Durante décadas, una pregunta ha generado debate entre científicos: ¿podría la Tierra funcionar como un sistema en el que la vida y el ambiente se modifican mutuamente? Esa es la idea central de la hipótesis Gaia, desarrollada en la década de 1970 por el químico británico James Lovelock junto con la bióloga Lynn Margulis.

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Un planeta que cambia junto con sus habitantes

La hipótesis Gaia, desarrollada por el científico británico James Lovelock, plantea que la Tierra puede entenderse como un gran sistema en el que los seres vivos y el ambiente se afectan constantemente entre sí. Las plantas, animales y microorganismos modifican elementos como la atmósfera, los océanos y el suelo, mientras que esas condiciones también determinan qué formas de vida pueden prosperar.

La propuesta va más allá de considerar a la vida como un elemento pasivo del planeta. Lovelock y Margulis plantearon que los organismos también pueden transformar las condiciones de la Tierra y contribuir a mantener un entorno favorable para la vida.

En uno de sus planteamientos, los científicos señalaron que la vida “adquirió el control del entorno planetario” poco después de su origen y que “esta homeostasis por y para la biosfera ha persistido desde entonces”.

La propuesta de James Lovelock tomó el nombre de Gaia, la diosa griega asociada con la Tierra. Foto: PA Images via Getty Images

Sin embargo, Gaia no plantea que la Tierra tenga conciencia, voluntad o que funcione literalmente como un organismo, sino que su equilibrio podría surgir de la interacción entre millones de seres vivos y los componentes físicos del planeta.

Uno de los ejemplos utilizados para explicar esta posibilidad es Daisyworld, un planeta imaginario creado por Lovelock y Andrew Watson. Allí existen margaritas blancas y negras: unas reflejan más luz y otras absorben más calor. La proporción de cada tipo cambia según la temperatura y, al hacerlo, también modifica las condiciones del planeta.

El modelo buscaba mostrar que una regulación global puede aparecer sin que exista un organismo que la controle de manera consciente.

La gran pregunta: ¿Puede Gaia encajar con Darwin?

La hipótesis ha recibido críticas porque hablar de un planeta que se autorregula puede parecer como atribuirle una finalidad. Investigaciones recientes han intentado abordar precisamente ese problema.

En 2025, Margarida Hermida y Samir Okasha analizaron una versión de Gaia basada en ideas darwinianas. Su trabajo examina si ciertos efectos que parecen contribuir al mantenimiento de la biosfera podrían explicarse mediante procesos evolutivos, sin asumir que la Tierra funciona como un organismo único.

Tras revisar estas propuestas, los investigadores concluyeron que “la hipótesis de la Gaia darwinizada aún no logra superar las principales objeciones de la biología evolutiva”.

El problema cambia cuando aparece el ser humano

La discusión adquiere otra dimensión cuando se incorpora la capacidad humana para transformar el planeta. El astrofísico Adam Frank y sus colegas plantearon en 2022 el concepto de inteligencia planetaria, entendido como la capacidad de una civilización para adquirir conocimiento y utilizarlo a escala global, integrándolo con los sistemas del planeta.

Frank lo resumió así: “Los planetas evolucionan a través de etapas inmaduras y maduras” y añadió que “la inteligencia planetaria es indicativa de cuándo se llega a un planeta maduro”.

El científico también planteó una pregunta especialmente relevante para la humanidad: “La pregunta del millón es averiguar qué aspecto tiene la inteligencia planetaria y qué significa para nosotros en la práctica, porque aún no sabemos cómo pasar a una tecnosfera madura”.

La humanidad podría estar entrando en una etapa en la que sus decisiones afectan el equilibrio del planeta. Foto: Getty Images via AFP

La hipótesis Gaia deja así una pregunta que va más allá de saber si la Tierra puede autorregularse. Si los seres vivos transforman constantemente el planeta, también pueden alterar las condiciones que permiten su propia existencia. El desafío para la humanidad consiste en entender hasta dónde puede modificar el sistema terrestre sin terminar perjudicando las condiciones de las que depende.

La vida podría continuar incluso después de grandes transformaciones del planeta, pero eso no significa que la humanidad necesariamente pueda hacerlo.