Cuando crucé la puerta principal del National Exhibition and Convention Center de Shanghái aquel miércoles 3 de junio, lo primero que pensé fue que había llegado tarde. No tarde a una cita: tarde a una conversación que el mundo lleva años teniendo y que en Colombia todavía empezamos a balbucear.
Tres días para recorrer trescientos sesenta mil metros cuadrados, visitar tres mil expositores y moverme entre quinientos mil visitantes circulando entre paneles que brillan, baterías del tamaño de un contenedor de carga e ingenieros que hablan mandarín, inglés, alemán y, de vez en cuando, un español tímido aprendido en Asia. Estuve allí como gerente de O3 Smart Cities, buscando alianzas estratégicas para nuestros proyectos en Colombia. Volví con maletas llenas de tarjetas, fotos imposibles de organizar, hasta bailé con la inteligencia artificial y una pregunta que no me deja dormir: ¿qué estamos esperando nosotros?
La feria más grande del mundo en energía solar y almacenamiento no es una feria, más bien es una declaración de poderío. Mientras Europa discute reglamentos y Estados Unidos sube aranceles, China decide cómo va a iluminar la mitad del planeta, y lo hace sin pedir permiso. Para dar una idea: el recinto equivale a cincuenta canchas de fútbol puestas una al lado de la otra, con stands que parecen showrooms de un futuro paralelo.
Fueron tres días caminando a más de veintiún mil pasos diarios según mi teléfono, casi todos entre paneles solares de eficiencias que hace siete años eran ciencia ficción. Algunas marcas habían montado stands de tres pisos con auditorio incorporado donde, mientras yo pasaba, una conferencia simultánea en inglés explicaba cómo la tecnología TOPCon ya cede terreno a la HJT y así sucesivamente. La velocidad del cambio me hacía pensar ¿qué tanto nos vamos a demorar en entender que esto habilita nuevas oportunidades para nuestra industria y país?
El segundo día llegué y me dediqué a buscar opciones de almacenamiento y respaldo para la industria en Colombia, para poder mitigar los riesgos de ausencias energéticas a bajos costos e incorporar tecnologías de punta que permita a las empresas prepararse para fenómenos climáticos como el anunciado a finales del 2026.
Hubo, claro, momentos incómodos. Una directora comercial de una marca me dejó pensando: “Para Colombia tenemos lista de espera de dieciocho meses”. La velocidad de fabricación china choca de frente con la velocidad burocrática colombiana, y ahí, en esa frase, está buena parte de nuestro problema. No es solo cuánto cuesta la tecnología, es cuánto demoramos en decidir comprarla. Mientras nosotros pedimos cinco cotizaciones y montamos una mesa técnica, alguien en Vietnam u otro país ya firmó el contrato.
El tercer día comprendí nuevas tecnologías que posiblemente veamos desarrolladas y comercializadas para nuestro país. Muchas empresas chinas todavía no conocen todas las variables regulatorias de nuestro país, pero cada vez que alguien va y presenta a Colombia como una oportunidad inmensa para la transición energética, abre puertas. Logré visitar fábricas para promover la energía eólica en Colombia. Creo firmemente que esta tecnología puede ayudarnos a aprovechar el viento y adicionalmente mejorar nuestra oportunidad de acceso a nuevas fuentes de energía en el sector privado.
Hace siete años no visitaba la feria más importante de energía solar en el mundo, y cada vez siento que necesitamos movernos más rápido, enfocarnos en la transición energética desde el sector privado y proteger nuestras organizaciones frente al riesgo energético.
De regreso, en el vuelo de veintidós horas y algo más, escribí en mi libreta una lista de temas que no se pueden seguir aplazando: la transición energética en nuestro país definitivamente va a un ritmo muy lento. Aunque hablamos que ya superamos un 5 por ciento de la matriz energética a partir del sol, según Low Carbon Power, frente a otros países tenemos un retraso significativo. En las empresas el riesgo energético no se tiene en cuenta, y nos demoramos meses y años tomando decisiones que en algunos casos ni siquiera requieren una inversión inicial.
El futuro de la energía habla mandarín y quiere conversar con Colombia. Lo que decidamos hacer con esa conversación no dependerá de Shanghái, sino que dependerá exclusivamente de nosotros.
Y ahora yo pregunto, si la energía es tan importante para tu empresa, ¿por qué sigue estando fuera de la conversación estratégica? Te invito a reflexionar si el tiempo que estás tardando en decidir sobre la transición energética en tu organización, es un costo en tu organización que aún no has medido.
Alexa Oviedo, CEO de O3 Smart Cities