Un año después de la llegada del coronavirus a América Latina, la mayoría de los países de la región dejaron lo peor atrás y han aprendido a combatir el virus. Ese no es el caso de Brasil.

Este país, que cuenta con una población de más de 212 millones de habitantes, se enfrenta en estos momentos a los números diarios más altos de muertes y contagios de coronavirus.

Según expertos, la difícil situación brasileña se da porque el presidente Jair Bolsonaro nunca tomó en serio el virus y rechaza el uso del tapabocas. Además, la difícil situación económica del país hizo que el suministro de vacunas de Brasil sea limitado.

Si lo anterior no es suficiente, en las últimas semanas Brasil fue el origen de una nueva cepa del coronavirus que es más contagiosa y mucho más mortal que el virus original.

Brasil está tan dividido por la pandemia del coronavirus, que hay diferencias marcadas en la implementación de políticas de bioseguridad en ciudades cercanas que tienden a ser más homogéneas.

São Paulo, el centro financiero del país y principal fuente de riqueza, es donde el virus tocó tierra por primera vez hace un año en Brasil, transportado sin saberlo por esquiadores y turistas que regresaban de España, Italia y Estados Unidos.

En São Paulo las medidas han ido variando, pues ha tenido cuarentenas estrictas y momentos de relajación. En los últimos días, la ciudad tuvo que declarar la fase roja para intentar mitigar el contagio de la covid-19.

En la ciudad de Araraquara, que se encuentra casi en el centro del estado, la situación es más extrema y se han implementado cierres totales y restricciones a la movilidad para impedir que el virus se siga esparciendo.

Por otra parte, a 80 millas de distancia, en Bauru, las medidas han sido casi nulas, a pesar de que la tasa de infección es de las más altas del país y que ya no hay espacio en las unidades de cuidados intensivos (UCI).

El alcalde de Bauru, Suellen Rosim, ha estado siguiendo el ejemplo del presidente Bolsonaro, incluso uniéndose a las protestas callejeras contra el gobernador del estado por ordenar cierres.

“Lo que estamos viviendo ahora es mucho peor que lo que teníamos antes”, dijo Denise Garrett, experta en enfermedades infecciosas y vicepresidenta del Instituto de Vacunas Sabin en Washington. “Veo una gran tormenta formándose en Brasil”.

Las tres ciudades ejemplifican la experiencia tremendamente diversa que ha sido el coronavirus en Brasil. Las restricciones han variado de una ciudad a otra y, a menudo, se alivian, solo para volver a imponerse semanas después, una mezcla de políticas que tienen poca o ninguna aplicación, lo que reduce su eficacia y prolonga la situación.

Los políticos que establecen las reglas han sido sorprendidos evadiendo sus propias órdenes y, a menudo, discuten públicamente sobre quién es el culpable de la crisis.

Problemas con la vacunación

A pesar de que la mayoría de países han visto una disminución en los contagios y han avanzado en sus procesos de vacunación contra el coronavirus, esta esperanza en Brasil parece nula.

El país tiene solo unas pocas dosis de la vacuna contra el coronavirus a la mano, no suficientes para cubrir ni siquiera a los grupos prioritarios.

Jonas Donizette, un exalcalde que encabeza una agrupación de 400 jefes municipales, culpa al gobierno federal por no adquirir vacunas. Las ciudades, dice, se están yendo solas para intentar comprarlas, algo que nunca antes había sucedido.

Esta semana, los gobernadores estatales criticaron al gobierno federal por difundir información falsa y “priorizar el conflicto, crear imágenes de bien contra mal y socavar la cooperación”. Los estados de São Paulo, Pernambuco y Rio Grande do Sul han endurecido las restricciones en los últimos días para tratar de detener el contagio.

Los secretarios de salud estatales emitieron un comunicado pidiendo al Gobierno que reconozca la gravedad de la pandemia, que está provocando el colapso de varios sistemas de salud públicos y privados.

Si bien algunos funcionarios en el Ministerio de Salud están abiertos a discutir medidas a nivel nacional con los gobernadores, la preocupación es que el propio Bolsonaro prohibirá cualquier iniciativa de este tipo.

“Vamos a seguir viendo una gran cantidad de infecciones y muertes durante al menos tres meses, porque no hay nada que lo detenga”, dijo Antonio Carlos Bandeira, director de la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de Brasil. “No son los encierros que se realizan en un lugar u otro lo que lo evitará. Habría tenido que haber coordinado esto hace mucho tiempo”.

Esta semana, mientras Brasil reportó muertes récord consecutivas por el virus, Bolsonaro dio la bienvenida a los aliados para un almuerzo en Brasilia. El grupo, en gran parte sin tapabocas, se deleitó con platos típicos, que incluían frijoles con salchicha y berza, además de un cerdo asado entero. Al día siguiente, el presidente se enfureció contra los gobernadores por crear pánico en la población.

“No te quedaste en casa, no te acobardaste”, dijo Bolsonaro a una multitud de simpatizantes el jueves. “Tenemos que enfrentar nuestros miedos. No más irritabilidad, no más lloriqueos. ¿La gente va a llorar para siempre?”.