Hay dos visiones sobre la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Un sector del país la ve como un bálsamo, una posibilidad de encontrarse con lo básico frente al respeto de los derechos y las garantías de la protesta. Otros la ven como una parranda de mamertos, sesgados siempre ante los Estados miembros. Aseguran que, con sus antecedentes, Colombia entra de una vez perdiendo.

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Ambas visiones tienen razón en cosas y se equivocan en otras. Lo primero que hay que decir es que varios organismos, como la Defensoría del Pueblo, y algunos estamentos del Gobierno nacional le han pedido a la CIDH emitir un pronunciamiento rechazando los bloqueos. Sin embargo, esa petición no ha sido recibida.

La administración, en el entretanto, cometió un gran error cuando negó la visita de la CIDH, como si tuviera algo que ocultar. Con eso le envió un mensaje muy malo a la comunidad internacional.

La visita, por su parte, sí puede ser un bálsamo, pues no viene a juzgar, sino a observar lo que sucede. El Gobierno le pide a la Comisión, eso sí, que presente un contexto. Y lo cierto es que, sin contexto, su visita no tendrá ninguna relevancia después.