Hay una pregunta que pocas veces hacemos, pero que deberíamos empezar a repetir con más frecuencia: ¿quién cuida a quienes dedican su vida a cuidar de los demás?
Vivimos en una sociedad que admira a las mujeres fuertes, a las madres incansables, a las profesionales que nunca se detienen y a las cuidadoras que parecen tener respuestas para todo. Celebramos su capacidad de sacrificio, su entrega y su resistencia. Pero pocas veces nos preguntamos cuánto les cuesta sostener esa fortaleza.
Nos acostumbramos tanto a verlas resolver que olvidamos que también necesitan ser sostenidas.
Detrás de muchas mujeres que cuidan existe una historia que casi nadie conoce. Hay noches sin dormir, preocupaciones económicas, responsabilidades laborales, citas médicas, hogares que sostener, decisiones difíciles y emociones que deben guardar porque sienten que no tienen derecho a derrumbarse.
Y mientras todo esto sucede, el mundo continúa exigiéndoles productividad, resultados, disponibilidad y una sonrisa.
Hemos convertido la capacidad de resistir en una virtud, cuando muchas veces es simplemente la consecuencia de no tener otra opción.
Como médica y como mujer que ha dedicado buena parte de su vida a acompañar a familias que enfrentan el cáncer infantil, he conocido de cerca esa realidad.
He visto madres que pasan noches enteras junto a una cama de hospital y que, al día siguiente, deben encontrar la manera de conseguir dinero para el transporte, alimentar a sus otros hijos o responder por las obligaciones de su hogar.
Mujeres que aprenden a interpretar exámenes médicos, administrar medicamentos, reconocer signos de alarma y contener el miedo de sus hijos, mientras intentan esconder el suyo.
También he conocido mujeres que, sin estar enfrentando una enfermedad en su familia, viven una forma distinta de agotamiento: aquellas que trabajan, lideran equipos, cuidan a sus padres, acompañan a sus hijos y sienten que detenerse sería fallarle a alguien.
Son realidades diferentes, pero comparten una misma pregunta: ¿en qué momento alguien se ocupa de ellas?
Durante años nos han enseñado que descansar es algo que debemos merecer después de haber cumplido con todas nuestras responsabilidades.
Primero el trabajo. Primero los hijos. Primero la familia. Primero los demás.
Y si queda tiempo, entonces nosotras.
Pero casi nunca queda tiempo.
Hemos normalizado una cultura en la que estar ocupadas parece ser sinónimo de importancia y en la que el cansancio se convierte en una medalla de compromiso.
Sin embargo, trabajar hasta el agotamiento no nos hace mejores profesionales, ni renunciar a nuestras propias necesidades nos convierte en mejores madres o cuidadoras.
El descanso no es una recompensa por haber llegado al límite. Es una necesidad humana.
Y descansar no significa únicamente dormir unas horas. También significa tener tranquilidad económica, compartir las responsabilidades, disponer de tiempo propio, recibir acompañamiento emocional y contar con alguien que pueda asumir el cuidado cuando nuestras fuerzas se agotan.
Porque de poco sirve decirle a una madre que debe cuidarse si no tiene con quién dejar a su hijo enfermo.
De poco sirve recomendarle a una mujer que encuentre equilibrio entre su vida personal y laboral si su entorno le exige estar disponible las veinticuatro horas.
No podemos seguir hablando de autocuidado sin hablar de las condiciones que hacen posible cuidarse.
Existe una culpa silenciosa que muchas mujeres conocemos.
La culpa de descansar mientras alguien necesita algo.
La culpa de dedicar una tarde a nosotras mismas.
La culpa de decir que no.
La culpa de reconocer que estamos cansadas.
Pareciera que para ser buenas madres, buenas profesionales, buenas líderes o buenas cuidadoras debemos estar siempre disponibles.
Pero ninguna persona debería tener que desaparecer de su propia vida para demostrar cuánto ama a los demás.
También necesitamos espacios para equivocarnos, llorar, pedir ayuda, disfrutar y, sobre todo, existir más allá de las responsabilidades que asumimos.
Una mujer no debería ser reconocida únicamente por todo lo que es capaz de soportar.
También merece ser reconocida por sus sueños, sus necesidades, sus límites y su derecho a vivir plenamente.
Esta conversación no puede quedarse en una invitación individual a descansar.
Necesitamos que las familias comprendan que el cuidado debe distribuirse y no recaer automáticamente sobre una sola persona.
Necesitamos organizaciones que entiendan que el bienestar de sus trabajadores no se mide únicamente por los beneficios que ofrecen, sino por el respeto real a sus tiempos, sus límites y su salud mental.
Necesitamos instituciones de salud que reconozcan a los cuidadores como personas que también requieren orientación, acompañamiento y apoyo.
Y necesitamos políticas públicas que permitan avanzar en servicios de respiro, redes comunitarias de apoyo, protección social y una distribución más justa del trabajo de cuidado.
Porque cuidar a quien cuida no es un acto de caridad. Es una responsabilidad compartida.
En Colombia debemos seguir avanzando hacia una sociedad que reconozca el valor económico, social y humano del cuidado, especialmente el que se realiza dentro de los hogares y que, por no recibir remuneración, muchas veces permanece invisible.
No basta con agradecerles a las mujeres por su sacrificio. Es necesario construir condiciones para que no tengan que sacrificarlo todo.
Hay algo que he comprendido a través de mi propia historia y del trabajo que realizamos acompañando a otras familias: quienes estamos acostumbradas a sostener a los demás muchas veces encontramos difícil reconocer que también necesitamos apoyo.
Nos cuesta pedir ayuda.
Nos cuesta delegar.
Nos cuesta admitir que no podemos con todo.
Quizás porque durante demasiado tiempo confundimos fortaleza con autosuficiencia.
Pero ser fuerte no significa hacerlo todo sola.
También hay valentía en reconocer nuestros límites, en aceptar una mano extendida y en comprender que nuestra vida merece el mismo cuidado que ofrecemos a los demás.
Quisiera que empezáramos a cambiar las preguntas que hacemos.
En lugar de preguntarles únicamente a las mujeres cómo logran hacerlo todo, deberíamos preguntarles qué necesitan para no tener que hacerlo todo.
En lugar de admirar su capacidad de soportar, deberíamos preocuparnos por las condiciones que las obligan a resistir.
Y en lugar de esperar a que una cuidadora se enferme, se agote o se derrumbe para ofrecerle ayuda, deberíamos construir redes que la acompañen desde el comienzo.
Porque una sociedad verdaderamente comprometida con el bienestar no es aquella que tiene mujeres capaces de soportarlo todo, sino aquella en la que ninguna mujer está obligada a hacerlo.
Hoy quiero dejar una pregunta abierta a las familias, a los empleadores, a las instituciones y a quienes toman decisiones:
¿Qué estamos haciendo para cuidar a las personas que sostienen nuestras vidas?
Tal vez ha llegado el momento de comprender que el cuidado no puede seguir siendo una tarea solitaria, que descansar también es una forma de preservar la vida y que quienes dedican sus días a cuidar de los demás también merecen tiempo, oportunidades, tranquilidad, sueños y alguien que les diga: “Ahora déjame cuidar de ti”.
Porque nadie debería tener que agotarse para demostrar cuánto ama. Y nadie debería tener que caminar en soledad mientras cuida de los demás.
Karen García, médica, directora ejecutiva de Funsebas y líder social.