En las últimas semanas, varios desastres naturales han generado preocupación en todo el mundo. Entre ellos se encuentran los terremotos registrados en países como Colombia, México, España e Indonesia, además de la devastadora avalancha ocurrida en Nepal, que dejó cientos de víctimas.
Estos fenómenos han vuelto a poner la atención sobre el comportamiento de la Tierra y la capacidad de los científicos para anticiparse a posibles tragedias. Aunque los terremotos y otros desastres naturales no pueden predecirse con exactitud, existen señales que permiten identificar cambios de algunos fenómenos y evaluar el nivel de riesgo.
Uno de los casos que permanece bajo vigilancia es el del volcán Puracé, ubicado en el departamento del Cauca, que actualmente se mantiene en alerta naranja. De acuerdo con el más reciente reporte del Servicio Geológico Colombiano, continúa presentando actividad sísmica relacionada principalmente con el movimiento de fluidos dentro de sus conductos. Estas señales se han localizado bajo el cráter, a profundidades inferiores a los cuatro kilómetros.
Además, persiste el fracturamiento de roca, con eventos registrados principalmente al nororiente del volcán y una magnitud máxima de 2,7 ML. A esto se suman las emisiones de dióxido de azufre y un incremento en la presencia de dióxido de carbono en el suelo. Sin embargo, hasta el momento no se han identificado anomalías térmicas en la zona del cráter.
El monitoreo permanente de estos indicadores permite a las autoridades evaluar la evolución de la actividad volcánica y mantener informada a la población ante cualquier cambio que pueda representar un mayor riesgo.
Pero, ¿cuáles son las señales que podrían advertir que un volcán se prepara para una posible erupción? Conocer estos indicios resulta fundamental para comprender cómo los expertos realizan el seguimiento y para estar preparados ante una eventual emergencia.
De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), la mayoría de los volcanes presentan algún tipo de señal antes de una erupción. Entre los principales indicadores se encuentran un aumento de la actividad sísmica, deformaciones en el terreno, cambios en el calor de la superficie y variaciones en los gases volcánicos y en las aguas subterráneas.
También pueden registrarse un incremento en la actividad de vapor, la aparición o expansión de zonas de suelo caliente y una ligera elevación de la superficie terrestre. Estos cambios pueden producirse cuando el magma se desplaza y comienza a acercarse hacia las capas superiores del volcán.
Otra herramienta utilizada por los vulcanólogos consiste en vigilar las transformaciones de la superficie. El desplazamiento del magma puede provocar que el terreno se eleve o descienda, cambios que pueden medirse incluso desde el espacio mediante satélites equipados con tecnología de radar. Este método resulta especialmente útil para estudiar volcanes remotos o zonas de difícil acceso.
Asimismo, el aumento de la temperatura en determinadas áreas puede revelar que el magma se está aproximando a la superficie. Este tipo de cambios térmicos puede detectarse mediante instrumentos instalados en tierra y también a través de satélites.
Sin embargo, ninguna de estas señales, por sí sola, significa que una erupción vaya a ocurrir de manera inmediata. Los vulcanólogos analizan el conjunto de indicadores y su evolución durante un periodo determinado para establecer si la actividad del volcán está aumentando y determinar el nivel de riesgo.
Por esta razón, el monitoreo constante resulta clave, ya que permite detectar cambios importantes y mejorar la capacidad de las autoridades para emitir alertas y tomar medidas de prevención.