El 28 de abril de 2021 empezó una lucha social que inició con protestas y manifestaciones a nivel nacional, en la que se rechazaba la desigualdad social y la falta de oportunidades. Sin embargo, todo se convirtió en caos, disturbios, enfrentamientos entre las mismas comunidades, destrucción de infraestructura en las principales ciudades del país, algunos saqueos a supermercados, homicidios de civiles y de policías, secuestros de uniformados.
Todo se prolongó varios días y el 28 de cada mes se repetía la escena.
Miguel Monzón tiene 26 años, es patrullero de la Policía y desde hace siete años forma parte de los Escuadrones Móviles Antidisturbios de la Policía Nacional (Esmad). Estaba en el Putumayo apoyando la erradicación de cultivos ilícitos cuando se enteró de que en Cali, Valle del Cauca, estaban destruyendo la ciudad, así que recibió la orden de trasladarse para allá y luego para Bogotá.
Mientras cumplía su deber veía morir a otros policías o cómo decenas salían heridos en medio de los disturbios. Los primeros seis meses Monzo salió invicto de las agresiones. Eso fue hasta el 28 de noviembre, cuando mientras realizaba un procedimiento de captura en medio de la turba sintió una especie de calambre en su espalda, luego como si corriera agua por ella.
Inicialmente pensaba que era el chorro de agua que había lanzado su compañero desde la tanqueta del Esmad, pero su debilitamiento rápidamente le dio a entender que en realidad se estaba desangrando; en cuestión de segundos, Monzo, de un metro y 98 centímetros de estatura, se desmayó. Los uniformados, con esfuerzo, lo sacaron de la zona, el Portal de las Américas en el sur de Bogotá.
“Ver a un compañero herido y ver que la gente mientras tanto le grita con odio es lo más difícil de ser policía”, dice la subintendente Jennifer Mosquera, una de las mujeres más antiguas en el Esmad: lleva 12 años en la fuerza. Asegura que, aunque muchos no entienden que la labor que ellos realizan es para apoyar a la ciudadanía del común y los intereses generales, hay muchos que agradecen su intervención.
Cuando Monzón volvió a abrir sus ojos estaba en la cama de un hospital, le dijeron que con un cuchillo le propinaron una puñalada a la altura del tórax, perforándole el pulmón. Las heridas, aunque dejan huellas, tienden a sanar o cicatrizar, pero el dolor que genera ver un país polarizado no es explicable, aseguran ambos uniformados.
“No somos agresivos, lo que pasa es que cuando se vulneran los derechos de las demás personas debemos actuar con contundencia, porque hay muchos derechos que hay que restablecer, como a la movilidad”, dice la subintendente, quien a su vez asegura que ellos garantizan la protesta pacífica, cuidando que se alteren estas jornadas por vías de hecho.
Tras varios meses de recuperación, el patrullero Monzo se vinculó de nuevo al Esmad y este 28 de abril volvió a ponerse su armadura negra. “Mi vocación es servir a la comunidad y no permitir que le violen sus derechos”, asegura, y sentencia que a pesar de que su familia se queda orando por él, preocupada por los riegos a los que enfrenta, él está dispuesto a dar su vida por la seguridad del resto de colombianos.