En Estados Unidos existe una práctica muy extendida cuando un empleado termina su ciclo en una empresa: la entrevista de salida. Es una conversación franca en la que la organización busca entender, ya sin las presiones del día a día, cómo vivió esa persona su experiencia laboral. Allí no solo importa la percepción del empleado, sino también la forma en que interactuó con su equipo, sus superiores y la estructura de la compañía. Es un ejercicio extraordinariamente valioso porque, sin temores ni intereses de por medio, suelen aparecer las verdades más útiles: relaciones personales que bloquearon proyectos, cuellos de botella, problemas de liderazgo, fallas de comunicación y errores que nunca afloraron mientras existía una relación de dependencia. Muchas empresas consideran que esa conversación vale más que cualquier evaluación de desempeño.
Colombia tiene hoy una oportunidad similar. Con el final del gobierno de Gustavo Petro llega el momento de hacer, como sociedad, una gran entrevista de salida. Más allá de los debates cotidianos, de las pasiones políticas y de los titulares, deberíamos hacernos una pregunta fundamental: ¿qué aprendimos de estos cuatro años? Y, sobre todo, ¿qué debemos hacer para no repetirlos? ¿Qué errores cometimos como ciudadanos? ¿Qué condiciones permitieron la llegada al poder de un proyecto que muchos consideran el más caótico y corrupto de la historia reciente de la república? Responder esas preguntas con honestidad es mucho más importante que repartir culpas, porque de ese diagnóstico dependerá el futuro del país.
Sería un error pensar que Gustavo Petro, Iván Cepeda o la izquierda radical desaparecieron por haber dejado el poder. No están derrotados; simplemente están fuera del Gobierno. Y si Colombia no entiende las razones profundas que hicieron posible su llegada, si no identifica los errores políticos, institucionales y sociales que lo permitieron, estaremos condenados a repetir la historia. Peor aún, les daremos tiempo para reorganizarse, aprender de sus errores y regresar con mayor fortaleza.
Por eso, el nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella tiene una enorme responsabilidad. No basta con corregir el rumbo económico o fortalecer la seguridad. También deberá demostrar que es posible gobernar sin corrupción, sin soberbia, sin divisiones innecesarias y con resultados que devuelvan la confianza en las instituciones. Pero esa tarea no le corresponde únicamente al Gobierno. También involucra a los partidos políticos –incluido el Centro Democrático–, a la sociedad civil, a la academia, al sector privado y, por supuesto, a los medios de comunicación. Todos tenemos una responsabilidad en la construcción de una democracia más sólida.
Ya vivimos una experiencia que dejó profundas lecciones. La decisión ahora es nuestra: convertir esos cuatro años en un aprendizaje que fortalezca la democracia o permitir que sean apenas un paréntesis antes de repetir la misma historia.
Por eso los dejo con una sola pregunta: ¿qué aprendimos realmente de estos cuatro años? Y la respuesta es de cada uno de nosotros.