Es encantador, tierno y, al tocarlo, se siente suave y acogedor. Pareciera que nos entiende y nos quiere acompañar en medio de la incertidumbre y la soledad. Les estoy hablando del Moflin, un peluche de IA japonés que se suma a una nueva tendencia: la de los acompañantes de IA. Pero el Moflin es el que menos me preocupa. Bienvenidos a la era del nuevo Tamagotchi, dominada por unos personajes curiosos llamados Muse, Dots, Duet, Sparks, entre otros.
A mediados de los 90, cuando estaba terminando mi primaria entre Estados Unidos y Colombia, la manía del Tamagotchi japonés de Bandai se tomó los colegios. Su nombre es un juego de palabras entre huevo y reloj. Tener una mascota digital en el bolsillo parecía ser una señal de responsabilidad, de cuidado y, sobre todo, de pertenencia a un grupo. ¿No tienes Tamagotchi? Nada mejor que tener uno y no sentirse excluido, porque así funciona la psicología de la prueba social. Se dice que uno se volvía casi adicto, pero al menos no era tan intrusivo como aquello a lo que nos enfrentamos hoy.
Hace unas semanas, Meta lanzó su acompañante digital Muse, tan tierno como el Moflin, pero mucho más sofisticado que el simplón Tamagotchi noventero de Bandai. En muy poco tiempo, se volvió un hit. Y en mi opinión, abrió la puerta a una nueva dimensión que conlleva un peligro importante para nosotros como seres humanos. Y no me refiero a la privacidad. Esa batalla ya empezó hace mucho y creo que difícilmente se ganará. El problema está atado a cómo estamos cultivando ciudadanos ignorantes, inertes y aparentemente felices, casi como en el Brave New World de Aldous Huxley, en donde basta tomarse unas pastillas para estar bien. Para mí, estos nuevos bichos son una señal de una distopía digital vestida de ternura.
La utilidad ‘práctica’ de Muse es clara y tentadora. Uno le da acceso a su mundo digital y, como un asistente fiel (¿a uno o a sus creadores?), hace pedidos, negocia, toma decisiones sencillas, pide el mercado, revisa el spam del correo, etc. Todo se basa en una máquina Linux dedicada que uno tiene en la nube de Meta o del competidor (OpenAI, Anthropic y Google también tienen el suyo: Dots, Duet y Sparks, respectivamente).
En un pódcast de NPR en EE. UU. contaron el ejemplo de una persona que rompió una vajilla de su suegra y activó a Muse para que resolviera el problema. Encontró una vajilla parecida en internet, la pidió, llegó, el problema se arregló y el matrimonio se salvó.
Pero en el mismo pódcast también contaron un ejemplo del lado oscuro de la realidad, una cosa que da nervios. A un youtuber llamado Matt Robb le dio por hacer una prueba con Muse y Facebook Marketplace: puso un teléfono y un teclado a la venta con un precio mínimo de venta. ¿Y qué hizo su nuevo asistente digital? Sin consultarle, aceptó una oferta por debajo del precio mínimo y envió un comprador a una hora en la que Matt no estaba disponible. El pobre comprador no quedó muy contento. Nadie le abrió la puerta. El problema no es tanto la privacidad (aunque hay suficientes historias de hackeos en el contexto de la IA, más allá de los acompañantes), sino el control que uno tiene sobre estos aparatos.
Hay una dimensión que difícilmente se retrata aquí, que parte de la psicología de la empatía y puede ilustrar el riesgo que implican estos nuevos tamagotchis. La empatía tiene dos formas en psicología: la cognitiva (veo el mundo a través de los ojos de otros) y la afectiva (siento el mundo con otras personas sin perder mi identidad). Siempre hay una frontera entre nosotros y la persona por la cual sentimos empatía, pero esa persona tiene una vulnerabilidad en el momento en que más necesita de nosotros. La distancia desaparece cuando sentimos compasión, así seamos dos personas distintas, haciendo aún más relevante el hecho de que haya vulnerabilidad. Pero en nuestro nuevo contexto, no estamos hablando de dos personas, sino de una persona probablemente vulnerable frente a una máquina hecha por empresas con intereses claros.
Actualmente, estamos haciendo un estudio en personas jóvenes sobre el impacto de la IA en su día a día. Una de las conclusiones, que también hemos visto en otros trabajos, es el reemplazo de los vínculos afectivos humanos a través de los bots, que ahora no tomarán la forma de una pantalla, sino de un dulce peluche. Y aquí vale la pena recordar lo que significa que estos bots son sicofantes: están diseñados para estar de acuerdo con uno, para maximizar el contacto, para hacer que queramos estar ahí, sin desconectarnos. Para cualquier psicólogo cognitivo, el efecto es claro: hay un riesgo multidimensional en nuestras capacidades, pero también en la desconexión con otros humanos. Estas conexiones son extremadamente importantes para la salud mental, cosa que no se resuelve con un peluche sicofante. En estudios como el de Olsen y colegas (2026) se ha documentado el peligro del uso de la IA en la salud mental, por ejemplo, por el riesgo del aumento de ideas delirantes.
En esta columna tomaré una conclusión prestada de este artículo de Emerald Book (superrecomendado para profundizar): “La mejor forma de protegerse de Muse [y compañía] es simple: no lo uses. No hay nada que pueda hacer que ya no sepas hacer tú mismo, gratis, en menos de un minuto, con herramientas determinísticas, auditables y seguras”.