Nadie construye una empresa el día que firma su primer gran contrato. Igual que nadie termina un triatlón el día de la competencia.
Ambos momentos son apenas la parte visible de una historia mucho más larga. Detrás de ellos hay meses, y muchas veces años, de decisiones que casi nadie observa: entrenamientos, reuniones de preparación, conversaciones difíciles, errores que obligan a empezar de nuevo y una disciplina que no suele aparecer en las fotografías.
Mientras me preparo para mi primer triatlón de media distancia he descubierto que, sin buscarlo, también estoy entrenando para liderar mejor una empresa. No porque el deporte enseñe a hacer negocios, sino porque desarrolla capacidades que hoy considero esenciales para construir organizaciones que perduren.
La primera es entender que el liderazgo comienza cuando dejamos de intentar controlar lo incontrolable. En un triatlón no puedo decidir cómo estará el clima, si habrá viento, cómo responderá mi cuerpo ese día o si un imprevisto cambiará el plan de entrenamiento de toda la semana.
Y créanme, esos imprevistos llegan. Al principio eso me frustraba, pero con el tiempo entendí que estaba haciendo la pregunta equivocada. Perder un entrenamiento no significa perder la preparación. La preparación se construye con cientos de decisiones consistentes, no con un día perfecto.
En la empresa ocurre exactamente igual. Como CEO hay decisiones que generan incertidumbre porque no dependen completamente de nosotros. Invertir en talento, apostar por nuevas capacidades o esperar la decisión de un cliente implica aceptar que el resultado nunca estará totalmente bajo nuestro control.
Hace poco vivimos una experiencia que me recordó esta realidad. Después de varios días esperando una reunión con un cliente muy importante, logramos fortalecer la relación, pero no llegamos con la profundidad de preparación que la conversación requería. La oportunidad no desapareció, pero perdió velocidad.
Fue una lección valiosa. No siempre podemos controlar cuándo llegará la siguiente oportunidad, pero sí podemos controlar qué tan preparados estamos para aprovecharla.
El triatlón me ha enseñado que esa también es la esencia del liderazgo. Los mejores atletas no gastan su energía lamentándose por el viento. Los mejores líderes tampoco deberían gastarla intentando controlar el mercado, las decisiones de un cliente o las condiciones externas. Ambos entienden que la verdadera ventaja competitiva está en fortalecer aquello sobre lo que sí tienen influencia: La disciplina, la preparación, los hábitos, el desarrollo constante.
También descubrí que la motivación tiene una reputación inmerecida. Es maravillosa cuando aparece, pero demasiado inestable para construir cualquier proyecto importante. Nadie completa meses de entrenamiento porque todos los días tenga ganas de hacerlo. Lo logra porque desarrolla sistemas que sostienen el compromiso incluso cuando el entusiasmo desaparece.
Las empresas funcionan igual. La cultura no se construye con discursos inspiradores, sino con la repetición de comportamientos.
Quizás la lección más profunda que me ha dejado este proceso sea otra. Vivimos en una cultura que celebra los resultados visibles y rara vez reconoce el trabajo silencioso que los hizo posibles. Admiramos la meta, pero pocas veces pensamos en los cientos de kilómetros recorridos antes de cruzarla. Celebramos el crecimiento de una empresa sin detenernos en las conversaciones difíciles, las decisiones incómodas, las inversiones que parecían prematuras o los días en los que el avance apenas era perceptible.
Sin embargo, es precisamente ahí donde se construyen las organizaciones que permanecen. Porque la consistencia termina construyendo algo mucho más valioso que un buen resultado: construye confianza. Y la confianza es el activo más importante de cualquier empresa y de cualquier líder.
Cuando llegue el día de mi primer ironman 70.3, espero cruzar la meta con gratitud. No solo por la distancia recorrida, sino por la persona que el proceso me ayudó a construir. Al final, esa también es la verdadera medida del crecimiento de una empresa.
María Victoria Polanco Betancourt, CEO y cofundadora de BeeOne