SEMANA: ¿Desde hace cuánto se dio cuenta de que algo no estaba bien?
Melisa Gaona: Cuando me llegó el primer periodo, los dolores aumentaron; siempre eran muy fuertes, el malestar era terrible. A menudo se ha pensado que es normal que las mujeres tengan dolor tipo cólico, pero la endometriosis va más allá. No es solo un dolor de calambre, es como una ocupación completa del cuerpo. Es algo muy invasivo. Es como una red de alambre con espinas que ha echado raíces dentro de mis órganos y cada vez que respiro el alambre se tensa, empuja diferentes órganos y hace que todo duela. Se siente como si un gancho tirara del útero; otro, de los intestinos; otro, de la espalda, como recordándome que mi cuerpo ya no es mío.
Tener endometriosis es como tener un alambre lleno de fuego; entonces, ya no es solo que me jale, sino que me quema. Es como si caminaras por vidrio molido o si te rompieran una botella, te la atravesaran y te la clavaran en la cadera, en la espalda, en las piernas. Yo vivo con dolor permanente. A veces se sienten púas, a veces tirones, a veces sientes que te están abriendo en carne viva, o que te están echando sal y limón en una herida. Uno intenta que la gente no se dé cuenta de que estás en una batalla campal en tu cuerpo, intentando negociar con él porque no quieres incomodar a nadie.
SEMANA: ¿Cuándo llegó el diagnóstico?
M.G.: Primero, partamos de que la endometriosis hace muy poco que es investigada por los médicos y más que todo en Colombia. A mí me diagnosticaron a los 24, hace casi dos años. Es muy difícil, porque estás con una serie de doctores que se supone que son las personas que se mataron estudiando para entender los síntomas del cuerpo humano. Y no son personas idóneas, porque no están capacitados para saber sobre esta enfermedad y no saben cómo manejarla. Tienden a tener un sesgo en decirte que estás loca, que es para llamar la atención. Ha habido médicos que me han dicho: “Usted tiene que aprender a vivir con el dolor”, “Deje de ser mentirosa”, “Usted quiere llamar la atención”, “Usted no tiene nada, hay pacientes peores”.
SEMANA: Además de la endometriosis, ¿también ha sido diagnosticada con más afecciones?
M.G.: Sí, yo tengo síndrome de sensibilización central del dolor, vejiga dolorosa, síndrome de vejiga hiperactiva, estreñimiento crónico, entre otras cosas. Es difícil porque, imagínese, una persona que tenga que trabajar ocho horas, estar parada, yendo al trabajo, atendiendo clientes, no lo va a poder hacer porque el dolor no se lo va a permitir.
Yo trabajaba haciendo prácticas en un banco muy reconocido en el país y podría estar muriéndome; aun así, iba a trabajar. Me acuerdo mucho de que uno de mis jefes me dijo: “No todos sirven para esto. A mí no me sirve una persona enferma”. A mí no me validaron mis prácticas, no me las certificaron por vivir en dolor permanente. Durante ese tiempo, una persona me preguntó mientras me veía llorar: “Si tú no tienes necesidad de hacer esto, ¿por qué lo sigues haciendo?”. Y yo le decía: “Porque estoy intentando tener una calidad de vida normal”. Yo me iba al baño y lloraba por el dolor, lloraba del malestar, y en el trabajo me hacían sentir que no estaba haciendo lo suficiente, cuando yo estaba haciendo no solo el cien por ciento, sino el mil por ciento.
SEMANA: Su testimonio ha resonado a nivel nacional porque usted pidió la eutanasia. ¿Qué ha sucedido con esa solicitud?
M. G.: Cuando yo pedí la eutanasia, era porque no quería seguir viviendo con este dolor, que me estaba matando a diario. La pedí el 31 de julio de 2025. La solicité ante el hospital, ante la junta médica. Ese proceso fue horrible. Yo estaba pidiendo lo que se necesita para tratar el dolor, el malestar, porque, de verdad, ya no estaba pudiendo conmigo misma. El dolor era algo indescriptible y no podía seguir aguantando respuestas como: “Tú tienes que aprender a vivir con el dolor”. Después de entregar la carta, hicieron una junta médica, pero me la negaron. Me dijeron que no alcanza el techo terapéutico. No alcanzar el techo terapéutico es que hay más cosas por hacer.
SEMANA: Después de que le negaron la eutanasia, ¿a qué otros tratamientos ha recurrido para mejorar su calidad de vida?
M.G.: Cuando salió todo eso, muchísimas personas me ayudaron. El doctor Jairo Olivera me regaló un tratamiento de células madre. Además, también hice ozonoterapia, hice una terapia donde te meten en una cámara hiperbárica, acupuntura, terapia de alimentación, clínica del dolor, fisioterapia, fisioterapia pélvica, meditación, reiki. Mejor dicho, lo que una persona se puede imaginar de tratamientos homeopáticos y no homeopáticos. Todo eso lo he hecho.
SEMANA: Recientemente, se conoció que usted fue sometida a una cirugía en la India. ¿De qué se trató ese procedimiento?
M.G.: Resulta que nosotros teníamos primero una cirugía en México, pero no alcanzaban los fondos. En total daba 75.000 dólares fuera de alojamiento, de posoperatorio, de terapias y todo lo que se necesitaba para manejo del dolor. Los fondos no alcanzaban ni todo lo que se había recogido aquí, ni vendiendo el carro, ni absolutamente nada de lo demás. Realmente, era mucho dinero lo que se necesitaba.
Así que Mateo, mi novio, se puso a averiguar y de tantas investigaciones nos dimos cuenta de que había un doctor, considerado el tercer mejor médico a nivel mundial, que ha tratado más de 25.000 casos relacionados con endometriosis. Tenía demasiadas reseñas buenas, era una cosa brutal. Viajamos y allá hicieron una cirugía de escisión. Cuando hablamos de cirugía de escisión, decimos que no quitan órganos, sino que quitan solo la endometriosis.
SEMANA: ¿Cuándo se realizó el procedimiento? ¿Cómo se ha sentido desde entonces?
M.G.: La cirugía fue el 18 de diciembre de 2025. Ya llevo casi tres meses. Realmente, es una cirugía muy dura. Yo me levanté con mucho dolor y era algo terrible. Duró cuatro o cinco horas.
SEMANA: ¿Qué le dijo el médico cuando finalizó la cirugía?
M.G.: Me dijo que había retirado el ciento por ciento de la endometriosis. Sabemos que la endometriosis es una enfermedad sistémica recurrente. Así te quiten el útero, los ovarios, las trompas, todo, eso no te garantiza no volver a tener la enfermedad, porque las neoplasias pueden volver a salir. Lo que hizo el doctor fue retirar el 100 por ciento del tejido. Claramente, a como yo estaba antes, sí he visto una mejora muy grande. Esto no significa que me haya dejado de doler.
SEMANA: ¿Algún mensaje final?
M.G.: Sí. Las personas que minimizan la endometriosis deben saber que no están cuestionando un síntoma, están invalidando una existencia entera. La endometriosis no es solo un capricho, es una enfermedad de mi propio cuerpo atacando mis órganos. Lo que pido es que respeten lo que estoy viviendo, porque mi dolor es real y, aunque tus ojos no puedan ver cicatrices, no significa que no existan; yo tengo muchas heridas internas. Es necesario entender el impacto social de esta enfermedad. Las amistades se desgastan, la gente se va porque siempre estás enferma. Se crea una soledad profunda en la que el único camino diario de la vida es el dolor.
La vida se vuelve algo tan reactivo que no puedes planear nada porque no sabes si en ese momento vas a estar bien, si vas a ser una persona funcional o si vas a tener que estar metida en la cama porque no eres capaz de salir a la vida. Sientes una neblina mental porque el dolor no solo te drena, sino que drena tu serotonina. Te sientes triste, sientes un agotamiento neurológico con el que no puedes pensar, no sabes lo que estás haciendo, cada tarea que tú vayas a hacer se te olvida. El tema de la intimidad y de las relaciones sexuales no lo puedes hacer, no porque no quieras, sino porque el dolor no te lo permite. Y no solo sufres tú, sino también tu pareja.