No había terminado de poner un pie en el Reino Unido y Martha Blanco de Lemos tuvo que instruirse para un encuentro con la reina Isabel II, en su condición de esposa de Carlos Lemos Simmonds, en ese entonces embajador de Colombia.

La entrega de credenciales fue el primer encuentro. La escena, según Blanco, no podía pasar desapercibida. En la casa de Colombia en Londres, en Chéster Square, la esposa del diplomático se paraba frente al espejo y ensayaba la venia hacia su majestad. Lemos, quien trabajaba para el gobierno de Ernesto Samper, le seguía los pasos, mientras el conductor de la embajada hacía las veces de Isabel II.

“La venia, tres pasos, la venia, tres pasos”, recuerda que era el estricto protocolo real. El vocero de la Casa Real le entregó un libro de instrucciones y normas estrictas de comportamiento. Las posturas, los temas y las manos tenían su espacio en el texto. Pararse al frente de la reina requería un esfuerzo.

En noviembre de 1995, tras el regreso de vacaciones de la monarca, ocurrió el evento. Lemos llegó en la carroza, pero por protocolo no podía ir junto a su esposa. Martha Blanco, quien lucía de negro, con guantes, cartera y sombrero, arribó en carro e ingresó por otra puerta.

El embajador presentó credenciales y la reina Isabel II le preguntó por la esposa. De repente, se abrió un acceso y entró ella.

La esposa del entonces diplomático, quien se había preparado leyendo textos sobre caballería, flores, perros y la cultura británica, para estar a la altura, quedó sorprendida ante la única pregunta: “¿Cómo está el Tino Asprilla? ¿Está contento en Inglaterra?”.

Blanco quedó perpleja con una pregunta sobre el entonces jugador del Newcastle, un tema del que ella era ajena. Le hizo una cara de susto y la reina sonrió tiernamente. Lemos, quien estaba a su lado, salvó la respuesta. Todos sonrieron. “Entré rajada”, recuerda hoy Marta.

Los encuentros entre ella y la reina Isabel II fueron varios, quizás cinco. En la primera fiesta de jardín organizada por la Corona, a la que asistió el cuerpo diplomático, la esposa de Lemos recuerda observar a la reina sola, en una esquina, comiéndose un scon, un pan típico del Reino Unido acompañado de un té. La mujer, casi escondida, sacó el labial de su cartera y maquilló sus labios mirándose fijamente a su espejo de mano. “Nos miramos y ella sonrió, la cosa más divina. Fue una mirada cómplice”, expresa.

“Isabel impresionaba como si midiera 1.95 o 2 metros por su importancia. Ella nació para ser reina”, detalla, mientras recuerda la Institutriz real, el libro de Wendy Holden donde se revelan detalles inéditos de la crianza de Isabel II. Mientras Margarita, su hermana, era caprichosa, insoportable y grosera, la reina era lo contrario. Ordenaba los zapatos de colores para calmar su estrés o la ansiedad, según algunos apartes de la biografía.

Felipe de Edimburgo, su esposo, quien falleció en abril de 2021, era más imprudente. Al menos, en las fiestas o eventos especiales, ocasionalmente, burlaba el protocolo real.

En Ascot, donde la reina acudía a observar las corridas de caballos, uno de sus hobbies favoritos, Isabel era otra. Se quitaba la corona, se emocionaba, gritaba, se paraba y se sentaba constantemente. “Su plan era más relajado”, recordó la colombiana.

A la familia Lemos Blanco le tocó uno de los momentos más difíciles del reinado de Isabel: la muerte de la princesa Diana de Gales, el 31 de agosto de 1997, en un accidente automovilístico en París.

A Martha Blanco le pareció un gesto de cortesía llamar a la Casa Real. Ofreció todas las flores para el entierro ante su admiración por la princesa de Gales.

Cuando la mujer le contó a Carlos Lemos, él casi se desmaya. Al menos, soltó los cubiertos de su almuerzo, y le dijo que por qué lo había metido en semejante lío.

Significaba comprar toda la producción de flores de Colombia para llenar la iglesia donde se ofició la eucaristía. Para suerte de la familia, desde la Casa Real llamaron horas después, agradecieron el gesto, pero anunciaron que ellos se encargarían de todo. “Salvé mi matrimonio”, resume ella.

Carlos Lemos estuvo de embajador hasta 1998 y, en la despedida, Isabel recibió a los colombianos con sus perros. “Se tuvo una charla muy amena, ella hacía sentir a sus invitados como en casa, vivía muy enterada de la realidad del mundo y desde luego Colombia”, recuerda Blanco, quien llevaba en su pecho un broche grande precolombiano que acaparó la atención de su majestad.

Hoy, ante la muerte, a Blanco le quedan múltiples recuerdos de sus tres años en Inglaterra y las veces que acompañó a su esposo en los eventos diplomáticos junto a Isabel II. Además, de las imágenes y muñecos que adornan su árbol de Navidad en honor a la soberana que dejó de existir este jueves a sus 96 años.