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| 3/26/1984 12:00:00 AM

LA VIOLENCIA DEL INSTITUTO

Dos personajes, deformados en cuerpo y alma por la vida urbana, exorcizan sus demonios en "Dos perdidos en una extraña noche"

LA VIOLENCIA DEL INSTITUTO LA VIOLENCIA DEL INSTITUTO
En una sala donde apenas caben sesenta espectadores, con rudimentarios equipos de luces y sonido, los actores de "Dos perdidos en una extraña noche", del dramaturgo brasilero José Vicente, hacen evidente su preocupación por aprovechar al milimetro el pequeño escenario sobre eliqueprotagonizan una historia que proyecta a lo universal el drama de un joven empleado bancario y un barrendero encerrados en su sitio de trabajo. Ambos, deformados en cuerpo y alma por el abrumador tejido de relaciones a que han sido sometidos por la vida urbana, se van enfrentando hasta patentizar que, a pesar de haber llegado al mismo grado de humana animalidad definida por el instinto sexual, aún están separados por el miedo en el que se ha sedimentado su espíritu religioso: al cuestionar su existencia enajenada, el contador lo ha perdido --y con él la vida- mientras que para el barrendero se mantiene como el único y último impulso de sobrevivencia.
Este tipo de montajes, donde está planteado un microcosmos con todos los rasgos del devenir moderno, es ya tradicional en el Centro de Expresión Teatral. En esa característica va implícita la respuesta a una pregunta elemental para cualquier aficionado al teatro ¿Por qué se elige una obra para su representación? Y en Colombia, como es sabido, a la par con las consideraciones ideológicas, estéticas, y hasta comerciales que se tienen en cuenta para ello, corre inevitablemente la evaluación de las circunstancias en que aquélla va a ser escenificada. Sea esto una virtud o un defecto, lo cierto es que gran parte de las producciones del Centro de Expresión Teatral --recuérdese el polémico montaje de "La reina de la radio"- han dependido de las limitaciones físicas y financieras que presionan a este grupo. Inclusive uno de los intentos por sobrepasarlas con la realización de "La zorra y las uvas", de Guilherme Figueiredo, fue frustrado al trasladarse a fechas y horas absurdas las convenidas inicialmente por la administración del teatro Colón con el argumento de que es más importante la presentación de un conjunto extranjero, en aquella ocasión la Opera de Pekín.
Acomodado a estas circunstancias, el trabajo presentado por el Centro de Expresión Teatral dista mucho de las producciones espectaculares --que posiblemente gocen del aprecio de cierto público, e inclusive de ciertas esferas oficiales que las estimulan con su ayuda económica--, pero adquiere, en cambio, una dimensión en la cual prevalece el trabajo actoral.
Este, en el caso de esta obra, abandona la obvia posibilidad de una representación naturalista de los personajes y tiende, más bien, hacia un montaje expresionista, tal vez saturado por la somatización de los conflictos internos que enfrentan los mismos.
Sin embargo, hay que resaltar en este sentido la-reivindicación del barrendero quien, de constituir un personaje pretexto para que el empleado bancario realice una exorcización de sus demonios pasa a aportar la desmitificadora sensualidad que le imprime Agustín Núñez. Gracias a ello y a la delirante caracterización del empleado bancario, las imágenes preliminares y las del propio acto homosexual que practican los personajes resultan no mera nente agresivas sino lógicas.
Así, un verdadero hallazgo actoral contribuye a que la violençia de la obra no se concentre ni se diluya en la inmediatez de las crudas escenas que encarnan el instinto sexual de los protagonistas.
Por sobrellevar los extensos parlamentos con imágenes y movimientos de conjunto apropiados, no se puede decir menos de la dirección, que aparentemente no enfrenta mayores problemas, cuando la obra cuenta con pocos personajes como en este caso, pero que corre el riesgo de perder la brújula, debido a situaciones dramáticas planteadas por el autor que no tardan en ser calificadas como exhibicionistas o pornográficas por los actuales inquisidores de las ideas, de los sentimientos, de los cuerpos, del espacio y del tiempo humanos. -
Gerardo Andrade Medina -

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