Cuando las catástrofes o tragedias ocurren, también empieza un proceso mucho más silencioso y difícil de percibir: el que tiene lugar dentro de quienes sobreviven. Las imágenes de edificios reducidos a escombros, miles de fallecidos tendidos en las calles, familias separadas, comunidades enteras buscando a sus desaparecidos y personas intentando reconstruir su vida tras los terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio evidencian una devastación material. Pero detrás de esa emergencia también empezó otra, menos visible y, con frecuencia, más prolongada: la de la salud mental.
En medio de una tragedia colectiva, el impacto psicológico no termina cuando concluyen las labores de rescate. Para muchas personas, el verdadero desafío apenas comienza, pues deben enfrentarse a la incertidumbre, el duelo, la culpa y la necesidad de seguir adelante en un entorno que dejó de parecer seguro. SEMANA conversó con la psicóloga y psicoterapeuta Carmen Pabón, especializada en trauma complejo, fundadora de Sanando Conexiones y autora del libro No hay nada roto en ti.
Procesar la tragedia
Una de las ideas más extendidas después de un desastre es asumir que todas las personas viven exactamente el mismo trauma. Sin embargo, desde la psicología, esa afirmación está lejos de la realidad. “Cuando ocurre una experiencia traumática colectiva como la tragedia en el vecino país, muchas personas sienten que lo que acaba de suceder no es real. Están en una hipervigilancia sostenida, sienten mucha ansiedad y pueden registrar alteración del sueño. Eso se puede convertir en una ansiedad crónica si no se trata, porque su mente no distingue entre ‘ya pasó’ y ‘puede volver a pasar’”, explica.
La experta afirma que tampoco todos desarrollarán un trastorno por estrés postraumático. “La magnitud del evento es la misma, pero el trauma nunca es idéntico”, resume la especialista. Explica que influyen factores como la experiencia vivida, la rapidez con la que llegó la ayuda, la existencia de redes de apoyo e, incluso, las pérdidas acumuladas por cada persona.


Pero en el caso venezolano existe un elemento adicional que hace más complejo ese proceso. Según Pabón, no se trata únicamente de una catástrofe natural. También es una tragedia que ocurre sobre una realidad previa marcada por profundas dificultades políticas, sociales y humanitarias. “Muchas personas no tienen un ‘antes’ estable al cual regresar. La realidad a la que están regresando ya era muy compleja, y ahora, además, está marcada por pérdidas físicas, laborales, familiares y comunitarias”.

En ese escenario, insiste la especialista, uno de los mayores errores consiste en transmitir la idea de que el objetivo es “volver a la normalidad”. Muchas veces esa normalidad, simplemente, dejó de existir. “El reto en estos momentos es acompañar sin la ilusión de que todo va a volver a la normalidad, sino construyendo una nueva normalidad en la que estas personas puedan vivir”, afirma.
Los niños del desastre
En medio de la emergencia, los niños han quedado en el centro de las prioridades materiales: alimentación, refugio y reunificación familiar. Sin embargo, el impacto emocional que experimentan puede ser tan profundo como el de cualquier adulto. La diferencia es que muchas veces no cuentan con las herramientas para expresarlo.
“Los niños necesitan la verdad. Necesitan que les expliquemos que todo va a estar bien, pero que a lo mejor en estos momentos no estamos bien, porque ellos lo saben, ellos lo están viviendo. Ocultarles lo que sucede es como mentirles e invalidar lo que están sintiendo, porque los niños están viviendo esta catástrofe como un adulto también la está viviendo”, explica la experta.

Lejos de exponerlos innecesariamente al horror, la especialista plantea que el acompañamiento debe construirse desde un lenguaje adecuado para su edad, pero sin negar la realidad. Los menores necesitan adultos capaces de contener emocionalmente el miedo que ellos todavía no saben nombrar.
Ese acompañamiento también pasa por recuperar, poco a poco, pequeñas rutinas que devuelvan cierta sensación de estabilidad. Horarios para comer, descansar, jugar o dibujar pueden convertirse en anclas emocionales en medio del caos.
Pabón insiste, además, en no obligar a los niños a hablar sobre lo ocurrido, pero tampoco impedir que lo hagan cuando sientan la necesidad de expresar sus emociones.
En los más pequeños, agrega, las manifestaciones del trauma pueden aparecer de formas que muchas veces los adultos interpretan equivocadamente como problemas de comportamiento. Volver a orinar la cama, hablar como si fueran más pequeños, guardar silencio, aislarse o presentar terrores nocturnos pueden ser respuestas esperables después de una experiencia extrema. “Es super importante atender a los niños como niños. Lo que acaba de suceder les cambió la vida”, señala.
La culpa de seguir vivo
Mientras que algunas personas intentan procesar la pérdida de sus seres queridos, otras enfrentan un sentimiento menos visible, pero igualmente devastador: la culpa por haber sobrevivido. Desde la psicología del trauma, explica Pabón, suele manifestarse mediante pensamientos intrusivos y una sensación persistente de no merecer continuar con la propia vida mientras otros no tuvieron la misma suerte.
Señala que la culpa casi siempre aparece diciendo: “¿Qué pude haber hecho?” o “¿Por qué yo no y el otro sí?”. Sin embargo, la especialista propone una mirada distinta. En lugar de combatir ese sentimiento desde el rechazo, invita a escucharlo para transformarlo en una forma responsable de actuar.
Ayudar a otras personas, donar, acompañar emocionalmente a quienes también atraviesan la tragedia o tan solo escuchar sin juzgar pueden convertirse en maneras saludables de canalizar ese dolor.
Pero esa solidaridad tiene límites. Antes de intentar sostener a otros, recuerda Pabón, es necesario cuidar la propia salud emocional. Si la culpa persiste y comienza a paralizar la vida cotidiana, la búsqueda de ayuda profesional deja de ser una recomendación para convertirse en una necesidad.


Otra de las heridas psicológicas más complejas aparece cuando las familias no logran despedirse de quienes murieron. La ausencia de un cuerpo o de una confirmación definitiva mantiene a muchas personas atrapadas entre la esperanza y la certeza.
Ante esa realidad, Pabón recomienda recurrir a los rituales como una herramienta que permita al cerebro comenzar a aceptar la pérdida. Una fotografía, una carta, una vela o un lugar simbólico pueden ayudar a construir un espacio para despedirse cuando las circunstancias impiden hacerlo de otra manera.
Trauma vicario

A esa carga emocional se suma otro fenómeno cada vez más frecuente en escenarios de desastre: el trauma vicario. No afecta únicamente a quienes sobrevivieron directamente a las catástrofes, sino también a quienes acompañan, escuchan o son testigos permanentes del sufrimiento de otros.
Periodistas, socorristas, psicólogos, trabajadores humanitarios e incluso familiares pueden terminar absorbiendo el dolor ajeno hasta experimentarlo como propio. Pabón advierte que mantenerse expuesto de forma permanente a ese contenido no necesariamente ayuda a comprender mejor la emergencia. En algunos casos, solo incrementa la carga emocional.
Por ello, recomienda establecer límites conscientes al consumo de información, permitir que el cuerpo descanse después de jornadas intensas, alimentarse adecuadamente y encontrar espacios seguros donde sea posible hablar sobre lo vivido sin la presión de aparentar que todo está bien.

También invita a prestar atención a las señales que el propio cuerpo envía. Insomnio persistente, pesadillas, irritabilidad, aislamiento o dificultad para expresar emociones pueden indicar que el impacto psicológico está comenzando a desbordar los recursos personales.
Más allá de las recomendaciones puntuales, el mensaje central de la especialista apunta a reconocer que el cuidado emocional no es un asunto secundario en medio de una emergencia, sino una parte esencial de la recuperación.
