Uno de los libros cuya lectura más me ha sobrecogido es la biografía de Joseph Fouché, de Stefan Zweig. Zweig no tiene biografía ni texto malo. Es uno de los autores de cabecera del siglo XX. Pero su biografía del político francés es una radiografía histórica del político oportunista a ultranza. Del individuo sin escrúpulos cuyo único propósito es salir bien librado de todas las situaciones, aunque tenga que vender sus principios al mejor postor. Aquel cuyo cinismo es capaz de vencer todos los obstáculos de la honradez para salirse con la suya.

De ahí que Joseph Fouché hubiera transitado por toda la Revolución Francesa, el Directorio, el Consulado y la Restauración, saltando de cargo en cargo, siempre a la vera del poderoso del momento. De girondino a jacobino, de votar a favor de la ejecución de Luis XVI a duque de Otranto, de bonapartista a conspirador, siempre previendo con mucho acierto hacia dónde iban las aguas para anticiparse. Murió en el exilio —obviamente sin ningún prestigio—, pero como un hombre millonario. Murió de muerte natural y no guillotinado, lo cual para aquel tiempo parece una proeza.

En todos los políticos exitosos hay algo de Joseph Fouché. La política es, ante todo, el arte de transar. Con terca obstinación no se llega ni a presidente de la junta del edificio, mucho menos a los altos cargos del Estado. Sin embargo, hay una buena porción de políticos que, con la vergüenza por delante, son capaces de anteponer sus principios más valiosos a los coqueteos del poder. Luego están las Claudia López, los Roy Barreras, los Armando Benedetti, los Eduardo Montealegre y tantos otros a los que no les importa nada con tal de satisfacer su ambición. Primero yo, segundo yo, tercero yo.

Pero en toda esa maraña de nombres debo referirme al arquetipo moderno de Fouché. Por su habilidad a ultranza, por su cinismo inagotable, por ser un luchador de tiempo completo, por tener como único principio la ausencia de estos, ese premio se lo lleva el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.

Soy un fiel seguidor de la política española. No voy a decir que la conozco al dedillo, pero sí que tengo una muy buena idea del acontecer electoral de ese país. De ahí que no me ponga a improvisar describiendo a Sánchez, pues el escritor Arturo Pérez-Reverte lo hizo de la mejor manera posible. En un programa de televisión dijo que el jefe de Gobierno español era un político capaz de vender a su madre si eso le reportaba un beneficio. Pero que, a la hora de la entrega, terminaba entregando a la madre de uno y haciéndonos pensar que era la de él. Un genio.

Ciertamente lo es. No llegó al poder a partir de una elección, sino de una moción de censura —la única que ha prosperado en la España democrática de la Constitución de 1978— contra Mariano Rajoy. No tuvo empacho en pactar con la ultraizquierda ni con los separatistas vascos y catalanes para lograr la investidura. A partir de ahí, su partido ha participado en tres elecciones en las que, aun cuando no siempre gana, Sánchez se las arregla para continuar en el poder. Pacta lo que sea, como sea y con quien sea para aferrarse a la jefatura de Gobierno. No afloja ante nadie.

En ese tránsito, Sánchez ha visto caer a casi todos los políticos a su alrededor. Primero fueron los derechistas Mariano Rajoy y Pablo Casado. Luego el fundador del partido de centro Ciudadanos, Albert Rivera, que terminó retirándose de la política. Pero, por si fuera poco, también desaparecieron de la primera línea los radicales de izquierda Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. El primero, que incluso llegó a ser vicepresidente, terminó haciendo programas de televisión. El segundo está en líos con la justicia.

Sánchez no afloja ni siquiera ante las acciones judiciales. A estas alturas de su mandato, buena parte de su séquito ha tenido problemas penales por conductas asociadas a la corrupción. Su exministro de Transportes, José Luis Ábalos, recibió una pena de 24 años por comisionarse en contratos durante la pandemia; su fiscal general, Álvaro García Ortiz, fue condenado por filtrar datos reservados de la causa fiscal de la pareja de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, y su hermano —sí, su hermano David Sánchez— fue condenado a nueve años de inhabilitación por prevaricación administrativa. Con serios problemas judiciales están su esposa, Begoña Gómez, y el exsecretario de Organización del Partido Socialista, Santos Cerdán. La latinoamericanización de la política española.

No contento con esto, su mentor político, José Luis Rodríguez Zapatero, está siendo seriamente investigado por el supuesto cobro de una comisión en el rescate de una aerolínea de capital venezolano. El maestro y el alumno, cada uno en lo suyo.

Con todo este desastre de corrupción, sumado a los serios problemas migratorios de España, todo parecía indicar que era cuestión de esperar a las próximas elecciones para que Pedro Sánchez abandonara la Moncloa. Error. En otra de sus jugadas de estratega político inveterado, el lunes disolvió las Cortes y convocó elecciones anticipadas para el 29 de noviembre. Lo hizo aprovechando la coyuntura que se armó alrededor del caso de Maricarmen, una mujer de 87 años desalojada de un piso en alquiler tras 70 años de contrato, lo que ha generado una ola de indignación en España.

El genio Sánchez, montado en la cresta de esa ola, aspira a no perder. A aferrarse al poder con uñas y dientes.

Si me hubieran preguntado hace una semana, no daba un peso ni por el Partido Socialista Obrero Español ni por Pedro Sánchez. Hoy tengo dudas. De lo que no tengo dudas es de que el habilidoso Sánchez terminará como duque de Ceuta, marqués de Barcelona o emperador de alguna isla del Caribe. El día que caiga, caerá parado.