Con gran pesar la comunidad jurídica registra la prematura partida del académico Alberto Yepes Barreiro. Ante esta lamentable noticia, la Academia Colombiana de Jurisprudencia exalta —como expresión de admiración y tributo de reconocimiento— la memoria del connotado jurista, del brillante expositor, del destacado Consejero de Estado, del atildado doctrinante y del profesor inolvidable que nos honró con su amistad.
Alberto Yepes Barreiro era abogado y colegial del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, donde se especializó en el complejo y apasionante ramo del derecho procesal. Años después cursaría con éxito estudios de maestría en el Externado de Colombia. De ahí saldría un valioso trabajo de responsabilidad civil extracontractual del Estado, por error judicial de las altas Cortes, que luego fue publicado.
Tenía claro que la enseñanza es el más eficaz instrumento de transformación. Fue profesor, con lujo de competencia, dedicación ejemplar y fervoroso entusiasmo, de universidades como la Sergio Arboleda y la Pontificia Universidad Javeriana. Pero fue en el inmortal claustro de Fray Cristóbal de Torres —«hogar intelectual de los fundadores de la República»—y en la Universidad Nacional de Colombia donde lo hizo por más largo tiempo. Como formador de juventudes se preocupó por desarrollar el sentido crítico de los estudiantes —desde su visión práctica de nuestro oficio, y con esa particular creatividad del litigante, gracias a la experiencia acumulada, pero sin descuidar las bases conceptuales— promovió tanto en las aulas, como en el diálogo breve en los corredores, un debate constructivo, teniendo siempre en claro que los abogados son «arquitectos del orden social».
Lo conocí cuando él ejercía en ámbitos tan variados como son los propios de las Secciones Primera y Tercera del Consejo de Estado. Pero, también, por supuesto de la Sección Quinta. Tenía, pues, un conocimiento muy amplio de esa disciplina tan extensa como compleja y cambiante: el derecho administrativo. Actuaba con solvencia reconocida en asuntos electorales, de responsabilidad extracontractual y en el difícil ámbito de los contratos estatales. En este, antes y después de su destacado paso por la judicatura, sobresalió como un reconocido árbitro de controversias complejas. Era, pues, un abogado integral. Un jurista que no se quedó cómodamente en una sola parcela del derecho público, sino que era versado en muchas materias.
Son de sobra conocidos sus audaces planteamientos constitucionales, no exentos de polémica, pero soportados en juiciosos y sopesados razonamientos. Ejemplo de ello, son sus sesudas y controvertidas propuestas en materia electoral. La más recordada sin duda es, por demás, su discurso al recibirse como miembro correspondiente de esta institución, en el año 2013, titulado ¿La jurisdicción contenciosa electoral en vía de extinción?
Desde entonces, por cierto, a cada sesión presencial llevaba en su pecho con orgullo el escudo de esta Corporación, símbolo que reafirma nuestra identidad y revela nuestro sentido de pertenencia, consciente del altísimo honor —¡compromiso grande y obligante!— que supone merecer ser distinguido como uno de los continuadores de la grandeza de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, para conservar su tradición civilista centenaria de compromiso con la nación.
Fiel a sus convicciones, Alberto Yepes Barreiro explicaba con tino y paciencia del buen profesor las que a su juicio eran las diferencias profundas entre el acto electoral y el acto administrativo. También hay que destacar su persistente idea de construir un derecho electoral a partir del elector y no del elegido. Un ejemplo, como lo son tantos, de ese amplio campo de confluencia del derecho constitucional y el derecho administrativo. Ámbito electoral en que muchos expertos en la materia lo consideraron como una de sus figuras más destacadas y un referente indiscutible.
Pero también incursionó en las mal llamadas «acciones constitucionales». No hay duda, a mi juicio, de que su trabajo sobre la acción de cumplimiento es sin duda el más completo sobre este medio de control. Texto que cuenta, por cierto, con prólogo de la ilustre académica —y primera mujer presidente del Consejo de Estado— doctora Consuelo Sarria Olcos, a quien siempre admiró desde cuando fue secretario académico bajo su decanatura de la facultad de jurisprudencia de ese «crisol de grandes hombres», durante la rectoría del académico honorario doctor Álvaro Tafur Galvis.
Pero, ante todo, como lo han reconocido todos, fue un gran señor. Un hombre de familia entregado a los suyos, un entrañable amigo y un leal contradictor. Alguien que nos dio, con su ejemplo, lecciones de apego a su terruño, para entender cómo la variedad de regionalismos no es incompatible con la vinculación unitaria al suelo patrio.
A nombre de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, por encargo honrosísimo e inmerecido de su presidente —la doctora Lucy Cruz de Quiñones— y de la Comisión de la Mesa, presentamos nuestros sentimientos de pesar y solidaridad a su esposa, Sonia, a sus hijos Alberto y María del Rosario, a su mamá Ruth, a su hermana Ximena y a sus sobrinas Laura y Carolina. Los acompañamos de corazón en estos momentos de dolor inmenso y hacemos votos para que tengan la fortaleza necesaria para afrontar esta prueba tan grande y difícil de sobrellevar.
Nos queda su legado y una larga sucesión de recuerdos. Sus libros, las decisiones de las que fue ponente (y sus votos particulares), el recuerdo de su sonrisa amplia que transmitía un mensaje permanente de optimismo, de su generosidad desprendida, pero también de su franqueza y entereza de carácter y del ejemplo vital de su amor por la familia, a la que puso por encima de todo lo terrenal.
Nunca olvidó sus raíces. Desde su casa en Rivera, disfrutaba ese bello paisaje que imponente, enmarcado entre las cordilleras Oriental y Central, permitía avizorar majestuosos picos. No dudaba en exaltar todas las inagotables riquezas de esa tierra de promisión: su admirado folclor, que es orgullo nacional; su comida exquisita; la calidez y laboriosidad de sus gentes... Ese hondo arraigo al Huila quedará en sus hijos celosamente protegido por Sonia. Un pasado opita del que en todo momento fue orgulloso, como también lo fue mi suegro el doctor Rómulo González Trujillo: una invitación a reflexionar sobre el valor de lo que nos dejaron los mayores y que hemos recibido para conservar y mejorar.
La muerte del jurista riguroso, del comprometido profesor con auténtica vocación, del compañero de años, como recordó en memorable ocasión monseñor Castro Silva, lo ha puesto en presencia del hijo de Dios, Juez de los hombres. Nosotros, a su vez, recibimos una tremenda pero edificante lección sobre lo fugaz de la vida presente. Dirigidos por la fe, tenemos la certeza profunda de que la Iglesia conforta a sus hijos con la esperanza de la luz perpetua en este último viaje a la eternidad, «principio de la verdadera vida» en palabras magistrales de Monseñor Carrasquilla.
Como solía decir el líder político —ubicado en las antípodas ideológicas de Alberto, al popularizar entre nosotros un pasaje de Kempis—: «somos leves briznas de hierba en las manos de Dios».
*Texto por Guillermo Sánchez Luque, exmagistrado del Consejo de Estado y miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia