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| 9/29/1986 12:00:00 AM

LE SONO LA FLAUTA

Once años después de que la calificaran de "locura", la ópera en Colombia es una realidad con mucho publico

LE SONO LA FLAUTA, Sección Cultura, edición 226, Sep 29 1986 LE SONO LA FLAUTA
Hace once años cuando comenzó la primera temporada de ópera, para que el Teatro Colón de Bogotá no se viera tan desocupado, el entonces coronel Delgado Mallarino, director de la Escuela Militar de Cadetes, se iba cada noche con tres buses atestados de cadetes. Fernando Toledo, publicista y un "operático" (experto y aficionado a la ópera), comenta: "Eramos cuatro galos los que nos veíamos cada noche en el Colón".
En esos tiempos, 1976, la boleta de platea costaba sesenta pesos y las dos óperas que se montaron, "La Traviata" y " La Bohemia" tuvieron un costo total de 3 millones de pesos. Después de una década, una boleta de platea cuesta 2.500 pesos y las cinco o seis piezas que se montan se financian con 60 millones de pesos que da Colcultura y con quince que se recogen por las entradas al Colón (1.400 puestos), que ahora se agotan.
La idea de realizar una temporada de ópera fue de Gloria Zea, quien durante sus ocho años al frente de Colcultura consolidó el proyecto. Sin embargo, no fue fácil. Al comienzo, muchos pensaron que se trataba de otra de las locuras de Gloria, pero que esta vez sería imposible hacer realidad un proyecto tan costoso y que contaba con poquísimos amigos, algunos enemigos y miles de indiferentes. Pero la locura se hizo realidad.
En los primeros montajes hubo una participación nacional colombiana en el 90 por ciento. Para la primera temporada de ópera, se invitó a dos artistas extranjeros: el barítono norteamericano Stephel Mosel y el tenor coreano Inn Soo Park. El resultado, de acuerdo con los entendidos, fue aceptable aunque se trabajó a nivel muy rudimentario. El caso del vestuario es un ejemplo. Tatiana, costurera de disfraces de Bogotá, fue la encargada de realizar los trajes, o mejor, los disfraces, porque en esa ocasión los artistas cantaron disfrazados.
TRADICION OPERATICA
Contra lo que podría pensarse, Colombia es un país que si tiene una historia y una tradición operática. La primera vez que se levantó un telón para que se viera y se oyera una opera en el país, fue en 1833 en Popayán. A comienzos de este siglo, un italiano el Comendatora Bracale, famoso por ser uno de los mayores impulsores de la ópera en Italia, tuvo un revés en sus negocios que lo obligó a establecerse en Colombia y poner al servicio del país su infraestructura operática, la que sirvió para la conformación de la Compañía Nacional de Opera, en la que hizo su debut Carlos Julio Ramírez. Otro de los pioneros operáticos, fue el maestro Matías Moreno, profesor de canto catalán y quien salió de su país a consecuencia de la Guerra Civil Española. El montó a mediados de los años 30, "El barbero de Sevilla", con gran éxito.
Así que el año de 1976 aunque se considera como la fecha de iniciación de las temporadas de opera en Colombia, puede ser catalogado también como el año de la reapertura operática. Para que el proyecto prosperara se creó la fundación privada Asartes, para que se encargara de la ópera. Fundaciones similares son las que en otros países organizan las temporadas de ópera. Uno de los más entusiastas animadores de esta fundación fue Alberto Upegui Acevedo, esposo de Carmiña Gallo. Después de un par de años, Asartes desapareció porque nunca pudo dejar de ser la hija de Colcultura y había duplicidad de funciones y desorden administrativo.
La primera temporada de ópera organizada por Asartes y Colcultura, fue la del año 77, en donde se ofrecieron cinco títulos. El montaje de ese número de obras ya era lo suficientemente significativo como para que se hablara de una Temporada de Opera en todo el sentido de la palabra. Y cada año hubo un éxito aunque también algunos fracasos. Pero el público, esquivo en un comienzo, empezó a interesarse y figuras como Carmiña Gallo, Martha Senn, Marina Tafur, Zoraida Salazar, Gerardo Arellano, Alvaro Guerrero, Alfredo Landínez, y otros comenzaron a hacerse famosos en el país y a conseguir contratos en el exterior. Un solista gana por función cien mil pesos así sea nacional o extranjero.
Pero la pregunta que irremediablemente surge es si en estos once años de ópera se ha podido conformar una escuela operática en el país. La respuesta de los expertos es afirmativa. Fernando Toledo, comenta: "Aunque es prácticamente imposible y en ninguna parte del mundo sucede que se pueda montar una ópera con recursos meramente locales, sí se ha creado escuela y no sólo a nivel artístico sino de producción. En esta temporada, el colombiano Roberto Salazar dirigió y presentó la función doble: 'Bastian, Bastiana ' y 'Serva Padrona', cuyo nivel es aceptable y que podría entrar a criticarse, lo que es en verdad un gran adelanto ".
Para alcanzar este nivel se ha tenido que trabajar duro y aprender lo máximo de gentes que como las que conforman el equipo de producción de la ópera de Colonia (Alemania) y que han estado en varias ocasiones en el país, dejan toda una escuela en la producción de la ópera. Pero no sólo a nivel de la técnica se puede hablar de escuela. En el campo musical los beneficios han sido óptimos. Muchísimas personas que no habían podido hacer de la música una profesión, a través de estas temporadas lo han hecho. La bella Martha Senn, por ejemplo, cantaba en matrimonios, en fiestas y profesionalmente comenzó a crecer y a lucirse en las temporadas de ópera. Algo similar ocurrió con el coro estable con el que cuenta actualmente Colcultura. Antes había un coro ocasional y sus integrantes tenían que derivar su sustento de otra actividad.
En general, un espectáculo alrededor del cual trabajan más de 300 personas, entre artistas y técnicos, por espacio de tres meses, es importante no sólo desde el punto de vista cultural sino laboral. Paralelamente se viene formando un nuevo público. Los cuatro gatos de que hablaba Toledo son hoy 1.400 personas por función. Pero ese fenómeno de un público numeroso no es exclusivo de Colombia. En el mundo entero se está viviendo la época dorada de la ópera. En Francia, por ejemplo, se dieron el año pasado más de 1.500 funciones que corresponden a todas las que se habían dado en su historia. El cine ha sido un factor definitivo para la popularización de este género musical. Películas como "La flauta mágica" de Bergman, "La Traviata", de Zeffirelli, "Don Juan", de Losey y las versiones de "Carmen", la de Saura y la de Rosi, han logrado que en un público renuente, que en muchos casos manejaba una serie de mitos respecto de la ópera, se despierte por lo menos curiosidad y comience a entenderla.
El plato fuerte de la temporada de ópera de este año es la presentación por primera vez en Colombia, al menos en este siglo, de "La Cenicienta" compuesta por Gioachino Rosini, basada en el cuento de Perrault pero con cambios sustanciales, porque el libretista consideraba que toda la fantasía del autor era imposible trasladarla al escenario. Esta ópera se ha puesto de moda en estos últimos años y se le considera dentro del género de ópera bufa. "La Cenicienta" estará interpretada por Martha Senn.
La ópera se ha sacado de Bogotá y se ha llevado no sólo a Medellín, que tiene tradición operática, sino a Cali, Cartagena y Barranquilla. En esta última ciudad, dijo a SEMANA Armando Barreto, subdirector de Colcultura, el año pasado sucedió algo llamativo. Se estaba presentando al mismo tiempo Raphael y la ópera agotó localidades primero que la presentación del famoso cantante español. Para este año, la ópera recorrerá no sólo ciudades importantes sino intermedias como Ibagué, Buga y Bucaramanga.
Pasaron, pues, los tiempos en que para ir a la ópera se necesitaba no sólo una gran cultura musical sino también vestir de frac y con las mejores galas y las joyas más refinadas. Hoy, contando con alguna sensibilidad musical y de bluejean y mochila, se pueden ocupar tranquilamente las butacas de teatros como el Colón, el Pablo Tobón Uribe o el Amira de la Rosa.

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