La búsqueda de exoplanetas ha cambiado nuestra forma de entender el universo. Durante mucho tiempo, los astrónomos clasificaron los planetas utilizando como referencia los mundos del sistema solar. Sin embargo, los miles de exoplanetas descubiertos en las últimas décadas han revelado una diversidad mucho mayor de la esperada. Entre ellos destaca Kepler-138d, un planeta situado a unos 200 años luz de la Tierra que podría pertenecer a una categoría completamente distinta a cualquier cosa conocida en nuestro vecindario cósmico.
Un mundo oceánico
Kepler-138d ha despertado un gran interés porque, pese a tener un tamaño parecido al de la Tierra, parece poseer una densidad mucho menor. Los datos sugieren que podría contener enormes cantidades de agua y materiales ligeros, hasta el punto de que ha sido identificado como uno de los candidatos más prometedores a mundo oceánico. Si esta interpretación es correcta, estaríamos ante un planeta cuya estructura interna y condiciones ambientales podrían diferir radicalmente de las terrestres.
Y eso conduce a una pregunta fascinante: si existen mundos tan distintos al nuestro, ¿podrían existir algunos donde los seres humanos fueran capaces de volar moviendo los brazos?
Cuando el entorno importa tanto como el cuerpo
La respuesta intuitiva es no. Los humanos no tenemos alas y nuestra anatomía no está diseñada para el vuelo. Sin embargo, esa conclusión depende en gran medida de las condiciones físicas de la Tierra.
Nuestro planeta combina una gravedad relativamente intensa con una atmósfera que, aunque suficiente para que vuelen aves y aviones, no proporciona el apoyo necesario para que una persona pueda sostenerse en el aire mediante la fuerza de sus propios brazos. Por eso necesitamos tecnologías que compensen esas limitaciones.
Pero la física del vuelo no depende únicamente del organismo. También depende del entorno.
Los dos ingredientes del vuelo humano asistido
Para imaginar un mundo donde una persona pudiera volar moviendo los brazos hacen falta dos ingredientes fundamentales.
El primero es una gravedad relativamente baja. Cuanto menor sea la atracción gravitatoria de un planeta, menor será también el peso de cualquier objeto situado sobre su superficie. Los saltos serán más altos, las caídas más lentas y permanecer en el aire resultará mucho más fácil.
El segundo ingrediente es una atmósfera densa. Cuando el aire contiene más materia, los movimientos generan fuerzas aerodinámicas más intensas. Cada superficie expuesta al flujo de aire produce más sustentación y puede permanecer suspendida con mayor facilidad.
La combinación de ambos factores cambia completamente las reglas del juego. En un planeta con gravedad moderada y una atmósfera especialmente espesa, una persona equipada con simples membranas de planeo podría desplazarse por el aire de forma sorprendentemente eficiente. Los movimientos de brazos y piernas ayudarían a mantener la altura, aprovechar las corrientes atmosféricas y prolongar el tiempo de vuelo.
No sería un vuelo como el de las aves, sino algo a medio camino entre saltar, planear y navegar por el aire.
Lo que Kepler-138d nos enseña
Kepler-138d resulta especialmente interesante porque demuestra que existen mundos con propiedades físicas muy distintas a las terrestres. Su baja densidad sugiere una composición rica en agua y materiales ligeros, algo que hasta hace pocos años apenas aparecía en los modelos planetarios más habituales.
Aunque todavía conocemos pocos detalles sobre su atmósfera, este planeta podría representar una de las primeras muestras de una familia de mundos donde las condiciones ambientales difieren profundamente de las que encontramos en la Tierra. Los llamados mundos oceánicos podrían poseer atmósferas extensas y entornos físicos muy diferentes a los que estamos acostumbrados a imaginar.
Precisamente por eso, Kepler-138d nos invita a pensar en posibilidades que antes parecían reservadas a la ciencia ficción. Si existen planetas con composiciones tan distintas, también podrían existir mundos donde la combinación de gravedad y atmósfera favorezca formas de movilidad imposibles en nuestro planeta.
En ese contexto, el vuelo humano asistido deja de ser una fantasía absurda para convertirse en una consecuencia plausible de determinadas condiciones físicas.
Un universo lleno de posibilidades
La imagen de una persona elevándose lentamente mientras mueve los brazos puede parecer propia de una novela fantástica. Sin embargo, no contradice ninguna ley de la naturaleza. Lo único que requiere es un entorno adecuado.
Kepler-138d no es importante porque sepamos exactamente cómo es, sino porque nos recuerda que la Tierra representa solo una de las muchas maneras posibles de construir un planeta. Cada nuevo exoplaneta descubierto amplía nuestra visión de lo que puede existir en el universo.
Quizá algunos de esos mundos posean atmósferas tan densas y condiciones gravitatorias tan favorables que volar resulte casi tan natural como caminar. Quizá los habitantes de esos planetas aprendan a planear desde niños y consideren el desplazamiento aéreo una habilidad cotidiana.
A medida que descubrimos más mundos como Kepler-138d, resulta cada vez más evidente que muchas de las limitaciones que damos por sentadas son simplemente consecuencia de vivir en un planeta concreto. En algún lugar de la galaxia podría existir un mundo donde el viejo sueño humano de volar no requiera motores ni alas artificiales. Bastaría con extender los brazos y dejar que el planeta hiciera el resto.
Artículo publicado originalmente en The Conversation