El nombre de Óscar Rosas puede ser muy desconocido para algunos, pero otros lo identifican como el chef del Bronx. Él fue una de las personas que vivió de lleno en este sector del centro de Bogotá, donde se cometieron crímenes que hasta el día de hoy son difíciles de creer.

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En diálogo con el pódcast Conducta Delictiva, Rosas contó algunas de las cosas que vivió en esa época, como, por ejemplo, cuando le tocó cocinar carne humana. Además, reveló cuánto podría llegar a costar un plato de comida allí.

Desde el primer día que llegó, los ‘duros’, como se les decía a los líderes de la zona, se enteraron de que había sido chef antes de sumergirse en el mundo de la droga, por lo que lo utilizaron para preparar diferentes platos.

“Me contrataban para que yo fuera a las casas. (…) Fue una cosa impresionante, había vainas que usted no se explica, como mármol italiano y todo; la calidad de los materiales era otra vaina”, relató.

A cambio de la comida que hacía, Rosas recibía droga, más específicamente algo que se conocía como ‘la bomba’, que eran 100 papeletas.

En una oportunidad, unos sujetos lo buscaron y le llevaron una piel humana, la cual le obligaron a cocinar a punta de amenazas. “Me dijeron: ‘O usted lo cocina o nos lo comemos a usted’”, recordó.

Sin más opción, según contó, se drogó un poco más y comenzó a cocinar la piel. “El primer plato fue una parrillada y cuando lo terminé, me dice: ‘Ahora pruébela’”, contó.

Ante esto, uno de los sayayines le mordió la oreja y lo amenazó con matarlo si llegaba a vomitar. Finalmente, le tocó consumir el plato que había cocinado con la piel humana.

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De acuerdo con el relato de Rosas, en esta zona de la capital del país incluso tenían un restaurante donde iban a comer extranjeros y, según dijo, hacían un revuelto de diferente carne humana, que mezclaban con arroz y, sin que las personas lo supieran, se lo servían.

“Y lo que quedaba, como los huesos, los pulmones, las vísceras, se quemaban. (…) A mí me tocaba hacer un ritual porque yo era el cocinero del diablo, según ellos”, comentó.

Así se veía el Bronx antes de ser desmantelado por las autoridades. Foto: Foto: Semana

El restaurante estaba abierto los martes y los jueves; asistían principalmente japoneses y tailandeses. Rosas explicó que un plato podría llegar a valer hasta un millón de pesos.

“Todos los platos eran solo carne, no llevaban papas, ni habichuela, ni nada. Pero es que el objetivo no era el emplatado; el objetivo de la carne era el espíritu que usted pone a que lo proteja a usted. No había respeto a la muerte, ni respeto al desecho humano que quedaba”, manifestó.

Detrás de todo había, según él, hechicería, brujería y espiritismo con el objetivo de invocar al demonio. Además, relató que los sobrantes de la carne se los daban a los habitantes de la calle, sin que supieran de dónde venía ese alimento.