin preguntarnos qué pasaría el día que ese computador faltara.
Llevo trece años trabajando para que la tecnología sea parte del recorrido del paciente y ninguna justificación que haya dado antes explica el problema tan bien como esa respuesta, porque un centro de salud en emergencia priorizó conectarse por encima de recibir medicinas, no porque no las necesitara sino porque sin conexión no sabía cuáles ni para quién.
Eso obliga a cambiar cómo miramos la conectividad en salud, que no es comodidad ni modernización sino un insumo clínico, porque sin ella no hay historia clínica, ni remisión, ni telemedicina, ni manera de saber qué tomaba quien llegó a otro municipio sin papeles.
Un país que acepta hospitales sin internet acepta que hay colombianos cuya información de salud no existe y, aunque en calma eso se note poco, en emergencia mata.
Aquí está la dualidad con la que vivo estos días, porque por un lado tengo una tristeza infinita por lo que pasó y por el otro la certeza de que ahora sabemos qué está fallando y dónde, lo que nos obliga a reconstruir distinto: con conectividad en el diseño desde el primer plano junto con la estructura sismorresistente, y con la historia clínica viviendo donde no se pueda caer y viajando con el paciente, porque estamos en una era de la salud que necesita menos ladrillos y más alcance.
No es solo una decisión de Estado sino también de quienes están al frente de cada centro de salud, y no se resuelve con donaciones sueltas sino sentando en una mesa a quienes prestan el servicio, a quienes desarrollan la tecnología y a quienes la financian, una conversación que aún no ocurre con la seriedad que merece.
Lo que no puede volver a pasar es que se esté haciendo el trabajo a ciegas.
Lina Morales Mora, directora ejecutiva de HealthTech Colombia