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| 9/4/1989 12:00:00 AM

A la deriva

La poesía y la nostalgia se toman "Y la nave va", la última película de Fellini en cartelera en Colombia.

A la deriva, Sección Cultura, edición 379, Sep  4 1989 A la deriva
Si el espectador apela a la razón, la normalidad y la costumbre entonces no entenderá porqué los escenarios evidentemente de cartón, el mar de celofán, los rostros pintarrajeados, y las actitudes mímicas y el aire de circo que se respira a bordo de ese barco que no sale de ninguna parte ni llega a ningún destino.
Es que ni la razón, ni la normalidad ni la costumbre son capaces de contener toda la magia, toda la imaginación, toda la poesía y toda la nostalgia que desbordan por todos los costados de una película que, finalmente, se ha exhibido en Colombia después de muchos años de atraso, "Y la nave va", de Federico Fellini.
Como en todas las películas de este realizador, hay un pretexto narrativo del cual parte para que el espectador desorientado en un momento inicial, pueda sentirse tranquilo en su butaca: la muerte de una diva, la reunión de todos sus amigos y admiradores para arrojar sus cenizas al mar desde un barco que evidentemente es el barco de los locos, en el que todos ansiamos navegar alguna vez. A un genio como Fellini le basta una anéctoda aparentemente trivial como esa para comenzar a deshilvanar los recuerdos, las pesadillas, los monstruos de la memoria, los sueños, las obsesiones de estos personajes ridículos, torpes, solitarios y tristes. Se trata de series que no son capaces de verse en un espejo porque se encontrarán con una muerte más atroz que la que están soportando en esa nave que no se mueve, que no quiere moverse mientras de su bodega, como del vientre descomunal y ansioso de una ballena, surgen todos los monstruos de la imaginación (como un homenaje a Borges y a Cortázar), como ese rinoceronte que se convierte en el más inocente e indefenso de los personajes de la película.
Esta nueva generación de espectadores, impresionada con los hallazgos técnicos de aventureros como Indiana Jones, conoce mal a Federico Fellini. Películas como "Ocho y medio", con ese director de cine asustado y escondido debajo de una mesa, huyendo de los periodistas y los personajes que quieren denunciarlo, "Julieta de los espíritus", con ese juego perverso con la sinrazón y los demonios, o "La dolce vita", que puede mirarse ahora y se encuentra más fresca que treinta años atrás, recogen todas las obsesiones, las fobias, los recuerdos, los amores, los odios, la soledad, todo ese universo que ningún otro director de cine ha sabido plasmar con tanto humor negro, con tanta magia, con tanta malicia, con tanto veneno como Fellini, el mago, el que se quita el sombrero y brotan conejos y sorpresas.
Magia: esa es la expresión adecuada para este cuadro nostálgico de la vida y la muerte que ha logrado con esta película tan hermosa como "Y la nave va", con ese trasatlántico de mentiras que es también nuestra memoria, nuestro corazón, nuestra esperanza hundida por tantos pesares.
El cine de Fellini, su pensamiento sus resabios están completos en esta película, que ojalá sea seguida pronto de otras realizaciones suyas que nunca se estrenaron, como "Ginger Fred" y "Entrevista", sin mencionar la nueva historia que seguía rodando en los estudios de Cinecittá, el único sitio del mundo donde se siente tranquilo, donde ha filmado la mayor parte de su obra (detesta rodar en escenarios naturales porque, con excepción de las ruinas romanas, no tienen parecido alguno con los escenarios que tiene guardados en la cabeza y en el corazón).
En uno de los tantos libros auto biográficos que ha escrito con ayuda de sus amigos, Fellini cuenta cómo en una ocasión se vio rodeado por niños y adultos que querían saludarlo y pedirle un autógrafo. En medio del grupo surgió una niñita que le haló la gabardina y le preguntó muy seria:
- Pero, Fellini, ¿es que nunca vas a cambiar, nunca vas a portarte bien?
Fellini se quedó mirándola y pensó que esa era la misma pregunta que todos le habían estado formulando durante muchos años, la pregunta que él mismo se hacía cuando comenzaba una película y luego la acababa y el productor no entendía algunas cosas. Fellini recuerda que se quedó mirando a la niñita y le respondió:
- No.

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