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| 11/16/2019 12:15:00 AM

“A Duque el puesto le está quedando grande porque es incapaz de ser él mismo”

En los próximos días, Héctor Abad Faciolince lanza sus memorias, tituladas Lo que fue presente. En entrevista con SEMANA, explicó por qué incursionó en un género casi inexistente en Colombia y qué opina de la situación actual del país.

Entrevista a Héctor Abad Faciolince sobre libro de memorias Lo que fue presente. Foto: Lisbeth Salas Foto: Foto: Lisbeth Salas

SEMANA: ¿Por qué hacer pública su vida privada?
Héctor Abad Faciolince: Cuando yo era muy joven llevaba diarios, porque no era capaz de escribir cuentos, novelas o poemas. Tengo un baúl lleno de libretas de diarios, cientos de cuadernos de apuntes que yo no pensaba publicar ni tampoco destruir: eran mi pasado. Hace dos años, después de haber fracasado con un proyecto de novela, como penitencia y consuelo me puse a pasar en limpio los viejos diarios de mi juventud y pensé que en las angustias de ese joven que intenta madurar había una especie de novela de formación. Un diario íntimo habla de la vida privada y de la vida secreta; si iba a publicar los diarios no podía omitir esas partes esenciales de la persona que fui y de los muchos cuadernos que escribí.

SEMANA: ¿Por qué su vida puede ser interesante para un lector de a pie?
H.A.F.: Tal vez porque a mí me interesan las vidas de las personas de a pie. En la sala de espera de un consultorio, en un viaje en bus o en tren con una señora desconocida, en un encuentro con un estudiante. Si me cuentan sus vidas, a mí me interesan. Me parece que a esas personas, a las personas así, también les puede interesar la vida de alguien como yo, un compañero de viaje.

SEMANA: ¿Cuál es la magia de los diarios?
H.A.F.: Más que magia considero que su interés consiste en que se narra en presente y en caliente lo que se vive en un momento específico de la vida: el libro que acabas de leer o la película recién vista, la pelea que acabas de tener, la enfermedad que padeces, la persona que te enamora, lo que comiste al medio día, la muerte de un pariente o de un amigo. Es como una narración en directo y en borrador, cruda, de la vida de alguien.

SEMANA: Cuando releyó sus diarios y decidió publicarlos, ¿en qué autores del género se inspiró?
H.A.F.: Cuando los empecé a escribir, en 1985, yo había leído La vida de Henry Brulard, los diarios de Stendhal. Pensé: yo quiero hacer algo así, apuntes de lo que pienso y de lo que vivo. Cuando los pasé en limpio no me inspiré en nadie, pero sí pensé que algunos escritores, como Julio Ramón Ribeyro (La tentación del fracaso) o como André Gide, habían publicado también sus diarios en vida. Pero lo que más tuve fue una inspiración negativa: pensé que ningún escritor colombiano había publicado diarios íntimos, y me gustaba la idea de ser el primero en hacer algo que no está en la tradición literaria de mi país. Más tarde supe que sí había algún precedente breve, pero ya iba animado y no quise parar.

SEMANA: ¿Por qué este género no ha sido relevante en el país?
H.A.F.: Colombia llega siempre tarde a las cosas. París, Buenos Aires, Madrid, tienen metro hace más de un siglo. En toda la Colonia no se escribió ni una sola novela. Los diarios son más una tradición inglesa y francesa que española. Aquí somos más bien chicaneros: a los mafiosos les gusta hacer alarde de sus riquezas e incluso de sus esposas; los políticos hablan de sus grandes obras y de sus virtudes. En los diarios uno habla más bien de sus defectos y de su miseria, y eso no es muy chicanero. Aquí pensamos que la ropa sucia se lava en casa, y en los diarios se muestra la ropa sucia.

SEMANA: Sus diarios tienen poco de corrección política. ¿Qué opina de la corrección política?
H.A.F.: En realidad lo que menos hay en mis diarios es política. Ni correcta ni incorrecta. Yo no he vivido obsesionado por la política; me interesan más muchas otras cosas: la ciencia, el arte, la música. Ahora, en un sentido más amplio de la corrección, yo no me imagino un diario en el que uno se hable a sí mismo con respeto o con temor a herir la propia sensibilidad. El diario se escribe, ante todo, para uno mismo, y no puedo imaginarme un fracaso o una bobada mayor que mentirse a sí mismo o que dorarse la píldora a sí mismo.

SEMANA: ¿Por qué sus diarios llegan solo hasta 2006?
H.A.F.: Esta fue una idea de mi editor, Gabriel Iriarte. Él me dijo: lleguemos hasta la entrega de El olvido que seremos. Supongo que al escoger esa fecha, o mejor, ese evento concreto, tanto Iriarte como yo hicimos una elección sentimental: él me publicó ese libro en 2006 y ese libro ha sido muy importante para mí como persona y como escritor.

SEMANA: ¿Qué opina de los recientes libros publicados por políticos que son una especie de memorias, como el de Néstor Humberto Martínez?
H.A.F.: No opino nada. No creo que se escriban como los diarios, para decir la verdad de lo que nos pasa. Creo que más bien se escriben para maquillarse la cara y lavarse las manos.

SEMANA: Cambiando de tema ¿Por qué considera que en el mundo y en América Latina hay un incremento de la protesta social y de la inconformidad?
H.A.F.: Es curioso que estas protestas ocurran en Francia, en Cataluña, en Chile (ahora en Colombia), y no en Haití o en la India o en Bangladesh, donde los niveles de pobreza son infinitamente más graves. Puedo equivocarme pero me parece más bien un malestar de clase media, de gente que ha mejorado su nivel de vida, pero se da cuenta de que esto aún es muy poca cosa, si se comparan con los grandes millonarios, que son los verdaderos dueños del mundo.

SEMANA: Como columnista y opinador, ¿qué opina de la presidencia de Iván Duque?
H.A.F.: Duque me parece un joven sin experiencia, bien intencionado, a quien el puesto le está quedando grande porque es incapaz de ser él mismo. Quisiera ser un liberal como su padre, pero le toca ser un derechista como su padrino, un subalterno de su jefe gritón en el BID (Luigi), entre otras cosas porque el centro y la izquierda lo desprecian y lo odian, y por lo tanto solo puede pegarse al ala radical del partido que, más que apoyarlo, lo vigila. Es un presidente maniatado, incómodo en el papel de no poder ser lo que es. Un joven trágico. Yo le diría que esta es su única oportunidad de ser él mismo, y que a su edad Bolívar ya había liberado a media América y estaba a punto de morirse.

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