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¿Qué tan cerca estamos de una crisis alimentaria global?

Un reciente estudio de McKinsey & Company advierte que hacia 2023 podrían desaparecer entre 10 y 43 millones de toneladas de producción de alimentos para la exportación. El aumento en los precios y la disrupción en las cadenas de valor tienen en jaque la producción de alimentos.


La invasión de Rusia a Ucrania ha generado poderosos desafíos al mundo. No solo el conflicto en sí mismo, con miles de muertos, entre ellos centenares de civiles, sino también las repercusiones para la economía global y las relaciones geopolíticas.

Rusia y Ucrania son proveedores clave en el mundo de energéticos –gas y petróleo- con los que atienden mercados como el europeo, pero además son una de las más importantes despensas en el planeta, grandes proveedores por ejemplo de maíz, soya y fertilizantes para los cultivos.

La ONU, entre otros organismos, ya ha advertido que las tensiones están generando un alza en los precios de los alimentos. De hecho, alertó por la crisis humanitaria y la inestabilidad política que podrían aparecer en distintos países por el impacto que tendrá sobre los más desfavorecidos y vulnerables.

“Los precios de alimentos, combustibles y fertilizantes se están disparando. Las cadenas de suministro se están interrumpiendo. Y los costes y retrasos en el transporte de los productos importados, cuando están disponibles, alcanzan niveles récord. Y todo esto está afectando más a los más pobres y sembrando las semillas de la inestabilidad política y el malestar en todo el mundo”, dijo el secretario general de la ONU, António Guterres.

Los precios de los alimentos preocupan a los organismos internacionales.
Los precios de los alimentos preocupan a los organismos internacionales. - Foto: Katherin Peña C.

La pandemia, las tensiones en la cadena de suministro, los fenómenos climáticos y las disrupciones convergentes han disparado los precios de los alimentos alrededor del mundo. Además, la invasión rusa de Ucrania, una de las seis regiones granero del mundo, podría llevar el sistema alimentario a una crisis global. El acceso a los alimentos para los millones de ucranianos que están en medio de la invasión rusa es una preocupación latente y de primera necesidad; pero esta invasión representa también un riesgo para el suministro mundial de alimentos, señala un estudio de McKinsey & Company.

La región de Rusia y Ucrania es responsable por, aproximadamente, el 30 % de las exportaciones mundiales de trigo y el 65% de las de girasol. “Esto refleja que los mercados son cada vez más estrechos y están interconectados por lo que una pequeña disrupción en el suministro impacta el precio y el abastecimiento de alimentos. Estas implicaciones ya son visibles”, agrega McKinsey.

¿Cuáles son los papeles vitales que desempeñan Ucrania y Rusia en el sistema alimentario mundial?

El primer ángulo del análisis es lo que McKinsey denomina “efecto latigazo”. Esta guerra tiene lugar en un centro de suministro de alimentos crítico —sobre todo en lo que se refiere al trigo y a los fertilizantes— como el Mar Negro. Daniel Aminetzah, líder de las Prácticas de Química y Agricultura de McKinsey, asegura que esta inestabilidad empieza a crear un efecto de latigazo con implicaciones secundarias en otras regiones granero, como Brasil. Rusia y Bielorrusia que son fundamentales para la exportación de fertilizantes, elemento impulsor de las cosechas para los agricultores de todo el mundo.

A pesar de que el planeta ha sido resiliente frente a la pandemia, la guerra y su aparición casi que, sin haber terminado la crisis generada por la covid, ha impactado los alimentos. Según la consultora, en este momento el único país que está preparado es China, que ha aumentado significativamente su reserva estratégica en más del 70 % desde 2008, pero otros mercados del mundo no están al mismo nivel de preparación. Según, Nicolas Denis, socio de McKinsey, hacia 2023 entre 10 y 43 millones de toneladas de producción para la exportación podrían desaparecer.

El otro frente es el de los fertilizantes y el incremento en su valor. Por ejemplo, la potasa -fundamental para los agricultores- ha duplicado su precio en los últimos dos meses. En el caso del nitrógeno, al estar directamente relacionado con la energía, la crisis energética y los precios actuales de la energía también tienen un efecto directo en su valor y en la disponibilidad del suministro.

Cultivo de Arroz de la marca Blanquita
Los fertilizantes son fundamentales para la producción de alimentos. - Foto: Arrocera la Esmeralda

A la escasez de fertilizantes se suma la disrupción en la cadena de valor agrícola, pues al tener unas ventanas específicas para preparar el campo, sembrar y cosechar con un conflicto prolongado estos espacios y periodos podrían no cumplirse, como el cultivo de trigo cuya temporada de siembra es alrededor de julio-agosto. El impacto no se limita a la siembra y cosecha, pues también se puede esperar una disrupción de la logística de transporte, que no podrá ser totalmente absorbida por alternativas como el ferrocarril y la carretera.

Ante este panorama, la pregunta es si existe o no la posibilidad de una emergencia alimentaria global. La respuesta, según McKinsey, es que este problema ya había empezado mucho antes de que estallara el conflicto entre Ucrania y Rusia. ¿Por qué? Por el aumento de la demanda general, productos básicos destinados a la producción de proteínas, el desperdicio de alimentos y efectos en las cosechas por fenómenos climáticos, entre otros, sirvieron para impulsar esta situación que luego aceleró la guerra. Ante esto, los expertos de McKinsey afirman que sus investigaciones han demostrado que esas disrupciones se multiplicarán por cuatro hasta 2050.

Por esta razón, la posibilidad de una emergencia alimentaria global existe y tendrá que evaluarse en los próximos meses. Según Denis, “lo que realmente importa es cuáles de estos hitos en los diferentes graneros del mundo —desde la preparación de los campos hasta la siembra y la cosecha— se alcanzarán y cuáles no”.

Enfrentar esta situación, desde la visión del cambio climático, puede originar una serie de cambios de comportamientos en varios ámbitos. Aminetzah afirma que “los inversionistas y otros actores podrían enfocarse en la tecnología agrícola y alimentaria en lo que respecta a las biosoluciones, las proteínas alternativas, la agricultura vertical y muchos otros segmentos”.

A esto se suman cambios en dos protagonistas clave del sistema: uno, los agricultores, para que hagan un uso más eficiente de los fertilizantes e insumos para sus cultivos y, dos, los consumidores, que pueden explorar cambios en su dieta y alternativas en el su consumo.

Finalmente, Denis hace un llamado a mantener la atención en las personas más vulnerables, para quienes esta crisis tiene un impacto significativo en su acceso a los alimentos.