La conversación sobre salud mental ha ganado terreno durante los últimos años. Sin embargo, para Carmen Pabón, psicóloga y psicoterapeuta especialista en trauma complejo, fundadora de Sanando Conexiones y autora del libro No hay nada roto en ti, todavía existe una deuda importante: enseñarles a las personas qué hacer con aquello que sienten.
Esa necesidad es el punto de partida de No hay nada roto en ti, su más reciente libro, una obra que invita a explorar el trauma complejo, las heridas emocionales de la infancia y los mecanismos que muchas personas desarrollan para sobrevivir, aunque no necesariamente para vivir plenamente.
Pabón, especialista en trauma complejo, ha dedicado buena parte de su trabajo a comprender cómo las experiencias tempranas dejan huellas profundas en la identidad, las relaciones y la manera en que las personas se vinculan con el mundo. En un contexto como el de 2026, donde las conversaciones sobre bienestar emocional son cada vez más frecuentes, la autora propone ir un paso más allá del discurso que invita a sentir y comenzar a entender cómo procesar esas emociones.
“El trauma complejo es básicamente una ruptura del ser. Esa ruptura crea una fragmentación interna donde quedamos muy perdidos, donde no sabemos quiénes somos, qué es seguro, qué no es seguro, qué es real o qué no es real. Vivimos una vida disociada a partir de ese evento”, explicó Pabón a SEMANA.
La primera grieta: lo que recibimos y lo que faltó
Uno de los conceptos centrales del libro es el de ‘la primera grieta’, una idea que remite a las experiencias tempranas que moldean la percepción que una persona tiene de sí misma y del mundo.
Para la especialista, esa grieta no surge únicamente de grandes acontecimientos traumáticos. También puede construirse a partir de necesidades emocionales que no fueron satisfechas durante la infancia.
Desde los primeros momentos de vida, los niños dependen de sus cuidadores para encontrar seguridad, contención y afecto. A través de esas experiencias construyen una narrativa interna sobre quiénes son y qué pueden esperar de los demás.
“La primera grieta es todo lo que recibimos, pero también todo lo que no recibimos”, señala la autora. En esa definición caben tanto los abrazos, las caricias y la presencia emocional de los padres, como las ausencias, los silencios o la sensación de inseguridad dentro de espacios que deberían ser protectores.
Sin embargo, Pabón insiste en que hablar de estas heridas no implica convertir a los padres en villanos. Por el contrario, propone comprender las limitaciones con las que muchas generaciones han criado a sus hijos.
“Muchos padres quieren hacerlo mejor, pero no pueden hacerlo mejor, aunque quieran. No se trata de buscar padres perfectos, sino padres presentes. Es importante que los niños vean equivocarse a sus padres y que también vean cómo reparan esos errores”, afirmó.
La especialista considera que una de las mayores transformaciones culturales consiste en reconocer que la crianza no exige perfección, sino responsabilidad emocional. La capacidad de reconocer errores, validar emociones y ofrecer seguridad puede ser mucho más valiosa que intentar proyectar una imagen impecable.
Cuando sobrevivir se convierte en una forma de vida
Uno de los aspectos que más llama la atención en el trabajo de Pabón es su reflexión sobre los mecanismos de defensa. Según explica, aquello que en la adultez suele verse como un problema, comenzó, en realidad, como una estrategia de supervivencia.
Un niño que se esconde ante la violencia, que guarda silencio para evitar conflictos o que aprende a complacer para sentirse seguro, desarrolla recursos que le permiten adaptarse a situaciones difíciles. El problema surge cuando esos mecanismos permanecen intactos décadas después. “Un mecanismo de defensa no empieza siendo una defensa, empieza siendo un mecanismo de afrontamiento”, explica.
Por eso, muchas personas llegan a la adultez sintiendo que sobreviven más de lo que viven. Les cuesta poner límites, experimentan ansiedad frente a determinadas situaciones o reaccionan de maneras que no logran comprender completamente.
En ese proceso, el cuerpo suele convertirse en una fuente de información fundamental. Para la autora, las emociones, los bloqueos y las reacciones físicas pueden ofrecer pistas sobre experiencias que incluso han sido olvidadas. “Existe una frase que dice: ‘Si no lo recuerdo, no pasó’. Y yo digo: ‘Si no lo recuerdas, pregúntaselo a tu cuerpo’. Cuando una figura te da miedo o ciertas discusiones te generan mucha ansiedad, ahí hay información importante”, señaló.
Esta mirada resulta especialmente relevante cuando se habla de trauma y memoria. Pabón explica que muchas personas no recuerdan con claridad lo ocurrido durante la infancia, pero eso no significa que las experiencias hayan desaparecido. En ocasiones, el cuerpo sigue manifestando aquello que la memoria consciente no puede recuperar.
Culpa, vergüenza y el camino hacia la reparación
Las heridas de la infancia también suelen aparecer en la vida de pareja. Una discusión aparentemente cotidiana puede activar emociones y respuestas que tienen raíces mucho más antiguas.
Pabón comparte incluso experiencias personales para ilustrar cómo ciertos patrones se repiten sin que las personas sean plenamente conscientes de ello. Conductas como huir de los conflictos, aislarse o evitar conversaciones difíciles pueden estar relacionadas con aprendizajes emocionales adquiridos años atrás.
Por eso, uno de los primeros pasos para romper esos ciclos consiste en identificar el origen de las reacciones y aprender a comunicarlas. En ese camino aparecen dos emociones especialmente complejas: la culpa y la vergüenza. Aunque suelen confundirse, la autora establece una diferencia fundamental entre ambas. “La culpa te dice que hiciste algo mal. La vergüenza te dice que hay algo mal en ti”, explica.
La distinción no es menor. Mientras la culpa se relaciona con una acción concreta, la vergüenza impacta directamente en la identidad de la persona. En experiencias traumáticas, especialmente aquellas relacionadas con violencia o abuso, ambas emociones pueden entrelazarse y dificultar profundamente los procesos de recuperación.
Frente a ese desafío, No hay nada roto en ti propone herramientas de exploración personal, entre ellas, la escritura terapéutica. Para Pabón, escribir permite encontrar palabras para emociones que todavía no han podido expresarse de otra manera.
La autora también introduce el concepto de límites internos, una idea que va más allá de aprender a decir “no” a los demás. Se trata de identificar qué necesita cada persona para sentirse segura, acompañada y emocionalmente regulada.
“Muchas personas creen que vivir las emociones consiste únicamente en sentirlas. Pero también hay que aprender qué hacer con ellas. Un límite interno es preguntarte qué necesitas para abrazar esa tristeza, esa rabia o ese miedo sin hacerte daño a ti ni a los demás”, explicó.
Al final, el mensaje que atraviesa todo el libro es sencillo, pero profundo: las heridas existen, los traumas dejan marcas y los patrones pueden repetirse durante años. Sin embargo, reconocerlos no significa que haya algo defectuoso en quien los experimenta.
Para Carmen Pabón, la verdadera transformación comienza cuando las personas dejan de preguntarse qué está mal en ellas y empiezan a preguntarse, con curiosidad y amabilidad, qué necesitan para sanar. Porque, como insiste el título de su obra, no hay nada roto en ellas. Solo historias que merecen ser comprendidas.