¡70 años de majestad!: las tormentas, dolores y secretos de la Reina Isabel II

¡70 años de majestad!: las tormentas, dolores y secretos de la Reina Isabel II

El multitudinario tributo que los británicos le rindieron a la jefa de Estado por su largo reinado, todo un récord, es la recompensa a una princesita inexperta que, insospechadamente, se convirtió en una venerable monarca y una constante para el mundo, durante el periodo más transformador de la historia.

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Fotografía por Getty Images

Una vez, Isabel se trenzó en una pelea con la Reina Madre, que le espetó: “¿quién crees que eres?”, a lo que su hija contestó: “la reina, mami, la reina”. El chiste refleja su humor pícaro, pero no su real modo de ser. Sus amigos y empleados apuntan que nunca impone su rango y que es humilde, pues para ella reinar es una vocación religiosa a la que debe responder hasta su último suspiro, como lo prometió al cumplir 21 años. Por eso no abdica.

De hecho, la coronación, en 1953, fue ante todo un sacramento, por el que aceptó cumplir con un magisterio más que con un servicio político. Con devoción, pero también con astucia, se volvió la exitosa jefa del Estado que más ha durado en el trono británico, lo cual se repetirá difícilmente.

Según The Times, para hacerse una idea de cuánto ha abarcado la reina, si su coronación fue vista por 20 millones de espectadores en el entonces raro televisor en casa de un privilegiado vecino, la de su sucesor la presenciarán miles de millones, muchos desde su teléfono inteligente. Si en 1955 la casa real envío 395 telegramas de felicitación a ciudadanos que cumplían 100 años, en 2020 la cifra ascendió a 16.254.

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La casa real, en preparación para la celebración de los 70 años de Isabel II en el trono, está publicando una fotografía diaria en la que da cuenta del recorrido de la monarca.

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Y pensar que cuando subió al trono recibió los pedazos rotos de un imperio en que no se ponía el sol. Le esperaba ceder, con una sonrisa, más poder del que habían perdido sus antecesores. No tenía cómo definir una era, como Isabel I o Victoria I, señaló el diario. Pero a punta de constancia, de leer el ánimo de la nación, de vivir en el presente y de hacerse la mujer confiable y digna con la que todos quieren ser asociados, regeneró el trono.

Hizo de la monarquía una institución “que permea las capas más profundas de la sociedad y que, como ninguna otra, atiende las necesidades cotidianas del país, agradeciendo y visitando a quienes lo requieren”, según su biógrafo Robert Hardman.

Pocos han lidiado tantos escándalos familiares, pero ella es la única que jamás avergüenza al país. De ahí que el apoyo de los británicos haya sido abrumador aun en las horas más bajas.

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Es dueña de lo que calla y por eso encarna un misterio. Si un huésped ilustre la tienta con hablar de política (lo tiene prohibido), sagaz, responde: “interesante, señor presidente, creo que el secretario de exteriores querrá tratar eso con usted”.

La reina Isabel II dueña de lo que calla y por eso encarna un misterio.

A punto de los cien años, ha envejecido, pero no caducado, no gobierna pero sí ostenta autoridad. Maestra del soft power, no está en el crepúsculo sino en la cima, mientras que su reinado y su vida extraña y compleja engrosan los anales de los récords y la historia.

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Testigo excepcional de la historia

Barack Obama, su amigo, dice que Isabel es de esos gigantes cuyas vidas han abarcado momentos tan trascendentales, que no necesitan posar ni comerciar con modas ni encuestas; que hablan con profundidad y conocimiento, sin acudir a citas. En efecto, ella ha visto lo peor de la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, la Perestroika, la revolución científica y tecnológica, guerras como las de Vietnam, Corea, el Golfo Pérsico y Afganistán; y el surgimiento de China.

Reina por una carambola

En 1936, Eduardo VIII, sumió al trono en su peor crisis, al abdicar por no poder convertir en su reina a la divorciada estadounidense Wallis Simpson. Lo sucedió su hermano, Jorge VI, cuya hija mayor con Elizabeth Bowes-Lyon era Isabel, nueva heredera al trono. En 1952, ella se convirtió en la cuadragésima monarca británica desde el siglo XI y cuarta de la dinastía Windsor.

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Pompa y circunstancia

Fue coronada el 2 de junio de 1953 en una ceremonia religiosa envelada en fastuosidad y misterio, bajo la dureza de la posguerra. “Tienen que verme para creerme”, explicó la reina al permitir, por primera vez en la historia, la transmisión del rito por televisión. Eso sí, las cámaras tuvieron que apagarse en la unción de Isabel con una receta secreta de aceites, herencia de la tradición bíblica.

Todos quieren con la reina

Es una especie de “anticelebridad”, pues es más feliz junto a sus caballos y perros en el campo que vestida de gala. Pero todo el “quién es quién” ha querido untarse un poco de su prestigio único. Si quisiera ufanarse de su “vanidoteca”, nadie la vencería, además de que a través de ella se podrían relatar estos 70 años y miles de anécdotas. Con Jackie Kennedy no hubo química en los tiempos en que eran las mujeres más famosas del mundo. En cambio, hizo excelentes migas con Michelle Obama, quien descubrió que para ella la humanidad es más importante que el protocolo. De Hollywood, ni hablar. Se ha visto la cara con las reinas de la pantalla, desde Marilyn Monroe a Angelina Jolie, al tiempo que Helen Mirren u Olivia Colman la han interpretado.

El reinado en cifras

34 - Países de los que ha sido jefa de Estado, que hoy se reducen a 15, como Canadá, Australia, Jamaica, entre otros.

13- Presidentes de Estados Unidos que ha conocido. Solo le faltó Gerald Ford.

7- Papas con los que se ha entrevistado. No lo pudo hacer con Juan Pablo I, pues duró 33 días en el pontificado.

100- Países que ha recorrido.

150- Visitas oficiales, con lo cual le ha dado varias veces la vuelta al mundo.

112- Visitas de Estado de las que ha sido anfitriona.

30.000- Personas que invita cada año a sus garden parties, en las cuales se consumen 27.000 tazas de té, 20.000 sánduches y 20.000 rebanadas de torta.

510- Fundaciones benéficas bajo su protección, a través de las cuales ha recogido más 1.500 millones de dólares.

21.000- Compromisos que ha cumplido en su reinado.

4000- Leyes a las que le ha dado el consentimiento real.

200- Retratos para los que ha posado.

La reina y los primeros ministros

Mientras que en los regímenes presidencialistas de Estados Unidos y Colombia el primer mandatario es jefe de Estado y de Gobierno a la vez, en una monarquía parlamentaria como el Reino Unido, la reina es la jefa del Estado, que representa lo perdurable, y el primer ministro es el jefe del Gobierno, que vive del ritmo cambiante de la política. En su relación, la reina cumple un rol asesor, cada vez mejor, en virtud de la sabiduría que ha atesorado. En total ha tenido 14 ministros, comenzando con el gran Winston Churchill. Con ellos se reúne cada semana, en privado, sin ningún registro. Ellos mismos afirman que son conversaciones que no pueden tener con nadie más, de las que salen mejor de lo que entran, pues parecen una especie de alta terapia, en la que ella escucha quejas, pero no deja ver de qué lado está.

¿Cuánto gana la reina?

Recibe un pago anual del gobierno, el Sovereign Grant, que el año pasado fue de unos 106 millones de dólares. Esta suma la gasta en remunerarse a sí misma y los miembros de su familia, además del mantenimiento de sus palacios. Se obtiene del Crown Estate, patrimonio consistente en unas 14.000 propiedades y que no pertenece ni a la reina ni al Estado sino que es administrado independientemente. También se financia con el Ducado de Láncaster (18.000 hectáreas de tierras), con ganancias de unos 24 millones de dólares anuales.

¿Cuál es su trabajo?

Funciones como abrir el Parlamento y dar consentimiento a las leyes son puramente ceremoniales, pero la relevancia de su misión se explica en que una jefe de Estado vitalicia como ella no piensa en cuatrienios o sexenios, como en las democracias en que estos se eligen, sino en generaciones. Al contrario de las monarquías antiguas, en esta de corte moderno, ella no es una dirigente que gobierna o somete a los súbditos sino que les sirve, como símbolo viviente del país y del Estado.

¿Por qué la quieren los británicos?

Su popularidad siempre bordea el 70 u 80 por ciento y una de las virtudes que más citan los súbditos para justificarlo es su apego a la tradición. Además, aprecian el sentido de continuidad del país a través de su profunda conexión con ella y la familia real, pues les recuerda el pasado, pero también los hace pensar en el futuro. En últimas, su mayor poder es el liderazgo emocional que ejerce sobre su pueblo, que pide su salvación en el himno nacional, la ve como un símbolo sagrado y le es leal a toda prueba. Hoy, es la madre de la nación que le levantó el ánimo al país en la pandemia. Pasada la crisis y tras la partida de su amado esposo Felipe, le ha dado a la nación un nuevo sentido de propósito, reflejo de que, a los 96 años, le sigue gustando mucho su trabajo. Eso explica las multitudes que se acaban de congregar en las calles para expresar con emoción que ha hecho un buen trabajo.

El annus horribilis

A pesar de Isabel, la monarquía ha tenido picos y valles de popularidad. Era alta tras la coronación, bajó en los tempranos sesenta, repuntó al final del decenio, se desplomó en los noventa. En 2002 empezó a recuperarse, pero cayó en 2019 con escándalos que aún resuenan. Pero nada como 1992, cuando los matrimonios de sus tres hijos mayores fracasaron en feas circunstancias: la pelea de Carlos y Diana tomó visos siniestros. Sarah Ferguson, esposa de Andrés, fue expuesta en portada con su amante en escenas lascivas. Y Ana se divorció de Mark Phillips, tras infidelidades mutuas. Para colmo, el centenario Castillo de Windsor se incendió. “No puedo creer que me esté pasando esto”, se quejó Isabel. En una cena en la alcadía de Londres, uso la expresión en latín annus horribilis, (año horrible), para expresar cómo recordaría siempre tal seguidilla de tragedias que hizo tambalear su trono como nunca.

Los príncipes “problema”

En muchas familias los segundos hijos son fuente de dramas mayúsculos y los Windsor lo reflejan con creces. La primera gran turbulencia del reinado de Isabel se dio porque su unica hermana quería casarse con un divorciado, Peter Townsend, algo inaceptable socialmente y eso desató una crisis constitucional por dos años (1953-1955). Al final, ella desistió. Más recientemente, Andrés, segundo varón de la reina, ha sido la mayor causa de vergüenza para su apellido, porque no pudo demostrar su inocencia de las acusaciones de abusar sexualmente de una menor que le habría presentado el pedófilo Jeffrey Epstein. Su madre le retiró sus funciones, títulos militares y hasta el tratamiento de alteza real. Hoy, sigue candente el rifirrafe de Harry, segundo hijo de Carlos y Diana, quien tras su escandaloso retiro de la monarquía en 2020, junto con su esposa Meghan Markle, se ha dedicado a hablar pestes de su familia ante cámaras. Con su acostumbrado ánimo conciliador, la reina aprovechó los recientes festejos para tenderles un ramo de olivo, gesto cuyo resultado está por verse.

La Commonwealth: su proyecto bandera

La reina es la principal diplomática del reino. Sus encuentros, como huésped o anfitriona, con los líderes de todo el globo, sirven para crear lazos cálidos, antes de que el gobierno entre en materias más crudas. Pero su mayor obra como estadista es la consolidación de la Commonwealth o Mancomunidad de Naciones, que agrupa a 54 países excolonias del imperio británico, es decir 2500 millones de habitantes en cinco continentes. El terco impulso de la monarca la volvió, según The Times, una organización influyente en temas como cambio climático, apartheid y deportes. Ello, así mismo, la volvió adalid del multiculturalismo, pues la entidad trajo al Reino Unido una ola de inmigración desde los años 1950, que transformó a un país totalmente blanco en uno rico en diversidad racial y cultural, lo que su majestad considera el mejor adelanto desde que subió al trono.

Las sensacionales caras del príncipe Louis En las ceremonias reales, siempre alguien suele robarle el show a la reina. Se esperaba que en este jubileo fuera Meghan Markle, quien regresaba a Londres, más de un año después de haberle sacado los trapos al sol a la realeza en su programa con Oprah Winfrey. Sin embargo, no fue ella quien se ganó todas las miradas. Fue el pequeño Louis, el hijo de cuatro años de William y Kate. Como reseñó una crónica de Vogue sobre el momento, “el príncipe Louis saludó. Se rió. Charló con su bisabuela. En un momento parecía muy cansado hasta que, de repente, se animó. Y, mientras la multitud se hacía más ruidosa y los aviones de la RAF pasaban, él se tapaba los oídos por el ruido, mientras su madre, Kate Middleton, le consolaba”.

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