Hace unos días tuve la oportunidad de ser invitada a Vinoinfluencers 2026, un encuentro internacional que reunió en Valladolid, en España, a más de 150 creadores de contenido del mundo del vino, procedentes de diferentes países, durante varios días dedicados a vivir, compartir y comunicar la cultura del vino.

¿Quién dijo que el vino dulce es barato? ¡Dulce y a mucha honra!

Fueron jornadas de experiencias alrededor de copas, encuentros entre bodegas y creadores de contenido, cócteles, visitas a viñedos, una gala de premiación y conversaciones con personajes de la talla de José Peñín, una de las figuras más reconocidas de la crítica vinícola española.

Un espacio pensado para conectar a quienes producen el vino con quienes tienen la capacidad de contárselo al mundo.

Confieso que llegué con curiosidad, un poco tímida ( si yo, tímida) pero también con cierta distancia, porque mi mundo es otro, no soy influencer, no sé hacer esos videos maravillosos que cuentan una historia en segundos, ni tengo la habilidad de convertir una botella en un contenido capaz de atrapar a miles de personas; yo vendo vinos y llevo muchos años haciéndolo.

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Lo que encontré fue una experiencia fascinante y una mezcla de perfiles muy diferentes. Conocí a personas extraordinarias, con un conocimiento profundo del vino y una capacidad admirable para comunicarlo, gente que estudia, investiga, viaja, descubre productos y traduce un universo complejo en historias que cualquiera puede disfrutar. Su trabajo es valiosísimo, porque ayuda a que el vino llegue a nuevas audiencias y a personas que, de otra manera, quizá nunca se interesarían por él.

También encontré perfiles diferentes, algunos más cercanos al mundo general de las redes sociales, que al conocimiento específico del vino y eso me hizo pensar en lo amplio que se ha vuelto el concepto de influencer y en lo difícil que resulta definir qué significa realmente influir en alguien.

En medio de todos ellos, yo era probablemente la única vendedora de vinos y esa diferencia me hizo reflexionar sobre mi propio trabajo.

Mis redes sociales son sencillas, no tengo la técnica ni el talento para producir esos contenidos tan profesionales. Mi escenario es otro: una conversación con un cliente, una botella que llevo a un restaurante, Salchi, mi mascota, atendiendo en Divino, mi wine bar en Cartagena, mis amigos y yo tomando vino, una recomendación que termina convirtiéndose en un descubrimiento, mis viajes y experiencias personales.

Mi trabajo consiste en seleccionar vinos, traerlos al país, abrirles espacio en el mercado y conseguir que las personas los conozcan, los prueben, los disfruten y los compren.

Mi manera de comunicar el vino es, sobre todo, ‘de tú a tú’.

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Y no creo que una forma de hacerlo sea más importante que la otra, al contrario, después de esta experiencia entendí cuánto nos necesitamos; quienes crean contenido tienen la capacidad de despertar curiosidad, contar historias y llegar a públicos enormes; quienes trabajamos en la comercialización tenemos la responsabilidad de convertir esa curiosidad en experiencias reales: poner las botellas al alcance de las personas y darles la oportunidad de descubrirlas.

Porque detrás de cada vino hay mucho más que una etiqueta, hay productores, territorios, decisiones, historias y personas que han dedicado su vida a elaborarlo, conseguir que alguien se interese por todo eso, ya sea a través de un video o de una conversación frente a una botella, también es una forma de construir cultura.

VinoInfluencers me dejó, además, una lección de humildad: en un mundo que parece premiar la visibilidad, es fácil pensar que quien más aparece es quien más aporta y no, encontré personas cuyo trabajo merece una enorme admiración, precisamente porque detrás de sus publicaciones hay conocimiento, sensibilidad y una auténtica pasión por el vino.

Y entendí algo más: no todos tenemos que hacer lo mismo para contribuir a una misma causa, el vino.

Yo seguiré haciendo lo que sé hacer: vender vinos, acercarlos a las personas y procurar que cada botella encuentre a alguien que disfrute tomársela o sentarme con ellos en las mesas y destapar botellas (otra de mis grandes habilidades). Otros seguirán contando esas historias a través de una pantalla y ojalá cada vez seamos más los que, desde nuestros diferentes oficios y roles, consigamos que el vino se conozca, se entienda y se disfrute sin pretensiones.

Porque quizá un vinoinfluencer no sea solamente quien tiene miles de seguidores, sino también quien consigue que alguien descubra una botella, se interese por su historia y quiera volver a compartirla.

Algunos lo hacen frente a una cámara. Yo lo hago frente a una copa.

Fadia Badrán, fundadora y CEO de Grupo Madero