SEMANA: Usted ha estado en numerosos cargos del Estado. Y su nuevo libro La democracia fatigada presenta un panorama pesimista del mundo que vivimos. ¿Por qué?
Humberto De La Calle: Yo creo que esa es una gran pregunta que contiene también la respuesta. Precisamente por haber conocido la ballena de Jonás por dentro, tengo cierta autoridad para mostrar algo que implica un deterioro de la noción de democracia y de la práctica democrática. El libro no se refiere solo a Colombia. Hay problemas más agudos en Colombia, pero en general en Occidente las dolencias de la democracia se han venido extendiendo en Europa, Estados Unidos, el señor Trump en fin. Y la gran pregunta es qué sigue ahora, cuando todo lo que hemos conocido como Estado de derecho se está deteriorando.
SEMANA: ¿Cómo es eso de que la democracia está fatigada?
H.D.C.: La democracia se fatiga por varios fenómenos. Lo que está ahora de moda ya no son los golpes militares, sino que se están utilizando los mismos resortes de la democracia y llegan gobiernos que terminan destruyéndola por dentro. Es como una microdestrucción de todo lo esencial a la noción de Estado de derecho: la separación de poderes, el respeto a la oposición, la libertad de prensa. Los ejemplos de esa destrucción son miles: Hugo Chávez, Nicolás Maduro, el mismo López Obrador en México, la oscilación entre Milei y Bolsonaro, y en Colombia este tránsito tan sorprendente de Petro a de la Espriella. Entonces hago un examen general de carácter mundial de esas dolencias de la democracia y las comparo con este tránsito de coyuntura, este cambio de gobierno que es el que estamos viendo en este momento.
SEMANA: Usted explica en su libro que hoy los gobernantes ya no se eligen por la esperanza, sino por lo que llamamos “un río de insatisfacciones”. ¿Qué es eso?
H.D.C.: Son varias cosas. La democracia nace más con una línea de comportamiento político. En Grecia, si uno se remonta allá, las discusiones eran más sobre cómo tomar decisiones, cómo controlar el poder, cómo cuidar las libertades. Con el paso del tiempo esto va cambiando: viene el mensaje de Carlos Marx, la llamada socialdemocracia, y empieza a ocurrir un fenómeno muy interesante: el éxito de la democracia ya no se mide en libertades, sino en éxito económico, en lo que pasa con la canasta familiar. La gente necesita salud, techo, etcétera, y la suerte de la democracia empieza a jugarse en el PIB del bolsillo de cada ciudadano.
¿Y por qué digo que esto es paradójico? Porque esas exigencias que están deteriorando la democracia, supuestamente por falta de eficacia en lo económico, realmente son contraevidentes. Yo tengo aquí la cita de un autor muy importante que se llama Martin Wolf, y él dice que de 1.820 a 2.008 la economía mundial creció 70 u 80 veces y, sin embargo, hay una gran insatisfacción hoy en los seres humanos. Lo interesante es: ¿de dónde proviene esa insatisfacción? El deseo del consumo, de las marcas, de querer siempre estar a la última moda. Nosotros hemos terminado siendo esclavos de nosotros mismos. Ahí empieza a fatigarse la democracia, a no dar respuestas, pero fíjese que en el fondo lo que ha pasado es que el paradigma democrático ha cambiado hacia una economía que, pese a ser boyante —claro, hay pobreza en el mundo, eso es indiscutible—, genera una angustia permanente, una insatisfacción del ser humano que es extraordinariamente peligrosa.
SEMANA: Usted ha acompañado a muchos gobernantes. ¿Hoy para qué cree que sirve el poder?
H.D.C.: Darío Echandía decía “el poder para qué” el 9 de abril, y yo creo que esa frase, que criticaron tanto, tiene cierto grado de verdad. El poder es efímero y no hay que engolosinarse. Los mayores y más profundos poderes han sido ilusorios. Es una pompa de jabón. Napoleón, Julio César, caudillos de tamaño bíblico. Los presidentes van siendo sucedidos por otros, el poder se diluye y realmente es una ficción. A mí hay algo que me interesa muchísimo: la otra cara del poder.
Yo sostengo que estas democracias que se basan en las comunicaciones son democracias performativas. Hoy ya no hay reflexión política, sino «¿cuál es mejor actor?», y eso es tremendamente efímero. Hoy es poderoso el que aparece en televisión, y le cuento como una anécdota: yo he estado al lado del poder, pero mi visión del poder ha sido más bien colectiva. Lo que hicimos en la Constituyente, lo que hicimos en la búsqueda de terminar el conflicto con las FARC . El caudillismo y el personalismo es lo que se ha tomado la política hoy en el mundo. Pero a mí hay algo que me interesa muchísimo: la otra cara del poder.
SEMANA: ¿Cuál es esa?
H.D.C.: Lo decían sobre todo las tragedias griegas, Shakespeare: ¿de qué manera el poder es una carga? La gente se ilusiona demasiado cuando accede al poder. Yo veo al que gana las elecciones: está feliz el día del triunfo. No se cambia por nadie, pero en 15 días lo que está es sufriendo sus desventuras: la carga moral y la necesidad de estar tomando decisiones en un mundo tan cambiante que hoy ya depende más de las redes sociales que de la reflexión. Esa es otra circunstancia que ha irrumpido y que ha cambiado también los moldes de la democracia.
SEMANA: ¿Usted se ha sentido poderoso?
H.D.C.: No, y es justamente como resultado de la respuesta anterior. Eso es ilusorio y es pasajero. Y el que crea por vanidad que ha cogido el sol con las manos, realmente de lo que no se da cuenta, como en la leyenda griega, es que tiene alas de cera que se derriten, y precisamente el propio sol que quiere abrazar es el que lo destruye. Yo he sentido que he tenido incidencia en momentos espectaculares de la vida contemporánea de Colombia y que he sido afortunado por eso. Yo por definición soy un pesimista porque creo que eso es lo que previene a uno, la vacuna contra la frustración.
SEMANA: Usted que ha visto tantos presidentes llegar con ilusiones y luego terminar sus gobiernos quizás con menos de ese sentimiento. ¿Cómo ve el país hoy?
H.D.C: En el busqué plantear algunas lecciones para la actual coyuntura de Colombia. El señor Petro, con unas ideas sobre igualdad social importantes, da el paso, cae en el delirio y termina en uno de los peores gobiernos de la historia. Y De la Espriella gana con un estrecho margen. El actual mandatario está trabajando en unos temas que le van a dar mucha popularidad, por ejemplo el tema de seguridad —la gente está tan fatigada que aplaude permanentemente lo que se hace—, pero todo eso es muy pasajero. Además, no solo gobernar es un problema, sino que gobernar en Colombia es un problema todavía mayor, porque aquí los acontecimientos cambian todo. Basta ver el terremoto: un gobierno que a las pocas horas de instalado encuentra que su agenda cambia sustancialmente por un fenómeno natural. Esperemos lo que viene. Lo que quiero decir, retomando su pregunta anterior, es que ningún entre comillas “poderoso” debe ilusionarse tanto. Hay que tomar cierta distancia y precaver el propio futuro de su gobierno.
SEMANA: ¿Qué se aprende y qué se descubre cuando se dejan esos cargos?
H.D.C.: Queda una visión con suficiente escepticismo. Algo de pesimismo. El tránsito, si se administra bien, que creo que es lo que yo he hecho, implica madurez. La verdad es que yo hoy estoy feliz, sin conseguir votos para nadie, ni para mí y con tiempo para mi verdadera vocación que es escribir.
Desde niño tuve una inclinación por la literatura. Y a ese mensaje inicial llegué por una cosa muy interesante. En mi barrio funcionaba esa patota de muchachos que jugaban todo el día fútbol y yo era malísimo, extraordinariamente torpe. Como no servía para eso, me dedicaba a leer, y ese fue un sello indeleble que mantuve. Es lo que me ha permitido escribir algunos libros de análisis como este que sale ahora, pero también libros de ficción. Me divierte mucho lo que estoy haciendo.
SEMANA: ¿Ha tenido tiempo para ver la serie del proceso 8.000?
H.D.C.: La vi. Hay muchas lecciones positivas en medio de lo que fue ese desastre institucional. Primero, los periodistas que fueron valientes. Segundo, personas que salen ahí como el general Naranjo y el exfiscal Alfonso Valdivieso. No quiero entrar en temas personales, pero en el documental queda claro cómo los grupos mafiosos habían cooptado muy buena parte del Estado. No solo financiaron campañas, sino que tenían influencia en los órganos de control, en el Congreso, etcétera. Es decir, Colombia es un milagro. Nos libramos realmente de la narco-democracia. Y me quedan dos lecciones: uno, establecer la profundidad del posible daño que por fortuna no trascendió y dos, estar en guardia de lo que puede seguir pasando en Colombia. ¿Qué es lo que no veo hoy? La política se convirtió en un espectáculo y en el escenario de los insultos, y en eso se ha erosionado realmente la reflexión política en Colombia.
SEMANA: Muchos colombianos jóvenes no conocen la historia del 8.000. Usted era el vicepresidente de Samper. ¿Cómo terminó renunciando?
H.D.C.: Fue una cosa muy desventurada. Competí con Samper en la elección interna del Partido Liberal. Él gana. Y en un deseo de unión, el partido establece esa fórmula: presidente y vicepresidente. Cuando yo tomo la decisión de ingresar no había ningún síntoma de lo que vino después. Y cuando aparece el 8.000 desde el punto de vista personal —y no solo político—, pues fue una verdadera tortura.
Yo por eso reivindico mi decisión de renunciar más allá de cualquier controversia actual: fue la manera de establecer la prevalencia de un principio fundamental y tener también un poco la valentía de separarme de un cargo de tan alta figuración en beneficio de recuperar mi propia libertad. Yo creo que se hizo lo que había que hacer, y era la única manera, el único lenguaje realmente fuerte y severo para tomar distancia de acontecimientos tan desafortunados como los que muestra el documental.
SEMANA: Le quiero hacer unas preguntas más personales. Usted acaba de cumplir 80 años. ¿Llegar a este octavo piso le ha generado alguna reflexión particular?
H.D.C.: Me siento con distancia frente a los acontecimientos. Entonces puedo decir cosas como que me entristece que la política se haya degradado así. La política siempre ha sido dura, como un partido de rugby. Pero el escenario del insulto de las redes me aterra. Son actores de teatro los que hoy se roban los focos de la democracia en todo el mundo.
Vea la entrevista de Humberto de la Calle con la editora general de SEMANA, Cristina Castro.
Llegar a los 80 años me permite tener una distancia enorme en el tiempo que me queda de vida. En lo personal me siento muy bien. A mí me da mucha risa porque en las redes, cuando lo insultan a uno —ya me insultan menos, por fortuna, pero tampoco es que me haga mucha mella—, el mayor argumento contra mí es que soy viejo. Me parece una cosa muy risible porque allá vamos a llegar todos. Es como si una tortuga insultara a la otra porque tiene caparazón. Allá llegaremos. «Allá te espero en el cementerio, joven querido que me insultas». Eso me parece que es una tontería. Lo que llamamos vejez da esa cierta capacidad de reflexión por encima de las pequeñeces.
SEMANA: Hablamos de su libro sobre la democracia. Este año usted participó en otro, que era de cuentos de abuelos para sus nietos. Hábleme de los suyos.
H.D.C.: Ese libro es una belleza. Fue un esfuerzo de convocar a decenas de abuelos para que escribieran cuentos que se compilaron en ese volumen. Me invitaron a escribir y me inspiré en el menor de mis nietos, que se llama Juancho, que es amante del fútbol y juega todo el día.
Me imaginé la frustración que sintió algún día porque perdió en los pequeños partidos que hacemos dentro de la familia. Él salió derrotado y lo vi tan triste que me inventé la figura de un gusanito, un ciempiés que termina mostrándole a mi nieto que los reveses en la vida hay que administrarlos y que nunca está todo perdido, que siempre hay algo al frente. Más adelante se define otro partido por penaltis y logra ganar el equipo de Juanchito. Es para mostrarle a un niño en su lenguaje que nunca se dé por vencido. Es una visión pesimista porque arranca con una derrota, pero la secuela de esa derrota es el optimismo: saber que nunca nada está del todo perdido en la vida.
SEMANA: Ya que me habló de los jóvenes, a ellos les toca un mundo mucho más incierto que el nuestro. ¿Qué les aconseja?
H.D.C.: Yo diría que para mí el consejo es: vuelvan al estoicismo. Lean a los griegos, lean a San Francisco de Asís, aprendamos a vivir de otra manera porque lo que está pasando es realmente una cosa totalmente loca. Cada quien consume más; como suelen decir los gringos, «el pasto del vecino siempre es más verde que el de uno». Estamos destruyendo nuestra vida en una cosa consumista, terminando como esclavos de nosotros mismos, esclavos de la necesidad del éxito.
Tenemos que volver a aprender a vivir en una cosa mucho más sosegada. Simultáneamente estamos viendo que, con el auge de la inteligencia artificial, de las redes sociales, cada vez estamos más presos del algoritmo, y hay que romper eso. Luego yo lo que recomiendo es regresar a una vida más personal, donde entendamos a los demás y al mundo. Yo quisiera aportar eso: sosiego para que como sociedad nos podamos abrazar en medio de la diferencia.